La identidad estadounidense, en la encrucijada

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Samuel Huntington vuelve a provocar el debate político e intelectual con su último libro
Como ya hizo con “El choque de civilizaciones”, Samuel Huntington ha vuelto a provocar el debate con su nuevo libro, “¿Quiénes somos?” (1). El profesor de Harvard explica que la creciente inmigración, sobre todo mexicana, está cambiando la identidad de EE.UU. El crisol americano que fundía inmigrantes de diversas culturas corre el riesgo de transformarse en una suma de grupos sin identidad común.

Samuel Huntington forma parte de un grupo de destacados autores, como Niall Ferguson, Philip Jenkins o Francis Fukuyama, que nos ayudan a comprender los cambios geopolíticos y mundiales que se están produciendo en este siglo. Cada uno a su modo, basan sus opiniones en la demografía, las tendencias de la inmigración, las cifras de crecimiento, la intensidad de la creencia religiosa y, por supuesto, la economía. Todo eso es de vital importancia para los católicos como miembros de una religión cristiana universal y para las perspectivas de la Iglesia con vistas a la evangelización e influencia a lo largo y ancho del mundo.

Huntington se hizo famoso por su influyente obra, escrita hace diez años y traducida a 37 idiomas, “El choque de civilizaciones” (cfr. servicio 82/97). La tesis fundamental de Huntington en este libro era que los conflictos del futuro no serán predominantemente ideológicos, sino que más bien estarán basados en líneas de fractura representadas por las culturas y las creencias religiosas, por ejemplo, fundamentalistas islámicos contra cristianos occidentales. Aunque suscitó controversias en su momento, saltó nuevamente a la lista de los best sellers tras los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que parecían probar su tesis.

Futuros posibles para EE.UU.

Huntington acaba de escribir un libro desafiante, “¿Quiénes somos?”, de lectura obligada para cualquiera que esté interesado en la situación actual y el futuro de los Estados Unidos. Como Huntington señala varias veces en su libro, para lo mejor y para lo peor, y para un corto o largo período de tiempo, EE.UU. es la potencia mundial que permanece tras el colapso del comunismo. Si los EE.UU. se tambalean (o cuando eso suceda), ¿qué países ocuparán su lugar? ¿Una China nacionalista o una alianza de estados islámicos fundamentalistas? Niall Ferguson, el profesor británico residente en EE.UU., predice un posible nuevo período bárbaro hasta que surgiera un nuevo imperio, si desaparece la hegemonía norteamericana.

No es extraño que el nuevo libro de Huntington haya despertado mucha polémica, en parte por su insistencia en que EE.UU. se encuentra ante una coyuntura crucial que podría llevarle a uno de estos destinos:

1. Un pueblo que profesaría el credo americano (la Declaración de Independencia y la Constitución americana), pero sin conocer el núcleo cultural histórico en el que se arraiga el credo.

2. Un país en parte americano y en parte hispano (debido a la inmigración masiva sin asimilación cultural), tanto en la lengua como en la cultura.

3. Una América exclusivista que se adhiere a la identidad europea blanca, al igual que en el pasado, y que subordina o excluye a otros grupos.

4. Una América revitalizada que reafirma su cultura angloprotestante y sus compromisos religiosos ante conflictos con un mundo hostil.

Huntington afirma que la mayor fortaleza de EE.UU. radica en sus valores nacionales centrales, producto de la cultura angloprotestante de los siglos XVII y XVIII. Dice también que “en sus orígenes, América no fue una nación de inmigrantes, sino una sociedad, o sociedades, de colonos que llegaron al Nuevo Mundo (…). Colonos e inmigrantes son conceptos fundamentalmente diferentes. Los colonos dejan una sociedad existente para crear una nueva comunidad (una ciudad sobre una colina) en un nuevo y a menudo lejano territorio”. “En América, la Reforma creó una nueva sociedad (…). Sin la Reforma, América no sería tal y como la conocemos”. La visión de los colonos de “la tierra prometida”, expresada en el credo americano, incluía la defensa del individualismo, de una fuerte ética del trabajo, así como de formas democráticas de gobierno.

La inmigración mexicana

Huntington se muestra muy preocupado por la vasta influencia de los mexicanos inmigrantes. Señala que son tantos millones que la asimilación resultará poco menos que imposible, lo que con el tiempo dará lugar a un país como Canadá, Bélgica o Suiza, dividido al menos por la lengua, si no también por la cultura…

Como lo expresa John O’Sullivan en “The National Interest”: “La mitad de los nuevos inmigrantes legales proceden de América Latina, y el 25% de ellos, de un único país, México. Incluso al margen de otros factores, esto obstaculizaría la asimilación. Si los inmigrantes son de distintas lenguas, tienen un claro incentivo para dominar la lengua franca que les ayudará a relacionarse tanto entre ellos mismos como con los naturales del país. Si hablan un mismo idioma, podrán más fácilmente seguir viviendo en un enclave lingüístico, que resulta ser una versión de su tierra en el extranjero, como el caso de Miami, donde los nativos son los que se sienten extranjeros”.

La dificultad se agrava en el caso de los mexicanos, que son el 25% de los emigrantes legales y constituyen la aplastante mayoría de los clandestinos. “Vienen de una nación contigua a los EE.UU. con una frontera larga y porosa. Están localizados en el suroeste (así como los cubanos viven sobre todo en Florida), lo que hace más probable que se concentren en enclaves lingüísticos. Parece probable que seguirán viniendo indefinidamente (…) Y, finalmente, los mexicanos tienen una presencia histórica en la región: hay algunos que sueñan con reivindicaciones irredentistas en lo que denominan ‘Aztlan'”.

Cuando los imperios desaparecen

Imperios y países han surgido y han desaparecido incluso en los últimos 50 años. Sólo en los pasados 500 años hemos visto siglos dominados sucesivamente por los españoles, los franceses y los ingleses, e incluso por el “imperio del mal” de la Unión Soviética. El siglo XX fue el del apogeo de EE.UU., y al principio de este nuevo siglo su dominio es aún incomparable en términos de política, cultura y poder económico. Sin embargo, EE.UU. está actualmente haciendo frente a desafíos, tanto de dentro como de fuera, que amenazan su actual hegemonía.

Lo que diferencia a EE.UU. de esas otras antiguas potencias mundiales es que su identidad no está basada en lo étnico; su identidad radica más bien en un acuerdo entre gente libre para llevar a cabo un experimento como república democrática basada en lo que ha venido a conocerse como el credo americano, es decir, la Declaración de Independencia y la Constitución. Si los americanos no permanecen unidos en lo que constituye la identidad del país, EE.UU. podría desvanecerse como los otros imperios.

Aunque en términos generales estoy de acuerdo con muchos de los puntos que Huntington toca en el libro, sin embargo tengo dos fuertes discrepancias. La primera es que deberíamos acoger bien la llegada de tantos cristianos a EE.UU., aunque ciertamente no se trate de angloprotestantes. Ellos proporcionan un incremento de trabajadores cristianos en EE.UU., compensando lo que ha venido a ser el resultado final del declive del anglo-protestantismo, cada vez más reducido y a menudo con familias desunidas a causa del divorcio, la contracepción y el aborto. Con toda seguridad, no cabe esperar que lo que queda del protestantismo convencional en EE.UU. vaya a cambiar el curso de los acontecimientos, incluso contando con sus esperanzas de otro Gran Despertar.

Mientras el gobierno de EE.UU. intenta transformar a los inmigrantes hispanohablantes en buenos ciudadanos que respeten y admiren el credo americano, el papel de la Iglesia católica deberá ser evangelizarles, lo que a su vez hará que ellos aporten una fuerte influencia cristiana en EE.UU.

Democracia y catolicismo

Mi segunda discrepancia es que Huntington apenas menciona el catolicismo, si no es para decir que ha sido ampliamente asimilado dentro de la mayoría angloprotestante. Hay algo de verdad en ello, y de alguna manera esto explica, en parte, la larga crisis que ha sufrido la Iglesia católica en EE.UU. en los últimos 40 años. Sin embargo, ahora aproximadamente un cuarto de la población de los EE.UU. es católica y la Iglesia es la única institución que defiende de modo firme e inequívoco el respeto a la vida humana, la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el carácter central de la familia, la santidad del matrimonio y la importancia de la solidaridad que puede continuar uniendo a los americanos.

Es extraño que entre las muchas citas que hace Huntington del francés Alexis de Tocqueville, el gran comentarista de los EE.UU. en su libro “La democracia en América”, no aparezca la siguiente (recuérdese que fue escrita en 1840, cuando los católicos eran todavía una muy pequeña minoría en los Estados Unidos):

“América es el país más democrático del mundo, y es al mismo tiempo (según informes dignos de crédito) el país en el que la religión católica romana hace mayores progresos (…).

“En el momento actual, más que en tiempos pretéritos, a los católicos romanos se les ve caer en la infidelidad, y a los protestantes convertirse al catolicismo romano. Si se mira al catolicismo desde dentro de su propia organización, parece estar derrotado; si se lo mira desde fuera, parece estar ganando. No es difícil de explicar. Los hombres de nuestros días están naturalmente poco dispuestos a creer; pero tan pronto como tienen una religión, encuentran inmediatamente en sí mismos un latente instinto que les apremia inconscientemente hacia el catolicismo. Muchas de las doctrinas y prácticas de la Iglesia católica romana les causan sorpresa, pero sienten una admiración secreta por su disciplina, y su gran unidad les atrae. Si el catolicismo pudiera finalmente retraerse de las hostilidades políticas a las que ha dado lugar, no tendría yo duda alguna en que el mismo espíritu de la época que parece estar tan en oposición con él, llegaría a ser tan favorable como para dar lugar a su repentino y gran ascenso”.

La influencia del catolicismo

Huntington ha escrito un libro que formula todas las preguntas adecuadas y ofrece gran número de buenas respuestas. Sin embargo, se queda corto al no comprender que el declinar moral de América proviene, en parte, de la desintegración de las Iglesias protestantes tradicionales, que ya no proponen una enseñanza moral con autoridad, basada tanto en el derecho natural como en la Sagrada Escritura. No hay posibilidad de hacer retroceder el tiempo.

El cristianismo de los evangélicos, aun siendo más ortodoxo en sus creencias, es ahistórico, alitúrgico, no sacramental y, en definitiva, dependiente del criterio particular. Sube y baja en función del entusiasmo. Una religión así no puede transformar una sociedad. Tal como De Tocqueville sugería en la cita anterior, ¿quizás ahora estamos viendo finalmente cómo la gente toma partido entre un catolicismo renaciente y un consumismo secularista? En este nuevo siglo, o bien volveremos a una Roma que enseña con autoridad, o viviremos en un mundo cada vez más brutal y burdo, donde la finalidad de la vida es el placer, la vida es vulgar y no hay expectativas de vida en el más allá.

Mientras la Iglesia católica en EE.UU. se restablece y continúa creciendo en número y vocaciones a través de las familias fecundas, las conversiones y la inmigración, su influencia puede proporcionar el único fundamento para una sociedad justa y virtuosa de la cual los Padres fundadores estarían orgullosos. Respetando la libertad religiosa, el credo americano puede encontrar con razón un sólido fundamento en el credo niceno y en la Iglesia que lo profesa. El florecimiento o incluso la supervivencia del experimento americano puede depender de ello.

C. John McCloskey____________________(1) Samuel P. Huntington. ¿Quiénes somos? Paidós. Barcelona (2004). 488 págs. 28 €. Traducción: Albino Santos. T.o.: Who Are We? Simon and Schuster. Nueva York (2004).C. John McCloskey es sacerdote e investigador del Instituto Fe y Razón en Washington, D.C. Su página web es www.frmccloskey.com.El libro de Huntington, visto por Fukuyama

En una crítica publicada en “Slate” (4-VI-2004), Francis Fukuyama reconoce que el libro de Huntington plantea cuestiones importantes sobre la asimilación de la inmigración mexicana. “La estadística más preocupante es la que muestra que los mexicanos de tercera generación avanzan en la escala socioeconómica más lentamente que otros grupos. Huntington tiene razón cuando dice que ‘la cultura importa’ y que la promoción irreflexiva del multiculturalismo y de la política de la identidad amenaza importantes valores americanos”. Sin embargo, Fukuyama piensa que el libro ofrece suficiente base para ver el problema desde otra perspectiva: “¿Quiénes somos? sugiere que la amenaza más grave para la cultura americana proviene de sus propias contradicciones internas más que de los inmigrantes”.

En el capítulo que describe los valores angloprotestantes Huntington se centra casi exclusivamente en la ética del trabajo. ¿Y quién trabaja duro en el mundo de hoy?, se pregunta Fukuyama. “Los verdaderos protestantes son esos propietarios de tiendas coreanas, o empresarios indios, o ingenieros taiwaneses o conductores de camión rusos que tienen pluriempleo en el mercado laboral relativamente libre y desregulado de EE.UU. Viví en Los Ángeles durante casi una década, y recuerdo esos grupos de chicanos reunidos en ciertas intersecciones a las 7 de la mañana, esperando ser contratados para trabajar como jornaleros. Ahí no faltaba la ética del trabajo: por eso los hispanos han desplazado a los afroamericanos en los trabajos no especializados en cualquier ciudad en la que compiten con ellos”.

Según Fukuyama, “muchos indicios permiten pensar que EE.UU. asimilará a los inmigrantes hispanos igual que lo hizo antes con otros grupos étnicos. Un dato importante es que son católicos o, en creciente proporción, protestantes evangélicos. Si tenemos en cuenta su estatus socioeconómico, tienen unos valores familiares tradicionales más fuertes que los nativos del mismo nivel. Esto significa que culturalmente los inmigrantes mexicanos actuales distan menos del “anglo” medio de lo que los inmigrantes italianos o los judíos de Europa del Este se diferenciaban de los wasp a comienzos del siglo XX. Los porcentajes de matrimonios interétnicos en la segunda y tercera generación se acercan más a los de los grupos europeos que los de los afroamericanos. Y, desde el general Ricardo Sánchez hacia abajo, sirven honorablemente hoy en el ejército en un número desproporcionado respecto a su importancia en la población total”.

Fukuyama coincide con Alejandro Portes, profesor de sociología y estudios sobre la inmigración en Princeton, en que el problema no es que los inmigrantes latinoamericanos vengan con valores erróneos, sino el riesgo de que se corrompan en EE.UU. “Muchos jóvenes hispanos son absorbidos por la cultura barriobajera de los distritos degradados de las ciudades” y “sus líderes de clase media adoptan el victimismo y la reivindicación propios de la era post derechos civiles en América”.

Fukuyama señala que Huntington no hace recomendaciones concretas sobre políticas de inmigración, por lo que es imposible saber si apoyaría un cierre drástico a la inmigración mexicana. Pero los cambios de comunicaciones, económicos y demográficos en el mundo actual, hacen inevitable que las sociedades desarrolladas tengan altos niveles de inmigración. Por eso, “lo que tenemos que hacer es centrarnos no en la inmigración en sí misma sino en el problema de la integración del inmigrante”. Fukuyama cree que “los inmigrantes hispanos contribuirán a reforzar algunos valores culturales como el énfasis en la familia y en el trabajo, así como el carácter cristiano de la sociedad americana”.

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