El nuevo rostro de las ONG

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Generosidad más profesionalismo
Las asociaciones de ayuda humanitaria experimentan desde hace años un auge considerable. Estas organizaciones no gubernamentales (ONG) se han dotado de medios de gestión y de comunicación que les aseguran un papel importante en la organización de la solidaridad. Aunque entre ellas hay muchas diferencias, es posible advertir rasgos comunes en su evolución y examinar las consecuencias que esto puede tener en las relaciones entre Estado y sociedad. Es lo que hace Serge Paugam, investigador del Observatorio Sociológico del Cambio, en un artículo publicado en la revista francesa Commentaire (n. 68, invierno 1994-95), del que ofrecemos una selección de párrafos.

El auge de las asociaciones humanitarias podría explicarse por un aumento del voluntariado. Una encuesta reciente ha revelado que unos ocho millones de personas han efectuado un trabajo de voluntariado en Francia en 1990, es decir, el 20% de la población adulta.

Mientras que las grandes instituciones de socialización están en declive y los franceses miran con cierta desconfianza a los responsables políticos y, en general, a todo lo relacionado con el poder del Estado, la preocupación humanitaria crece y parece paliar la ausencia de proyecto colectivo. Este auge del compromiso humanitario está fuertemente alimentado por los medios de comunicación. La sociedad civil es hoy rápidamente informada de todas las miserias humanas. Las apelaciones a la generosidad se multiplican y no dejan indiferentes a las franjas dinámicas y voluntariosas de la población. En conjunto, los voluntarios pertenecen a sectores más acomodados y más ilustrados que la media, aunque las variables que más los distinguen son la pertenencia a un grupo religioso y la práctica religiosa.

Entre las asociaciones humanitarias más recientes, algunas han experimentado una evolución rápida que no puede explicarse sólo por el compromiso y la dedicación de los voluntarios. Estas asociaciones recurren ahora a profesionales cualificados. Un número creciente de jóvenes licenciados se orientan hacia este tipo de carrera y, a cambio, esperan encontrar condiciones de trabajo y un salario conformes con las prácticas empresariales, lo que generalmente suelen obtener.

La contratación no se reduce sólo a los asistentes sociales. Las grandes asociaciones fichan a cuadros de alto nivel, tanto para la gestión administrativa y financiera como para el desarrollo de sus acciones de comunicación dirigidas a políticos, administraciones locales o empresas. Algunas asociaciones tienen más asalariados que voluntarios. Han perdido el rasgo específico del modelo asociativo tradicional, basado en la solidaridad interpersonal, y su funcionamiento no es muy distinto al de la empresa que trata de aumentar su influencia en la sociedad y sus medios de intervención.

Tal evolución puede dar lugar a tensiones internas y, en ciertos casos, a rupturas. La escisión entre Médicos sin Fronteras y Médicos del Mundo, por ejemplo, se explica en parte por una crisis de crecimiento y por las dificultades del personal para aceptar la disolución progresiva de los ideales que dieron origen al proyecto en los años 70.

El deseo de ser reconocida como una institución creíble por parte de los poderes públicos y la sociedad civil exige un cierto profesionalismo. Una asociación humanitaria no puede desarrollarse, en realidad, sin el concurso de personas cualificadas. Sin embargo, los voluntarios no siempre tienen las condiciones requeridas. Por eso en todos los sectores cubiertos por estas asociaciones se observa una tendencia a reclutar miembros permanentes remunerados con los fondos propios de la institución o por subvenciones públicas.

A menudo, los voluntarios y los profesionales se complementan. Los primeros pueden aportar una ayuda regular a los segundos y a veces incluso hacerse cargo de servicios gravosos, como por ejemplo acompañar a enfermos de SIDA o responder por teléfono a llamadas de auxilio. La mayoría de las asociaciones buscan sobre todo voluntarios que tengan una cualificación social y profesional. Algunas incluso realizan una selección entre los voluntarios que se dirigen a ellas. En definitiva, la buena voluntad, la emoción sentida frente a los desgraciados, no bastan ya. Las asociaciones escogen a los mejores candidatos o a los más estables, y disuaden al resto.

El imperativo de la eficacia

Sigue habiendo excepciones, sobre todo en las organizaciones confesionales, que dicen acoger a todos los voluntarios, aunque sólo sea para despertar las conciencias y permitir que cada uno profundice en su fe poniéndose al servicio de los demás. Los eslóganes del abbé Pierre: “¿Y los otros?”, o “Y tú, ¿qué haces por los que no tienen techo?”, repetidos en los carteles y en la publicidad de su Fundación para la vivienda de los desfavorecidos, llaman a esta conversión interior que debe traducirse en la entrega a los demás. Pero también estas asociaciones, como las otras, recuerdan a sus voluntarios la necesidad de ser competentes en sus tareas y organizan para ellos cursos de formación.

El recurso a verdaderos profesionales y el deseo de rodearse de voluntarios competentes se explican en parte por lo que los poderes públicos esperan de estas asociaciones. Pues hoy día realizan funciones propias del servicio público y necesitan que su programa de acción sea homologado por los poderes públicos que las subvencionan.

De una manera general, la ayuda humanitaria está hoy más sometida a los imperativos de una gestión rigurosa, de una profesionalidad exigente y de una programación racional de los objetivos. Las normas del sector mercantil se imponen ahora más o menos a todas esas asociaciones. Y a veces les resulta difícil conservar los valores originales: la fraternidad y el voluntariado. A menudo, estas asociaciones entran en concurrencia cuando operan en el mismo campo. La emulación entre ellas estimula la calidad del servicio prestado; pero también implica, en particular para los voluntarios más antiguos, dificultades de adaptación que pueden generar una crisis interna profunda.

Con el altavoz de los medios de comunicación

El auge de las asociaciones humanitarias puede explicarse también por la utilización de métodos modernos de comunicación. Muchas tienen ya su propio servicio de prensa. A título de ejemplo, Secours Catholique dedica permanentemente cuarenta asalariados a este cometido. Los medios utilizados dependen en gran parte de los objetivos que busca la asociación.

Las campañas de donativos son a veces asumidas directamente por los presentadores vedettes de las cadenas de televisión. El objetivo es despertar la generosidad ante una desgracia que afecta a una población determinada. Así, la Asociación francesa contra las miopatías lanzó la primera campaña Téléthon en 1987 bajo el patrocinio de Jerry Lewis. El éxito de esta operación incitó a la cadena a repetirla en otras ocasiones, recurriendo a personalidades del mundo del espectáculo. Este método permite a la asociación intervenir en los campos científico, médico y social con recursos importantes, de los que un 80% provienen directamente del Téléthon.

No todas las asociaciones humanitarias pueden aspirar a un apoyo de este tipo en la televisión. La regularidad de este tipo de emisiones conduciría probablemente al cansancio de los telespectadores y a una caída de los fondos recolectados. Pero algunas de ellas, para beneficiarse de una presencia en la prensa, piden a personalidades conocidas, a menudo del mundo del espectáculo, que apoyen públicamente tal o cual causa. Es de notar que estos personajes no suelen estar comprometidos en la vida política. Por lo general, se trata de un apoyo pensado y organizado a partir de la sociedad civil.

El “marketing” para llegar al corazón

Por otra parte, las asociaciones humanitarias -al menos, las que tienen más medios- no dudan en recurrir a las grandes agencias de comunicación para sus campañas anuales de donativos. Las técnicas más refinadas, que han demostrado su eficacia en el marketing, se utilizan con fines humanitarios. Los carteles publicitarios son concienzudamente pensados para suscitar la emoción. Se afinan los eslóganes. La selección de los ficheros de los donantes potenciales se organiza según métodos sociológicos bien conocidos por los expertos en comunicación.

Estos métodos son eficaces. Con la técnica del fund raising, el presupuesto de Médicos sin Fronteras pasó de 20 millones de francos en 1981 a 162 millones en 1985. El éxito de la Fundación del abbé Pierre se explica también en parte por la eficacia de las campañas de comunicación, en particular la del pasado invierno. Por toda Francia se pusieron, a menudo con la ayuda de los municipios, grandes carteles que mostraban a una madre desesperada echada de su casa con sus dos hijos. El mensaje “¡Ayúdanos a alojarlos, rápido!”, aludía a la pregunta del niño a su madre: “Mamá, ¿dónde dormiremos esta noche?”, y suscitó la compasión de numerosos donantes.

Otras asociaciones, en cambio, quieren utilizar los medios de comunicación, no para suscitar la caridad, sino para denunciar las injusticias e interpelar a los poderes públicos. Así, varias asociaciones se ocupan de ayudar a los inmigrantes en Francia. Aunque la mayoría dependen del Estado para su financiación, se dedican a presionarle para que se reconozcan los derechos de los inmigrantes. Y en caso de necesidad, critican los proyectos o los programas políticos cuando no favorecen a las poblaciones que ellos defienden.

Aliados de los poderes públicos

El auge de estas asociaciones no deja de suscitar recelos. Su poder molesta. Algunos creen que así se pone en tela de juicio la tradición del Estado y temen una utilización abusiva e incontrolada del dinero que estas asociaciones recolectan. La tendencia al reclutamiento de profesionales de la solidaridad es interpretada como una perversión del principio mismo de la asociación. Otros observadores advierten un gran desperdicio de medios.

En realidad, el Estado no ha renunciado a su deber de solidaridad. La mayoría de estas asociaciones se han convertido en aliados de los poderes públicos en la acción sobre el terreno. En ciertos casos, a estos no se les ocurre hoy poner en práctica políticas en favor de los pobres o de los excluidos sin consultar antes a los principales responsables de estas organizaciones y de asociarlos después en la gestión de los proyectos. No se trata de una dimisión del Estado, sino de otro modo de ejercer la solidaridad.

Muchas de estas asociaciones están reconocidas como de utilidad pública. Son subvencionadas por el Estado o las colectividades locales, y en contrapartida se someten a un control regular por la Administración. Para fijar las reglas de esta colaboración, estipulan convenciones sobre proyectos concretos. Por lo general, para recibir una subvención, el proyecto de una asociación debe integrarse en la lógica de una política pública.

Esto puede suponer para la asociación una relativa dependencia de la Administración y, con el tiempo, una pérdida al menos parcial de su autonomía, o de su carácter específico con relación al servicio público. Cada vez que el campo de intervención de una asociación coincide en parte con el de una política pública en la que los envites económicos y sociales son grandes, el riesgo de dependencia respecto al Estado aumenta.

El alejamiento de un compromiso estrictamente político puede ser una de las condiciones implícitas para la colaboración de las asociaciones humanitarias con los poderes públicos, sobre todo cuando lo esencial de su financiación proviene del Estado y cuando realizan una misión de servicio público. El ejemplo del Secours Populaire es interesante desde este punto de vista. Cuando fue creado en 1945, fue una emanación del PC francés. Hoy presenta una imagen pública de neutralidad política y trata de disimular su pasada actividad militante.

Una mutación del compromiso

El auge de las asociaciones humanitarias ¿va unido a una transformación del sentido del compromiso? Para el sociólogo Gilles Lipovetsky, la generosidad, tal como se manifiesta a través de las acciones humanitarias, no es incompatible con la cultura individualista. Las encuestas realizadas entre voluntarios de Médicos sin Fronteras y de Médicos del Mundo parecen confirmar una transformación de los motivos del compromiso. Por ejemplo, en la generación actual, a diferencia de la de los años 70, la relación del compromiso con las convicciones políticas se ha difuminado: el discurso izquierdista o tercermundista casi ha desaparecido.

Por otra parte, la idea de una comunidad comprometida que comparte los mismos valores, propia de los voluntarios de la primera hora, es hoy secundaria. Para esta nueva generación, la asociación es sobre todo un instrumento al servicio de una voluntad común de realización individual.

En fin, el compromiso no implica la vida entera y también está motivado por la búsqueda de experiencias en el extranjero. En cierto modo, el compromiso humanitario corresponde a la conciliación estratégica de dos motivos: el deseo de ser útil colaborando en una causa honorable y la búsqueda de satisfacciones individuales conforme a la cultura hedonista.

La tesis de Lipovetsky debería ser confirmada por una encuesta más sistemática. No es seguro que refleje el conjunto de los cambios en curso y la pluralidad actual de las formas de compromiso.

Los ideales siguen contando

Las asociaciones humanitarias más antiguas siguen impregnadas fuertemente, tanto en su organización interna como en la justificación de su acción, de los ideales que les dieron origen. En las asociaciones caritativas confesionales, por ejemplo, la referencia religiosa sigue siendo el principal motor del compromiso. Los que allí trabajan siguen invocando la entrega de sí y el sentido del deber. Son fieles al espíritu evangélico de compartir con los más necesitados. Secours Catholique insiste en la relación interpersonal con los excluidos para reforzar los lazos sociales y evitar la mera distribución de ayuda, que parece demasiado distante.

La acción de los voluntarios exige hoy, como hemos visto, una verdadera competencia. Pero en las asociaciones de origen religioso sigue habiendo una implicación militante o sentimental que no se encuentra entre los asistentes sociales.

Entre las asociaciones no confesionales muchas siguen justificando su acción en nombre del principio de la solidaridad laica. La debilitación de los sindicatos y de los partidos políticos representativos de los intereses de la clase obrera no ha hecho desaparecer el militantismo de izquierda que se despliega de modo multiforme en asociaciones humanitarias. En razón de su colaboración con el Estado y los municipios, la denuncia no se manifiesta como lucha política organizada. Pero las asociaciones humanitarias siguen tratando de alertar a la opinión pública, de sensibilizar a las organizaciones sindicales y políticas y, a menudo, de presionar a los poderes públicos. Cada vez que es posible identificar víctimas y opresores, pueden organizarse movimientos sociales, y las asociaciones humanitarias pueden ayudar a constituirlos.

Sería equivocado creer en la disolución de los valores tradicionales del compromiso, como subyace en el análisis de Lipovetsky. Más bien es preciso distinguir entre las modificaciones estructurales de las asociaciones humanitarias, que les dan una mayor presencia y un poder de intervención superior, y las modificaciones del compromiso, que parecen menos evidentes cuando se profundiza en el análisis.

Lo que ha cambiado no es tanto los valores que fundamentan la acción en favor de los necesitados, como la relación entre el Estado Providencia y la sociedad civil. Por una parte, las asociaciones benéficas tradicionales ya no se limitan a complementar las ayudas del Estado Providencia, sino que se profesionalizan y buscan soluciones innovadoras que experimentan y dan a conocer a los poderes públicos; de otra, las asociaciones que militan en defensa de intereses y derechos de las poblaciones desfavorecidas siguen movilizándose a la vez que proponen soluciones nuevas.

Las asociaciones humanitarias participan de manera constructiva en las reformas: de ahí su presencia en los órganos de reflexión y de decisión, a menudo al más alto nivel. Pues los poderes públicos no pueden dejar de tener en cuenta el trabajo que realizan y el papel que juegan en el mantenimiento de los equilibrios sociales.

La alianza que hoy día se establece entre los poderes públicos y las asociaciones humanitarias constituye una de las formas importantes de regulación de los problemas sociales. Esta evolución traduce una realidad: el Estado Providencia no es ya capaz de ser el garante de la solidaridad o el reparador de todos los desarreglos sociales. La regulación del vínculo social se basa menos en la planificación estatal de acciones de solidaridad que en la búsqueda permanente de un orden consensual negociado entre varios socios, a nivel tanto local como nacional.

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