Éxito profesional, ¿a costa de qué?

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Jeffrey K. Salkin, rabino de la sinagoga central de Nueva York, escribe en The Wall Street Journal (29-XII-94) acerca de la adicción al trabajo.

(…) Conozco a mucha gente espiritualmente exhausta a causa del trabajo. Conozco a muchas personas desilusionadas con su profesión. Vemos que nos daña espiritualmente el círculo vicioso de trabajar, desear y poseer, tomados como fines en sí mismos.

La adicción al trabajo y sus hermanos pequeños -ambición profesional y materialismo- no son sólo cuestiones sociales. Son cuestiones religiosas. Como escribió Diane Fassel en Working Ourselves to Death, “para el trabajador compulsivo, el trabajo es como un dios, y nada puede cruzarse en el camino de ese dios”. El trabajo se convierte en un fin en sí mismo, un modo de huir de la familia, de la vida espiritual, del mundo.

Toda religión genuina se preocupa de combatir la idolatría. ¿Cómo puede una persona religiosa destruir los falsos dioses de la carrera profesional?

– Primero, recuerde la revolución más profunda que ha conocido el pensamiento religioso: el descanso sabático. Lo de menos es que se celebre en viernes, sábado o domingo: su realidad religiosa y espiritual va más allá de sus manifestaciones rituales. Es la forma suprema de reconocer que el mundo no nos posee, que estamos hechos para el descanso y la santidad no menos que para para la ambición y la producción.

– Segundo, no sacrifique a su familia en el altar de la carrera profesional. El ascenso hacia el éxito nos ha enriquecido mucho. Pero también ha devaluado la misión tradicional de los padres como educadores y maestros, al subrayar casi exclusivamente la de sustentar a los hijos. (…)

– Tercero, esto significa que usted no debe valorarse por lo que hace, sino por el sentido que da a lo que hace. He conocido a muchos trabajadores manuales que han convertido su trabajo en una verdadera vocación: un ámbito donde pueden escuchar la voz de algo más profundo y más alto (…).

Recuerdo al jefe del equipo de mudanzas que se encargó de los enseres de mi familia cuando nos trasladamos de Pensilvania a Nueva York. (…) Me dijo que su trabajo era parte de su misión religiosa. “Así es, rabí: para la mayoría de la gente, resulta duro mudarse. Es un momento muy difícil. Les pone nerviosos saber que van a tener nuevos vecinos y tener que confiar sus pertenencias más preciadas al cuidado de desconocidos. Creo que Dios me pide que trate a mis clientes con cariño y que les haga ver que me preocupo de ellos y de sus cosas. Dios quiere que les ayude a que ese trance les resulte agradable. Si yo puedo estar contento así, quizá ellos también”.

Olvidé su nombre hace mucho tiempo. Pero, como tanta gente desconocida, era un mensajero de Dios.

Nunca sabemos qué se recordará de nuestro trabajo, qué será santo. Pero no tiene nada que ver con nuestros títulos profesionales: depende de la fe, la amplitud de miras y el amor que pongamos.

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