Legalización del cannabis recreativo: ¿no son todo beneficios?

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Una subcomisión del Congreso de los Diputados de España está examinando en este momento los pros y contras de una eventual regulación del cannabis medicinal. No se está hablando de regular “el otro”, el recreativo, pero con seguridad el fantasma de la marihuana está recorriendo en silencio la sala de debates. (Segundo artículo de una serie.)

Ya conoce esas estancias. Hace pocos meses, en la consideración en el Parlamento de una propuesta de regulación del cannabis presentada por Más País, se habló de las dos variantes. La fuerza de izquierda argumenta que la regulación ayudaría a proteger la salud y la seguridad de los consumidores, limitaría el acceso por parte de los menores y supondría una importante veta económica: “Con la voluntad necesaria, España podría liderar el cannabis europeo; con el clima privilegiado y el know how ya contamos”, escribió en El País en 2019.

Sin embargo, la presencia del uso medicinal y recreativo en una misma iniciativa no convenció al PSOE, fuerza mayoritaria en el Congreso, que está a favor de explorar la primera, pero (al menos por ahora) no quiere oír hablar de la segunda, por lo que el plantón a una se llevó por delante a la otra. Según expresó el diputado socialista Daniel Viondi, “cuando hayamos acordado un marco en el que se pueda utilizar el cannabis medicinal y terapéutico (…), entonces que se abran otros debates”.

De que se abrirán hay pocas dudas, y tampoco de que la legalización de la marihuana puede venir por el mismo carril tras la regulación del cannabis de uso medicinal. De hecho, ha ocurrido así en varios países o territorios. En EE.UU., por ejemplo, Colorado legalizó el terapéutico en 2000 y, en 2012, dio paso al recreativo; California, en 1996 uno y en 2016 el otro; Massachusetts, en 2012 y en 2016, y así. También Canadá articuló un programa de cannabis medicinal en 2001, y en 2018 legalizó el recreativo.

Curiosamente, entre los factores para que la percepción pública de los riesgos del narcótico se haya atenuado y haya favorecido la regulación del recreativo en esos sitios, está la frecuencia con que la palabra “cannabis” aparece acompañada del calificativo “medicinal”. Porque ¿acaso puede haber peligro real en algo que tiene utilidad terapéutica? ¿No son todo beneficios?

Sí a lo primero. Y no: no todo es salud, euforia y buen rollo.

“No morirás, pero…”

Como se explicaba en un artículo anterior, el tetrahidrocannabinol (THC) es un principio activo del cannabis que actúa en el sistema nervioso central: provoca una acrecentada sensación de placer, un estado de euforia, e induce al cerebro a repetir la acción del consumo una y otra vez, pese a los riesgos que ello puede implicar.

¿Riesgo de adicción, por ejemplo? Según explica el Dr. Guillermo Velasco, del Observatorio Español del Cannabis Medicinal, este no sería alto: “La naturaleza liposoluble de los cannabinoides, que permite que se almacenen en el tejido adiposo y permanezcan bastante tiempo en nuestro organismo, hace que el potencial adictivo de estos sea relativamente reducido en comparación con el que tienen otras drogas o fármacos de uso habitual. Así, la adicción al cannabis (o el síndrome de abstinencia a su utilización) solo se presenta de manera moderada o muy moderada en usuarios habituales, y por su magnitud y sintomatología leve no puede compararse con la adicción al alcohol, a opiáceos o a fármacos antidepresivos”.

El THC incide negativamente en la función cerebral, “concretamente en las partes responsables de la memoria, el aprendizaje, la atención, la toma de decisiones, la coordinación, las emociones y el tiempo de reacción”

Los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) de EE.UU. refieren, no obstante, que tres de cada 10 personas aficionadas a la marihuana padecen un trastorno por consumo. Signos de su presencia pueden ser la imposibilidad de abandonar el hábito, consumir mientras se realizan actividades que necesitan de la mayor atención (como conducir un vehículo), persistir en ello a pesar de saber que puede agravar determinados problemas físicos o psicológicos, experimentar la necesidad de consumir mayores cantidades para conseguir el efecto psicotrópico que antes se conseguía con menos, etc.

Del consumo habitual de la sustancia no puede decirse lo que el poeta –“pasarás por mi vida sin saber que pasaste”–, porque, a efectos de salud, el hábito deja huellas, tanto en el nivel mental como en el físico, y no particularmente favorables.

Los CDC, por ejemplo, subrayan incidencias negativas del THC en la función cerebral, “concretamente en las partes responsables de la memoria, el aprendizaje, la atención, la toma de decisiones, la coordinación, las emociones y el tiempo de reacción”. Precisamente sobre la capacidad de reacción, el National Institute on Drug Abuse (NIDA), también de EE.UU., cita varios estudios que han constatado cómo las posibilidades de ocasionar un accidente de tráfico se duplican para aquellos conductores que tienen la sustancia en el flujo sanguíneo.

Otras investigaciones revelan, además, una disminución permanente del coeficiente de inteligencia cuando se ha empezado a consumir en la adolescencia, y un aumento de las probabilidades –y de los episodios reales– de psicosis. Otras, centradas en los efectos físicos, refieren la disminución de la cantidad y la calidad de los espermatozoides en el varón y cambios en el ciclo menstrual femenino, así como el aumento del riesgo de neumonía, en el caso de quienes la fuman, entre otras consecuencias.

¿La muerte incluso, como ocurre con las sobredosis de opiáceos o cocaína? No, no hay sobredosis letales de la sustancia. “La típica muerte por cannabis se produce por conducir vehículos, y no la minimicemos –nos dice el Dr. Rafael Maldonado, toxicólogo, de la Universidad Pompeu Fabra (UPF)–. Pero si pensamos en efectos de toxicidad aguda, de muerte a causa de la sustancia química, no es el caso”.

Colorado, botón de muestra

Nada de lo anterior ha hecho mella en el argumentario más usual a favor de la regulación del cannabis recreativo en cualquier sitio en que ha tenido lugar. Las razones –contenidas también en las propuestas legislativas presentadas por Más País, Esquerra Republicana y Podemos en el Parlamento español– tocan varias teclas.

Por una parte, se alega que tiene un efecto reductor de la criminalidad, al contribuir al decrecimiento del mercado ilegal: si lo tienes a mano en la tienda, ¿para qué quedar con un “camello” en un parque sombrío? Al no ser delito la posesión o el porte público, los arrestos y penalizaciones bajan forzosamente. Además, siendo que las autoridades pueden controlar todo lo que se comercializa, es posible limitar las concentraciones de THC en los productos. Y por último, lo mencionado al principio: como todo está a la luz, el fisco puede sacar tajada. Un estudio de la Universidad Autónoma de Barcelona cifra en 3.312 millones de euros lo que podría recaudarse anualmente, amén de la creación de unos 100.000 empleos directos en esa industria. Un win-win de libro.

Las estadísticas de sitios donde se ha regulado y legalizado el cannabis recreativo demuestran, sin embargo, que no todos “win, y el botón de muestra es Colorado, que legalizó el recreativo a principios de la pasada década.

La ley de Colorado prohíbe el acceso de los menores de 21 años al cannabis recreativo, sin embargo, el consumo de los jóvenes de 12 a 17 años ha sido mayor al del promedio de EE.UU.

Se advierte cuando se pone el foco, por ejemplo, en las consecuencias para los jóvenes: según datos del informe “Impacts of Marijuana Legalization in Colorado”, de 2021, entre 2012 y 2019 el consumo se incrementó tanto entre los menores de 18 años (del 63,5% al 73,5%) como entre los de 18 a 20 años (del 19,2% al 27,3%). Asimismo, el porcentaje de consumo entre los de 12 a 17 años terminó siendo mayor que en el promedio de EE.UU. (9,8% > 7%). Nota necesaria: la ley estadual veta el acceso de los menores de 21 años al cannabis, pero como se puede apreciar, con mejorable resultado.

Esto tiene derivaciones. El Colorado Health Institute señalaba en un informe de 2021 que en los cinco años precedentes la marihuana se había convertido en la segunda sustancia –solo después del alcohol– más detectada en los casos de suicidios: ha estado en el 20,4% de todas esas muertes, por delante de los opiáceos (18,9%), si bien no se ha establecido una relación directa entre el mayor consumo y el incremento de esos decesos.

Estadísticamente, el mayor aumento de suicidios en los que estuvo presente el narcótico se constató entre los jóvenes de 20 a 24 años (del 18,4% al 33,2%), seguido por el segmento de 15 a 19 años (del 19,8% al 30%).

El mercado ilegal que vos matáis…

Hay que añadir, por otra parte, que el objetivo de controlar las concentraciones de THC en los productos comercializados en los dispensarios se ha vuelto papel mojado. Según Stuyt (2018), “antes de la década de 1990 (el THC) era inferior al 2%. En la década de 1990 creció hasta el 4%, y entre 1995 y 2015 ha habido un aumento del 212% en el contenido de THC en la flor de la marihuana. En 2017 las cepas más populares que se encontraban en los dispensarios de Colorado tenían un rango de contenido de THC del 17-28%”.

Es la tendencia general en el cannabis recreativo. “Por selección genética se ha llegado a aquello que desea el consumidor –afirma el Dr. Maldonado–. En los años 80, la cantidad de THC, el componente que produce el high, el efecto psicoactivo placentero, de modificación del estado emocional, estaba en el 4-5%, y la del cannabidiol (CBD) en torno al 1,5%. Ahora encontramos unas variedades con más del 20% de THC, y un CBD tremendamente escaso. Es lo que le interesa al consumidor”.

¿Algún problema con eso? Aparentemente no: una reciente investigación de un equipo de la Universidad de Colorado halló que, por más THC que tuviera un producto del cannabis, el “subidón” no era significativamente mayor que el alcanzado con concentraciones bajas del principio activo, ni mayores eran los indicios de pérdida de memoria inmediata, de coordinación motora, etc.

Otros, en cambio, advierten que la mayor concentración del psicoactivo sí repercute negativamente en la salud. La psiquiatra Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA), de EE.UU., apunta: “Cuando alguien toma marihuana con un contenido bajo [de THC] para relajarse y colocarse, en realidad, disminuye su ansiedad”, pero altas concentraciones pueden provocar psicosis y ataques de pánico. “Te vuelves paranoico en toda regla”, añade.

En varios estados norteamericanos que han legalizado el cannabis recreativo, el mercado ilegal de la sustancia sigue superando al legal

Asimismo, refiere que aquellos que consumen con frecuencia productos con alto contenido de THC suelen desarrollar el síndrome de hiperémesis cannabinoide, vómitos frecuentes, acompañados de dolor abdominal intenso y de un impulso constante de darse baños calientes.

Por último, quedaría la razón económica, asociada al decrecimiento o desaparición del mercado ilegal, pero no tiene mucho agarre en la realidad.

Volvamos a Colorado: el Denver Post, en un artículo de junio pasado, titulaba: “Los cultivos de marihuana en el mercado negro están apareciendo más rápido de lo que las fuerzas del orden pueden actuar. Pero, ¿es la legalización la causa?”. El texto describe la paradójica situación de que, en este estado pionero de la marihuana legal, la agencia antidrogas (DEA) está confiscando más cultivos y cantidades del narcótico que antes.

“La realidad es que ahora [el mercado ilegal] es más grande”, señala John Kellner, fiscal de Denver. Y la tendencia se repite en otros estados cannabis-friendly: en Massachusetts, en 2019, dos años después de la legalización, el 75% de la sustancias que se comercializaba procedía del mercado negro, mientras que en California se calcula que el cannabis ilegal está moviendo 8.000 millones de dólares, casi el doble o más del que se ingresa por el de venta legal, con lo cual, viene como anillo al dedo aquello de “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”.

“¿Es la legalización la causa?”, se pregunta el diario citado. Aun concediendo que no lo sea, se podría contestar –al periodista y a los políticos de Colorado y de dondequiera– con otra interrogante: ¿Acaso ha sido la solución?

 

Dulces, risas y peligros

La imposibilidad de que el consumo de cannabis produzca un fallo orgánico letal, así como el carácter sociabilizador de dicho consumo, pueden hacer que la sustancia se perciba como una droga light, que además tiene cada vez mejor prensa.

En el cine, por ejemplo, la comedia francesa El postre de la alegría (2012) recrea la historia de una anciana que, para sacarse unos euros, hornea magdalenas con hachís (un preparado con resina de la planta y hasta un 30% de THC) y las vende al público. Como es de rigor, la protagonista triunfa y, de paso, el narcótico queda bien parado. Final feliz.

Lo que no cuenta el filme es el plus de peligro que implica la variante comestible respecto a la inhalada o fumada. Según explica el Dr. Maldonado, “quien consume de modo inhalado obtiene el efecto de modo inmediato, de manera que cuando llega al nivel deseado, dice: ‘Aquí me detengo’. Pero en el caso del que la ingiere, el efecto es muy gradual: se nota al cabo de 40, 60 minutos. Si 30 minutos después dice que se siente mal, aunque deje de comer le seguirá subiendo el efecto y se sentirá peor. No puede hacer nada, ni inducir el vómito en muchos casos”. El cuadro de intoxicación grave, añade, “es más frecuente en las formas ingeridas que en la inhalada”.

Y hay, por supuesto, “bajas colaterales”: en territorios donde se ha legalizado el uso recreativo han aumentado las intoxicaciones accidentales en menores. Myran et al. (2022) realizó un estudio en la provincia canadiense de Ontario sobre las visitas a Urgencias por menores expuestos al cannabis, entre 2016 y la primavera de 2021: del total de 522 visitas, hubo 81 antes de la legalización (2018) y 124 inmediatamente después. En 2019, tras la introducción de alimentos con THC, el número subió a 317.

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