El capitalismo del bien común

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Duración lectura: 3m. 14s.
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“Hay un entusiasmo creciente, en especial entre intelectuales católicos, por la política y la economía del bien común”, señala Alexander William Salter, profesor de Economía en la Texas Tech University. Y este fenómeno le lleva a revisitar las ideas de G.K. Chesterton.

Salter empieza dando una muestra de ese entusiasmo. En un discurso de 2019, el senador republicano Marco Rubio dijo: “Tenemos que restaurar el capitalismo del bien común: un sistema de libre empresa en el que los trabajadores cumplen con sus obligaciones laborales y gozan del fruto de su trabajo, y a su vez las empresas gozan del derecho a obtener beneficios y reinvierten una parte suficiente de ellos para crear empleos dignos”.

Planteamientos como esos son una llamada de atención para quienes –como Salter dice de sí mismo– dan por supuesta la primacía del laissez-faire, y les invitan a buscar un entendimiento. Un buen punto de partida, según Salter, es “el intento, dentro de la tradición intelectual católica, de incorporar el principio del bien común en las instituciones políticas y económicas: la filosofía conocida como distributismo”.

El distributismo es una corriente que surgió a principios del siglo XX; sus más señalados representantes fueron Hilaire Belloc y G.K. Chesterton. Para los distributistas, la propiedad es un valor esencial, y el principal problema es que no está bastante difundida. Según ellos, anota Salter, “la propiedad tiende a concentrarse, lo que resulta en una sociedad proletarizada sin motivos para apoyar el orden social”. Por tanto, para fomentar el bien común hay que diseminar la propiedad privada.

El distributismo apenas tiene aceptación entre los economistas, católicos incluidos. Lo consideran utópico y trufado de tesis económicas dudosas. Pese a ello, observa Salter, vale la pena prestarle atención, por su visión general y su relevancia para el capitalismo del bien común. Lo explica mediante la distinción que hacía John Neville Keynes (padre de John Maynard) entre la “ciencia económica” y el “arte de la economía política”. La primera es “analítica y precisa”; el segundo es “imaginativo y humano”. Pues bien, “el distributismo no es científico, pero es arte, y tiene mucho que enseñar, tanto sobre la libertad como sobre el bien común”.

Belloc y Chesterton subrayaban que las instituciones garantes de la libertad política en Occidente no nacieron de la nada, sino gracias a la paulatina aparición de las condiciones que permitieron a los trabajadores protegerse de la arbitrariedad de los poderosos. Los esclavos se convirtieron en siervos, los siervos en aparceros, y los aparceros en pequeños propietarios. “La independencia económica, entendida como control de los recursos productivos, dio origen a la libertad política”, resume Salter.

Así, “los distributistas muestran la insuficiencia de las reformas legales y del diseño de políticas”: hace falta una sociedad de propietarios. Si lo que no es de nadie, nadie lo cuida, como advierten los economistas, “un trabajador que no posee nada más que su trabajo, ¿por qué iba a apoyar un sistema que protege el derecho de propiedad y los debidos procedimientos legales, por importantes que sean estas instituciones?”.

“El distributismo ofrece una manera de pensar las empresas, el mercado y el bien común que traspasa las divisorias políticas tradicionales. En materia de desigualdad, se alinea más con el progresismo. En relación con el papel del Estado, está más cerca del conservadurismo. Pero en ambos casos por la misma razón: su defensa de un gobierno de ciudadanos, no de tecnócratas”. Y en este punto, Salter cita a Chesterton en Ortodoxia: “La fe democrática es esta: que las cosas más tremendamente importantes han de dejarse en manos de las personas comunes”.

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