El cuidado de los ancianos es un sector en expansión

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Hacerse viejo en Japón
Ashiya. El sumo respeto a los mayores que distingue a los japoneses suponía en otros tiempos que los ancianos tenían asegurada su atención por parte de los parientes. Pero muchas veces ya no resulta posible aplicar así ese sagrado principio. El número de mayores crece como nunca, y las pequeñas familias actuales difícilmente pueden hacerse cargo de ellos. Las empresas privadas vienen a suplir a hijos y parientes, viendo en la atención a los ancianos un negocio con buenas perspectivas. De momento, el negocio no siempre va bien, ni para las empresas ni para los ancianos.

Existen en japonés dos conceptos que por su complejidad resultan de difícil comprensión para un no nativo; pero que, a la vez, son vitales para la conducta social: on (deuda) y gimu (obligación).

Esquemáticamente se puede decir que el on se recibe, es una obligación pasiva en la que uno incurre y que normalmente -aunque no siempre- se puede devolver. Gimu, en cambio, es un deber imposible de satisfacer por entero y no tiene límite. Hay además ciertos tipos de on que se convierten en gimu, o lo son también. Uno de ellos es el oya on, recibido de los padres: la vida, el ser miembro de la familia o ie tradicional, donde varias generaciones vivían juntas bajo la autoridad del oya (pa-dre-paterfamilias). A este oya on -que es gimu-, se lo llama ko: obligación con respecto a los padres y antepasados.

El respeto por los padres -ko puede entenderse también como piedad filial- y, en general, por las personas mayores, especialmente si son de la familia -los abuelos-, ha sido desde siempre una virtud absoluta en Japón. Por otra parte, vivir juntas tres o más generaciones en la familia tradicional no se debía simplemente a motivos de cariño, ni siquiera de convivencia; era, sobre todo, un medio automático y seguro de proveer a las necesidades de las personas mayores. Los viejos tenían menos obligaciones, pero gozaban de gran prestigio en la comunidad y eran activos en la vida social.

Negocios plateados

Actualmente, sin embargo, con la desaparición de la familia extensa y la creciente complicación de la vida, los viejos se encuentran descentrados, fuera de lugar, y muchos prefieren vivir solos antes que ser causa de resentimiento o bien objeto de faltas de consideración.

En busca de soluciones a este problema y ante el envejecimiento sin precedentes de la población, muchas empresas japonesas se han decidido en los últimos años a explorar las posibilidades de negocios relacionados con el bienestar de los ancianos.

Diversas entidades, desde empresas especializadas en seguridad hasta instituciones del sector educativo, pasando por los grandes holdings que producen todo tipo de mercancías, consideran hoy en día parte legítima de su actividad los servicios dirigidos a las personas mayores. Campo conocido más comúnmente con los eufemismos de silver services o silver business (alusión al pelo blanco o sienes plateadas de sus clientes).

Ofrecen seguridad

Secom Co., una de las mayores empresas de seguridad japonesas, comenzó hace dos años un servicio de «ayuda a domicilio», como extensión de los servicios médicos que presta.

Con cerca de 470.000 clientes en todo el país, Secom cuenta con una red nacional que facilita estos nuevos servicios. En la actualidad tiene 250 personas registradas como «ayudantes» que atienden a ancianos en varias regiones del Japón. Explica Minoru Yasuda, portavoz de Secom: «Como empresa especializada en seguridad, tratamos de ofrecer servicios que proporcionen una vida cómoda a las personas de edad avanzada, o que no pueden valerse por sí mismas. La seguridad es importante en su vida cotidiana. Programas de salud y atención médica son parte de estos servicios».

Matsushita, una de las mayores empresas de Japón, especializada en materiales de construcción y electrodomésticos, está construyendo un nursing home o «clínica-hogar» (es el término preferido últimamente) con 80 habitaciones privadas en las cercanías de Osaka, donde se ofrecerán cuidados de rehabilitación y servicios de día. Según Tomio Kado, portavoz de la compañía, «la construcción se ha planeado de modo que los accesos sean fáciles y sin obstáculos en el interior del edificio: cuartos de baño sin peldaños, pasamanos en todos los corredores, ascensores interiores, etc. Este es nuestro primer proyecto de cierta envergadura en este campo. Al tratarse de un negocio, procuramos, como es natural, que no sea deficitario. Pero, al mismo tiempo, no perseguimos el lucro a toda costa. A través de este proyecto esperamos adquirir información, para conocer mejor las necesidades de los ancianos en su vida diaria y poder así producir y perfeccionar nuevas mercancías y servicios».

Se buscan asistentes a domicilio

Por lo que se refiere al sector educativo, Benesse Corporation, conocida por su sistema de enseñanza por correspondencia para estudiantes que preparan exámenes de ingreso en la universidad, empezó en 1993 un programa de entrenamiento para asistentes a domicilio, en conformidad con directrices emanadas del Ministerio de Salud Pública.

Hasta el momento, cerca de 2.500 personas han completado ese programa, que les capacita para trabajar como asistentes domésticos. Por otra parte, la compañía, desde 1995, envía a sus graduados a las casas de los ancianos que lo solicitan, para ayudarles en sus necesidades. «Esta tarea -explica Mitsuru Kanzaki, representante de Benesse- puede parecer muy distinta de nuestro campo habitual de actividad, pero pensamos que el bienestar y la beneficencia están relacionados con la educación y la cultura, que es a lo que desde el principio nos hemos dedicado». Dice que es prematuro hablar de si será o no un negocio rentable en el futuro, y añade: «Lo que tenemos que hacer es ver cómo podemos establecer el negocio de forma que podamos ofrecer servicios satisfactorios a nuestros clientes».

Necesidades crecientes

Desde 1984 Healthy Live Service, de Tokio, empresa pionera en servicios de asistencia social de pago, ofrece servicios de comidas y aseo personal a domicilio. Eiji Yoshida, uno de sus ejecutivos, dice que la sociedad japonesa demanda más servicios para ancianos y que la industria de la asistencia necesita expandirse para prestar servicios mejores y más baratos.

Yoshida señala que los empresarios tienen que darse cuenta de que estos servicios no son un negocio rentable, al menos durante los primeros años. «Es necesario tener en cuenta también que si se comienza un negocio relacionado con la asistencia social, con miras a procurar el bienestar de los ciudadanos, se adquiere cierta responsabilidad ante la sociedad. No podemos luego decir que no seguimos con la empresa porque es difícil conseguir beneficios».

El Ministerio de Bienestar y Salud Pública prevé que para el año 2025 el número de ancianos que necesitarán de la ayuda de otras personas (2 millones en la actualidad) subirá a 5,2 millones, y que el número de los postrados en cama (900.000 ahora) alcanzará 2,3 millones. El Ministerio prevé que harán falta al menos 170.000 asistentes a domicilio en el año 2000, para poder hacer frente a las necesidades. Para llegar a esa cifra se estima que será imprescindible la participación de las empresas privadas.

«Hasta hace poco -continúa Yoshida- los servicios de asistencia estaban limitados por las posibilidades de los ayuntamientos. En el futuro las necesidades de los ancianos llevarán a un incremento en el número de servicios que se podrán ofrecer. Esto hará que los silver business crezcan cada vez más».

Es obvio que en Japón existe una creciente necesidad de instituciones privadas donde los ancianos puedan estar atendidos también médicamente, pues cada vez son más las personas de edad avanzada que temen enfermar, pero quieren vivir sin ser una carga para sus familias.

Clínica-hogar para ancianos

Los asilos de ancianos o «clínicas-hogar» privadas (residencias para viejos con atención médica) piden grandes sumas de dinero a sus clientes; y los que solicitan la admisión esperan a cambio tener garantizado un «hogar» para el resto de sus días. Pero no todas estas instituciones cumplen lo prometido en sus folletos de propaganda.

Los asilos públicos de ancianos no pueden hacer frente a todas esas necesidades, y vivir en ese tipo de «clínicas» privadas es una de las pocas posibilidades que hoy en día tienen los viejos. Pero es necesario juzgar prudentemente esta opción y ser realistas a la hora de elegir, ya que el dinero no compra siempre seguridad, como demuestran bastantes experiencias tristes.

Los residentes en este tipo de instituciones privadas tienen que desembolsar una elevada tasa de admisión, entre 30 y 40 millones de yenes (de 35 a 46 millones de pesetas), a cambio de la cual recibirán una serie de servicios asistenciales y médicos vitalicios. Las instituciones, por su parte, van empleando el dinero recibido de sus clientes para cubrir los gastos de funcionamiento. Por tanto, cuanto menos se gaste más lucrativa resulta la empresa. Pero los servicios deben continuar mientras viva el cliente, aunque la suma inicial se haya usado ya.

Ocurre además que el Ministerio de Bienestar y Salud Pública exige reservar poco más del 5% de las plazas a ancianos que gozan de buena salud al ingresar, pero que más adelante necesitarán cuidados intensivos. Con base en este porcentaje, la mayoría de esas instituciones están equipadas con sólo unas pocas habitaciones para los que requieren atención constante. En realidad, el número de pacientes que necesitan de tales cuidados es mucho mayor, crece de día en día y -como es natural- el coste afecta sensiblemente al presupuesto.

La consecuencia -lógica también desde el punto de vista de la empresa- es exigir pagos extras no estipulados en el contrato inicial, o bien «deshacerse» del cliente hospitalizándolo. Lo contrario es exponerse a la quiebra, que de hecho se ha dado en algunos casos, en perjuicio -irreparable en la mayoría de los casos- de los clientes que se quedan en la calle.

Como apunta un funcionario de la Fair Trade Commission (Comisión para el comercio justo): «La idea misma de una ‘clínica-hogar’ para ancianos como empresa privada, supone un riesgo. A diferencia de otros servicios, donde la buena calidad lleva a buenos resultados económicos, los asilos de ancianos pierden dinero en proporción a los servicios que dan».

Un buen número de personas han sido víctimas de una mala administración. Han perdido su «hogar» y la suma desembolsada, al quebrar las instituciones donde vivían. Se han quedado en la calle de la noche a la mañana sin más recursos que lo poco que han conseguido cobrar del seguro. Con suerte, los 30 ó 40 millones se han convertido en 4 ó 5, y con tan exigua suma ningún otro asilo los admite.

Cuando la institución quiebra

Recientemente, la Comisión amonestó a varias instituciones por no mantener el nivel de atención para toda la vida que prometían en su publicidad. Estos asilos pertenecientes a la National Private Nursing Homes Association -la única reconocida oficialmente por la Ley de Bienestar para Ancianos-, hospitalizaban a los clientes que necesitaban cuidados continuos, o les exigían pagos extras para contratar a personal que pudiera atenderles.

Tanto el Ministerio como la Asociación dicen recibir pocas quejas, pero un miembro de la Comisión de Consumidores que supervisa casos de negligencia profesional, dice: «Muchos de los residentes en estas instituciones han vendido sus casas y otras posesiones y han depositado toda su confianza en los asilos. No están en situación de quejarse. Están allí porque sus familias no pueden -o no quieren- hacerse cargo de ellos. Guardan silencio porque no tienen otro lugar adonde ir». Es una amarga experiencia por la que pasan bastantes ancianos. El elevado precio no siempre garantiza seguridad y confort para el resto de la vida.

Todo el mundo sabe que Japón se está haciendo viejo a marchas forzadas. La tensión por este hecho se deja sentir con fuerza en gran parte de la población. Pero no todos perciben en su plenitud el trauma psicológico que los continuados cuidados a personas que no pueden valerse por sí mismas -muchas de ellas afectadas por demencia senil- produce en bastantes familias. Las consecuencias más extremas de esta tensión continuada se ponen de manifiesto en el reciente aumento de los suicidios de ancianos y en los malos tratos que algunos reciben de sus propios hijos o parientes cercanos.

La mayoría de esos casos ocurren cuando los miembros de la familia «no pueden más», después de cuidar de un anciano por largo tiempo.

La tentación de la eutanasia

El problema, según Tadashi Tanaka, profesor de la Universidad de Takai, es que la crueldad hacia los viejos pasa, por lo general, inadvertida hasta que es demasiado tarde. Una de las razones es que la policía muy raramente se mete a investigar las disputas domésticas. Incluso los servicios de beneficencia hacen la vista gorda en la mayoría de los casos. «Para resolver estos asuntos, Japón necesita educar a los asistentes sociales de forma que sepan detectar los posibles problemas al principio».

Más frecuentes, sin embargo, que los casos de malos tratos, son los incidentes en los que las víctimas quieren morir y piden a sus allegados que los «saquen de la aflicción en que viven». Estos casos plantean cuestiones difíciles -especialmente cuando falta la fe- sobre si estas personas tiene o no «derecho» a la muerte; y también sobre el tipo de castigo que merecen los que cooperan al suicidio de esos ancianos.

Las leyes japonesas no permiten la cooperación al suicidio. Pero este delito va siendo ya tan común que está empezando a extenderse un movimiento a favor de rebajar las penas para quienes lo cometen.

Dos casos recientes provocaron un clamor de clemencia en la opinión pública. El juez, sin embargo, señaló -con buena lógica- que no podía, en conciencia, aprobar una conducta que pueda animar a otros a matar tranquilamente a parientes ancianos o minusválidos.

Antonio Mélich

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