Los sindicatos británicos apuestan por la moderación

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Duración lectura: 3m. 15s.

Al término de la 125 conferencia anual del Trades Union Congress (TUC) -la confederación sindical británica-, celebrada en la segunda semana de septiembre en Brighton, parece que va imponiéndose una actitud moderada y realista, que incluye la disposición a evitar el enfrentamiento con el gobierno y la patronal. El declive del poder sindical, reflejado en la pérdida de afiliados, obliga al cambio.

El TUC ha pasado de 13 millones de miembros en 1979 a 7,3 millones en la actualidad, de modo que ahora están afiliados poco más del 30% de los asalariados británicos. En estos años, los sindicatos han perdido varias batallas: Margaret Thatcher logró imponer las votaciones secretas para declarar huelgas; hace poco se abolió la garantía de un salario mínimo para los asalariados situados en el nivel más bajo de la escala de sueldos, y va a entrar en vigor una ley que limita considerablemente el poder de los sindicatos de financiarse por el sistema de deducir automáticamente, de los sueldos, las cuotas sindicales. También ha bajado la popularidad de los sindicatos, a los que una parte de la opinión pública acusa de corporativismo.

Un signo de que disminuye la influencia de los sindicatos es que las defecciones de afiliados (casi 459.000 en 1992) duplican los empleos perdidos. Gran parte de los puestos de trabajo que se crean, corresponden a sectores -como los servicios y las pequeñas empresas- donde afiliarse a un sindicato tiene un interés menor. Así, hoy menos del 40% de los asalariados británicos están cubiertos por convenios colectivos, frente al 75% a finales de la década pasada. En suma, tanto a los trabajadores como a los empresarios, contar con los sindicatos les parece cada vez menos imprescindible.

Ante semejante panorama, el nuevo secretario general del TUC, John Monks -que sustituye a Norman Willis-, ha hablado en la conferencia de entenderse con el gobierno, y no de desenterrar el hacha de guerra en vista de las medidas de austeridad que se avecinan. De todas formas, en Brighton no todo ha sido tender la mano al gobierno conservador. En su discurso como invitado de honor, el líder laborista, John Smith, ha prometido a los sindicatos luchar por el reconocimiento de nuevos derechos laborales, entre ellos la protección frente al despido improcedente desde el momento en que un trabajador se incorpora a una nueva empresa, cosa que según los tories frenaría la contratación de empleados.

Otra cuestión pendiente es la relación entre el TUC y el partido laborista. Después de que el año pasado los socialdemócratas suecos cortaran su vinculación institucional con la organización sindical, el Labour británico es el único gran partido europeo sobre el que los sindicatos ejercen un control directo. La mala prensa del TUC perjudica al partido, ya que muchos votantes lo consideran a merced de unos sindicatos aún a la vieja usanza combativa, y temen que esto impediría a los laboristas seguir una política económica sensata, si llegaran a gobernar. John Smith quiere -y probablemente conseguirá pronto- aflojar los vínculos, convenciendo al TUC de que acepte el voto individual en la selección de los candidatos del partido al Parlamento, pues ahora los sindicatos controlan el 40% de los sufragios.

Aun así, los sindicatos seguirán disfrutando de importantes privilegios, pues controlan el 70% de los votos en la conferencia del partido, un tercio de los votos en la elección de líder del partido y 12 de los 29 puestos del comité ejecutivo nacional. Una clara independencia, todavía lejana, con respecto al TUC es lo que no pocos electores británicos esperan para otorgar su confianza al partido laborista. Pero éste parece verse atado por una tradición centenaria y por el hecho de que dos tercios de sus recursos económicos provienen de los sindicatos.

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