Cuando la riqueza petrolera no logra el desarrollo

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Duración lectura: 5m. 22s.

¿Por qué Arabia Saudí tendría interés en que baje el precio del petróleo, su primera fuente de ingresos? Con ese fin ha asegurado que prepara nuevas infraestructuras para aumentar la producción y trató de infundir calma en los mercados convocando con carácter urgente, el 22 de junio en la capital del reino, a ministros de energía de todo el mundo. Arabia y los demás Estados petroleros comprobaron en la anterior escalada del precio (causada por el embargo dictado por los países árabes tras la guerra del Yom Kippur en 1973) que una lluvia de petrodólares no es una pura bendición.

En realidad, es sensato por parte de Arabia Saudí empeñarse en que baje el petróleo. Una fuerte subida, o el hallazgo de yacimientos en un país que no era productor, trae consigo el peligro del “mal holandés”, así llamado por lo que ocurrió a Holanda cuando se descubrió gas natural en su territorio en los años sesenta. La inundación de divisas provoca inflación y que la moneda nacional se sobrevalore, perjudica las exportaciones y hace que pierdan competitividad los sectores no petroleros de la economía.

En efecto, la inflación crece en los países de la Península Arábiga. En el reino saudí roza el 10% anual por primera vez desde 1981, Qatar registra un 14% y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) se acercan al 10%.

El paro también sube en esos países, que tienen mercados laborales muy anómalos. En la península, los extranjeros son el 40% de la población y una proporción doble de los trabajadores del sector privado. Los naturales disfrutan de asilo político en empleos públicos, en el último año con aumentos salariales del 15% al 70%, según el país. Pero estas compensaciones por la inflación en tiempos de superávit no han logrado frenar el paro juvenil, en torno al 25%, ni impedir protestas de los extranjeros, que trabajan por menos dinero y acusan más la subida de precios.

Para no repetir viejos errores

Desequilibrios semejantes padecieron esos países en los años setenta, con el agravante de que los gobiernos despilfarraron su océano de petrodólares. Los colocaron en propiedades inmobiliarias en el extranjero y en cuentas corrientes de Suiza, gastaron profusamente en subvenciones a la población y proyectos suntuarios, y perdieron así una oportunidad de desarrollar y diversificar sus economías.

Mientras tanto, los importadores de petróleo sufrían, pero acabaron hallando yacimientos en otros lugares y aprendiendo a usar el combustible de modo más eficiente. Así, la cuota de producción de la OPEP bajó del 52% del total mundial en 1973 al 30% en 1985, y el barril, de 70 a 20 dólares. Y entonces empezaron los años de precios bajos que erosionaron los ingresos de los países exportadores. Ahora que han vuelto a cambiar las tornas, Arabia Saudí y sus vecinos no quieren repetir sus antiguos errores.

En primer lugar, están previniendo el final de la presente fase alcista invirtiendo en casa una parte mayor de sus colosales ganancias, y en proyectos que contribuyan a diversificar sus economías. Según cálculos de la consultora McKinsey, los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo tienen previsto emplear en tales inversiones unos 230.000 millones de dólares anuales por término medio desde ahora a 2020. Arabia Saudí, Bahrein y Abu Dabi -uno de los EAU- han optado principalmente por la siderurgia; Abu Dabi construye ahora la mayor fábrica de aluminio del mundo. Dubai (EAU), Omán y Qatar se han concentrado en los servicios: finanzas, turismo, enseñanza, investigación.

Pero, según Kenneth M. Pollack, analista de la Brookings Institution (cfr. International Herald Tribune, 15-07-2008), invierten demasiado dinero en proyectos que requieren mucho capital y ofrecen beneficios rápidos a los inversores, y demasiado poco en otros que crean gran número de empleos y favorecen el desarrollo a largo plazo. Esos países se han metido en una expansión turística grandiosa, con centenares de hoteles nuevos, a despecho de sus limitados atractivos de clima, cultura y paisaje. Y si no dedican más esfuerzos a la educación, de nuevo los mejores empleos creados con este derroche serán para extranjeros.

Corrupción en África

En África, los nuevos ricos del petróleo presentan peores síntomas. Guinea Ecuatorial, recién incorporada al club de productores, es candidata ideal a sufrir el mal holandés. Según el FMI, el sector petrolero supone el 95% de su PIB, y la manufactura, solo el 1%. La “maldición del petróleo” se puede esquivar con una fórmula como la de Noruega, que por ley destina gran parte de los beneficios a un fondo de inversión autónomo en que el gobierno no puede meter mano. Algo parecido se intentó en Chad, que se comprometió a guardar el 10% de los ingresos por petróleo para las generaciones futuras y dedicar la mayor parte a programas contra la pobreza, todo ello a cambio de préstamos del Banco Mundial. Pero el gobierno chadiano no resistió la tentación de echar mano del dinero para financiar sus aventuras militares, y en 2006 rompió el acuerdo.

La riqueza petrolífera es un regalo para regímenes corruptos, aunque la población apenas disfrute de ella y, en consecuencia, aumente la desigualdad y se provoquen tensiones sociales. No hay en África ejemplo más claro que el de Nigeria, el primer productor del continente (2,6 millones de barriles diarios). Pese a su abundancia de crudo, tiene que importar combustible por valor de 4.000 millones de dólares anuales y no es capaz de generar electricidad suficiente para garantizar el suministro: los apagones son diarios. Las cuatro refinerías estatales no pueden trabajar más que a medias, porque el dinero que debería haberse empleado en mantenerlas fue a parar a otros bolsillos.

La incipiente Iniciativa por la Transparencia de las Industrias Extractoras, impulsada por Tony Blair en 2002, podría cambiar el panorama, si se expandiera y se cumpliera. En virtud de ella, las empresas concesionarias y los Estados firmantes se comprometen a publicar los flujos de dinero generados por la explotación de las materias primas. Eso supondría un poderoso freno a la corrupción, que es el mayor impedimento para el buen empleo de las rentas del petróleo.