La FAO recomienda la agricultura orgánica

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Duración lectura: 3m. 8s.

Las necesidades alimentarias mundiales se han satisfecho, en parte, gracias a la biotecnología, que ha conseguido variedades de alto rendimiento. Sin embargo, la FAO, aunque recomienda seguir avanzando en la biotecnología, ve ahora grandes posibilidades en la agricultura orgánica (sin fertilizantes artificiales ni pesticidas). Así ha concluido, a finales de enero en Roma, la reunión bienal del Comité de Agricultura de la FAO, encargado de hacer propuestas para la conferencia general de la organización, que se celebrará el próximo mes de noviembre.

Los productos orgánicos constituyen un mercado creciente. En países como Estados Unidos, Francia, Japón o Singapur, representan más del 20% de los productos alimentarios que se consumen; en Austria son el 10%, y en Suiza, el 7,8%. El atractivo cada vez mayor que los productos orgánicos tienen para los consumidores del mundo rico es una oportunidad para los agricultores del mundo en desarrollo. Lo que en los países desarrollados es un lujo o una moda -la agricultura orgánica- es con frecuencia la única posibilidad en el resto del mundo. Puesto que no pocos países desarrollados no pueden satisfacer la creciente demanda de productos orgánicos con sus cultivos propios, observa la FAO, podrían recurrir a importaciones de los países en desarrollo. De hecho, varios de estos países han comenzado a exportar con éxito productos orgánicos: por ejemplo, frutas tropicales a la industria europea de los alimentos infantiles.

La FAO señala varias ventajas de la agricultura orgánica para los países en desarrollo. Una es que proporcionaría más empleos, pues necesita más mano de obra. Por otra parte, la diversificación de cultivos, obligada, permite una mayor estabilidad y reduce los riesgos por pérdidas de cosechas a causa de accidentes naturales, que en los países en desarrollo pueden tener consecuencias muy graves.

Sin embargo, añade la FAO, la agricultura orgánica no es la panacea: no basta para satisfacer las necesidades de producción masiva en países como China. En cambio, los cultivos biotecnológicos dan mayores rendimientos y son prácticamente los únicos adecuados en tierras pobres o donde el clima es duro. En esas condiciones adversas, la biotecnología ayuda a la explotación “sostenible” de los recursos, al reducir las necesidades de riego y de fertilizantes. Además, la biotecnología contribuye a preservar la diversidad biológica, mediante la conservación de germoplasma. A la vez, la FAO no pasa por alto los riesgos de los organismos transgénicos -uno de los productos de la biotecnología-, principalmente que se transmitan a especies silvestres indeseables genes que proporcionan resistencia al clima o a las plagas.

Por otro lado, la investigación en biotecnología no suele estar al alcance de los países en desarrollo, por sus elevados costes y por falta de personal capacitado y de políticas adecuadas. Habría que facilitar el acceso de los agricultores de esos países a los cultivos biotecnológicos; pero la FAO reconoce que no es fácil abaratarlos, ya que requieren fuertes inversiones, que además sólo pueden ser rentables si existe una eficaz protección internacional de las patentes.

Precisamente en estos días, la empresa Monsanto, creadora de algunas variedades de alto rendimiento, se ha querellado contra agricultores canadienses que han replantado con semillas obtenidas de la anterior cosecha, en vez de comprarlas a Monsanto. La empresa alega que el contrato con los agricultores les obliga a adquirir las semillas todos los años, pues de otro modo no podría obtener rentabilidad de la inversión empleada en crear las variedades. Está claro que a los agricultores del Tercer Mundo no se puede exigir condiciones semejantes.

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