La recesión está cambiando los estilos de vida

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La crisis “made in Japan”
Ashiya.- La economía de Japón atraviesa la recesión más duradera de la postguerra. El gobierno ha ido tomando diversas medidas estimulantes: recortes en el impuesto sobre la renta, inversiones en obras públicas, reducción de los tipos de interés. Pero la reactivación no llega. En cambio, la recesión está teniendo efectos colaterales que pueden suponer un cambio en el estilo de vida: mayor frugalidad en el consumo superfluo, menos horas dedicadas a la empresa y más a la familia.

Hasta principios de 1991 Japón navegaba en la cresta de una enorme ola de pujanza económica. Se creía entonces que ese período de prosperidad llegaría a superar los 57 meses del llamado Izanagi boom, que ocurrió en la segunda mitad de los años 60. Pero las expectativas se frustraron. Ahora los expertos concuerdan en que la “burbuja económica” (como se ha denominado a la opulencia de los últimos años de la década de los 80), se pinchó y reventó como una pompa de jabón en el primer trimestre de 1991.

Desde entonces la economía japonesa viene arrastrándose. Son más de 35 meses: la recesión más duradera de la postguerra. La presión exterior para reducir el superávit comercial balanza de pagos (120 mil millones de dólares en 1993) es constante. Pero las importaciones no crecen lo suficiente, los consumidores no gastan, las empresas no invierten y, por otra parte, las exportaciones no producen como antes de la subida del yen.

Sin trabajo, pero en plantilla

La situación laboral empeora rápidamente con el creciente número de empresas que intentan librarse del excedente de empleados. De modo que el empleo vitalicio (o garantía de trabajo) que era hasta ahora el orgullo del sistema de trabajo japonés, ya no podrá darse por supuesto.

“La escasez de mano de obra durante los años de la ‘burbuja económica’ llevó a las empresas a contratar en demasía y a pagar sueldos exagerados”, dice Takashi Kiuchi, economista jefe del Long-Term Credit Bank. “La mayoría de las grandes empresas japonesas tienen exceso de mano de obra, y están recargadas con costos de personal muy elevados que no pueden mantener”.

A pesar de todo, Japón puede parecer un paraíso en comparación con otros países, si se considera que por ahora aquí la cifra de paro, aunque ha subido algo en los últimos meses, se mantiene en el 2.8%. Pero la comparación no sería exacta porque las cifras japonesas no incluyen un gran número de empleados superfluos, que no tienen trabajo pero siguen en nómina, y que en otros países habrían perdido ya su empleo.

“No será extraño que el desempleo suba hasta el 4% en el próximo año fiscal”, dice Toshiaki Kakimoto, director del Japan Research Institute. Kakimoto estima que alrededor de 1,8 millones de empleados (el 3% de la mano de obra) sobran en este momento, aunque espera que no todos ellos se queden sin trabajo. El hecho de que este “desempleo potencial” pueda tener cabida, aun con subsidios gubernamentales, dice mucho en favor del sistema económico japonés.

La frugalidad está en alza

El efecto moderador de la recesión económica ha hecho que los japoneses se lo piensen dos veces antes de hacer gastos. Una primera manifestación de esta tendencia se puede considerar como una reacción ante los excesos de la segunda mitad de los años 80.

Este estado de ánimo es claramente discernible entre los ocho millones de consumidores jóvenes (alrededor de los 20 años de edad), que se caracterizan por su individualismo e indiferencia ante las modas dictadas por los semanarios y las grandes agencias publicitarias; y su predilección por vestir de modo “casual” con ropas baratas.

Al mismo tiempo, entre personas de más edad ha encontrado aceptación un fenómeno paralelo: el ascetismo budista que resumen las ideas de “limpio” (de corazón) y “flaco” (de carnes) está en auge, como lo ha puesto de manifiesto el tremendo éxito editorial del libro Seihin no shisso (ver servicio 79/93), que ensalza las virtudes de la vida sencilla, o el concepto de que “menos es más”.

El consumismo a ultranza está en baja, y la sensibilidad ecológica y la comida sana están en alza. La demanda de chismes con múltiples botones y “high-tech” está siendo desplazada por la añoranza de productos simples y de fácil uso.

Incluso entre las jóvenes oficinistas -el grupo hiperconsumidor-, ya no existe la compulsión por lucir el típico bolso de marca francés, o la misma bufanda italiana que sus compañeras de trabajo. Ahora usan mejor sus cabezas y sus ahorros y se compran apartamentos, aprovechando el descenso de los precios y el bajo interés de los préstamos bancarios.

¿Cambios transitorios o permanentes?

Los comerciantes se preguntan si éstos son efectos transitorios de la recesión, o si señalan más bien un cambio permanente en el estilo de vida del consumidor japonés. De todos modos, “el colapso de la ‘burbuja económica’ y la consiguiente austeridad empresarial ha tenido un efecto parecido al de un jarro de agua fría sobre la cabeza de un borracho”, asegura Yukio Ohnuma, director del Information & Policy Analysis Division de Itochu Corp.

Todo esto ha traído consigo una actitud más racional por parte del consumidor. Los sarariman (oficinistas -asalariados) japoneses están reemplazando sus viejos trajes de marca, hechos a la medida, por otros confeccionados que se pueden comprar por una décima parte del precio de aquéllos, y a menos que se quiera mostrar la etiqueta nadie se da cuenta de la diferencia.

La recesión ha traído también otros cambios. Añade Ohnuma: “Con los drásticos cortes en los gastos de representación de muchas empresas, los ‘sarariman’ regresan a casa más pronto, y bastantes empiezan incluso a apreciar esas horas extra con la familia. Comer fuera está en declive, pero los cursos de cocina están floreciendo”. Loable efecto secundario de la crisis, aunque por desgracia no alcanza más que a una minoría.

Horas extras sin paga

De todos modos muchos trabajadores dicen que los cambios en la cultura empresarial avanzan a paso de tortuga. El Ministerio de Trabajo afirma que los japoneses trabajaron un promedio de 1972 horas en 1992 (la primera vez que bajan de las 2000), pero esa cifra es engañosa pues no incluye las horas extra no retribuidas. Una encuesta diferente dirigida por la Management and Coordination Agency, en la que se preguntaba a los obreros cuántas horas habían trabajado, arrojó la cifra de 2309, y todos los indicios llevan a pensar que -al menos en algunos sectores- estas cifras han aumentado en fechas más recientes, llegando en ciertos casos a superar las 3000 horas.

“Un factor decisivo de las largas horas de trabajo de los japoneses son las horas extra no pagadas”, dice Hiroshi Kawahito, dirigente de una asociación de abogados que investiga casos de karoshi (muerte por exceso de trabajo). Un estudio que Kawahito ayudó a preparar cifra el valor de esas horas extra sin remuneración durante 1990 en el 5% del PNB del Japón.

Ciertamente, en los últimos años un buen número de empresas han acortado las horas extra, pero incluso en estos casos rara vez bajan de las 40 horas mensuales. “Cuando las horas extra pasan de 60 -señala un empleado de NEC- tenemos que dar razones por escrito. Pero esto es demasiado engorroso. Por otra parte, nuestros jefes nos dicen que no pasemos de 30”.

Por lo general, las luces de las oficinas se apagan automáticamente a las 8:00 pm, pero los que necesitan quedarse pueden conectarlas de nuevo, o usar las de sus mesas de trabajo. “Comparado con cuando empecé a trabajar -comenta un empleado de la banca- ahora regreso a casa algo más pronto. Pero cuando se acerca el fin de mes, o durante los períodos de balance, tengo que trabajar hasta las 9 ó 10 de la noche. Por supuesto, aunque haga más de 50 horas extra normalmente apunto sólo 15. Incluso cuando no hay trabajo, los de más arriba se resisten a marcharse a casa, y los demás nos quedamos también”.

Como les ocurre a muchos, al no serle posible usar todo el tiempo permitido para sus vacaciones, admite no saber siquiera a cuántos días tiene derecho. A la pregunta de ¿por qué sigue trabajando tanto?, contesta: “Porque quiero poder llegar a ganar más de diez millones al año antes de cumplir los 40”. Las horas extra voluntarias por lo visto se pueden considerar como una inversión para el futuro.

Problema de fondo

Los intentos de poner de nuevo en marcha la economía tropiezan con un efecto depresivo que la crisis ha traído consigo, y que un conocido economista califica de “recesión psicológica”. Es un sentimiento negativo que hace a los empresarios y consumidores extraordinariamente precavidos, y que neutraliza los efectos de las medidas fiscales y monetarias tomadas para “cebar la bomba”.

Como última carta para reactivar la economía, el gobierno está preparando ahora una reducción del impuesto sobre la renta de 6 billones de yenes y una nueva inyección de 8 ó 9 billones de yenes en obras públicas. Si esto logra revitalizar la economía, desaparecerán muchos de los problemas coyunturales. La recesión es, al fin y al cabo, un fenómeno pasajero. Japón sigue siendo una potencia económica de primer orden, un país rico: con 38.000 dólares anuales de promedio salarial y 46.000 dólares de ahorros per cápita.

El problema de fondo es el progresivo envejecimiento de la población japonesa y la caída brutal de la natalidad. Según las predicciones de la inmensa mayoría de los especialistas, esto se notará pronto en escasez de mano de obra, bajo nivel de ahorros, lento ritmo de crecimiento económico y enormes desembolsos para hacer frente a las necesidades de los seguros de enfermedad y de vejez.

Los gastos sociales, que en 1986 representaban sólo el 15% del PIB, se espera que en 2010 alcancen el 26%. Los gastos relacionados con la población de ancianos, que ascienden hoy en día a más de 6 billones de yenes (alrededor del 6,8% del PIB), representan el 29.3% del total de gastos sociales. Y en 2010 se prevé que superarán el 41%.

El envejecimiento de la población traerá consigo un conjunto de problemas que Japón no ha experimentado nunca, no sólo desde la perspectiva económica, sino desde otros puntos de vista. En especial los relacionados con el bienestar social y la salud pública.

Aprendiendo a ser padres

En otros tiempos el gobierno japonés enviaba expertos a los centros industriales para enseñar a los obreros cómo hacer los mejores componentes de automóviles del mundo, o los “computer chips” más pequeños. Ultimamente van a enseñarles cómo ser mejores padres.

Los viernes, a las 7.00 pm, alrededor de 40 ejecutivos de Sunstar Corp., de Takatsuki, cerca de Osaka, asisten en el auditorio de la empresa a una sesión de la más reciente modalidad de formación de personal: un curso intensivo sobre el arte de ser buen padre de familia. La conferenciante de turno, Mieko Hosomi, editora de la sección de estilos de vida de un periódico local, prescinde de todo preámbulo y va directamente al grano: “Después de la jubilación os quedarán unos 20 ó 30 años de vida. Os quedaréis sin título, sin trabajo, sin tarjeta comercial (de visita). ¿Qué os quedará? Solamente vuestros hijos y vuestra esposa…”

En todo el país se están llevando a cabo seminarios experimentales de este tipo en las salas de conferencias de las empresas, donde cuelgan todavía gráficos de cómo reducir gastos y aumentar la producción. Los conferenciantes elogian las maravillas de un fin de semana en los Alpes japoneses, unos actores ridiculizan las exigencias de la vida de trabajo en la empresa y todos discuten acerca de cómo dar la vuelta a cuatro décadas de adicción al trabajo estimulada por el propio Estado. “Sólo hay una dificultad con la reducción de las horas extras -dice la profesora Teruko Ohno, funcionaria del Ministerio de Educación que diseñó el programa-; si los padres de familia -acostumbrados a trabajar hasta tarde- regresan pronto a sus casas, se encuentran en una situación a la que no están acostumbrados. No saben qué hacer. Están físicamente presentes, pero espiritualmente ausentes. Este es el problema que debemos tratar de resolver a toda costa”.

Los “teóricos de la conspiración”, que tratan de descubrir motivos ocultos en toda acción de la burocracia, dicen que lo que realmente busca el Ministerio de Educación es contrarrestar el declive de la natalidad. Actualmente, el índice de fecundidad -1,5 hijos por mujer en edad de concebir- es el más bajo en la historia del Japón. En esto influye el hecho de que las mujeres se casan tarde y muchas trabajan fuera del hogar. Si los maridos se comprometen en ayudar a la crianza de la prole, las mujeres serán menos reacias a tener hijos.

Ohno niega que los seminarios de paternidad sean parte de un programa gubernamental para estimular a los japoneses a tener más hijos. Pero reconoce que “es necesario quitar el prejuicio de que la crianza de los hijos es una carga pesada. Una cosa es reducir los costos de la vivienda y de la enseñanza y otra hacer que los hombres tomen parte activa en la vida familiar”.

La labor de reeducar a los hombres japoneses recae en expertos como Yoshihiro Onoue, ex profesor de enseñanza secundaria, que trabaja ahora para la Junta de Educación de la prefectura de Osaka. Su labor principal consiste en buscar conferenciantes para los cursillos y organizarlos en empresas.

Dice estar acostumbrado a que le den con la puerta en las narices cuando explica a los empresarios lo que pretende: “En el Japón actual hay todavía un buen número de padres de familia ´esclavos´ de sus empresas, y algunas de esas empresas quieren que siga así. Pero hay cierta esperanza de cambio. La recesión ha acelerado la adopción casi universal de la semana de cinco días, y les será difícil a las compañías volver a la semana de seis días cuando se recupere la economía. Se habla incluso de trasladar algunas fiestas tradicionales para que haya más fines de semana de tres días seguidos”.

Antonio Mélich

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