Nueva Zelanda, una agricultura floreciente sin subvenciones

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La resistencia de los países ricos a reducir las subvenciones a sus agricultores es uno de los más agudos motivos de discordia en el comercio internacional, como se ha visto en la reciente conferencia ministerial de la OMC en Cancún (cfr. servicio 115/03). Sin embargo, ya hubo un país de la OCDE que lo hizo hace casi veinte años, Nueva Zelanda. Y con éxito para los agricultores. Lo cuenta en Le Monde (11 septiembre 2003) su enviado especial Frédéric Therin.

A principios de los años 80, los ingresos de la mayoría de los ganaderos dependían en un 40% de las subvenciones. El 18% de la cifra de negocios del sector agrícola provenía del Estado.

En 1984, el gobierno laborista anunció el fin de la política de protección. De la noche a la mañana las subvenciones se suprimieron. Hoy las ayudas públicas representan menos del 1% de los ingresos de los agricultores neozelandeses. El fin de las ayudas públicas, que coincidió con una baja de los precios mundiales de los productos agrícolas, fue una dura prueba. El país necesitó diez años para recuperarse.

Pero este “abandono” de los poderes públicos no puso de rodillas a los agricultores neozelandeses. De 1987 a 2000, la contribución del sector agrícola a la economía pasó del 14,2% al 16,6% del PIB. Cerca del 90% de la producción se exporta. El 75% del comercio mundial de carne de cordero y el 31% de las ventas internacionales de productos lácteos son asegurados por este pequeño país en el que 4 millones de personas viven en medio de 39,5 millones de ovejas y 9,6 millones de vacas.

¿Un milagro? No, a falta de subvenciones, los agricultores han tenido que trabajar más y buscar medios para aumentar su productividad. “De 1990 a 2002, el número de carneros ha bajado un 32%, pero la producción de carne de cordero ha aumentado al mismo tiempo un 11%”, calcula Ron Davison, director general de Meat & Wool Innovation.

“En lugar de buscar más subvenciones, los agricultores han comenzado a preguntarse qué pedía el mercado”, cuenta Don Christiansen, director general de Investment New Zealand. “Hemos aprendido a utilizar nuestra tierra de modo que nos dé el mayor rendimiento posible”.

Alimentan mejor el ganado disminuyendo el número de vacas por hectárea y plantando variedades de hierba que crecen más deprisa. La inseminación artificial permite seleccionar genes que favorecen el nacimiento de gemelos. La tasa de reproducción de las ovejas ha pasado de 110% a 150% en veinte años. Para alcanzar un tamaño crítico, numerosos ganaderos han tratado de aumentar la superficie de sus explotaciones.

Las previsiones que anunciaban una desertización de los campos no se han cumplido. Solo 800 granjas -el 1% de las explotaciones del país- han cerrado en 15 años. Los analistas esperaban una cifra diez veces mayor.

Hoy el ministerio de agricultura de Nueva Zelanda recibe muchas delegaciones internacionales que van a averiguar las razones del éxito. “Era preferible eliminar de un golpe todas las subvenciones, pues eso nos ha obligado a cambiar de hábitos”, dice uno de los expertos. “Las reformas son como un apósito que uno se quita. Es preferible hacerlo de golpe, pues se siente el dolor pero por menos tiempo”.

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