El puño chino, en guante de seda

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A finales de agosto, el ejército chino disparó cuatro misiles de alcance medio hacia el Mar del Sur de China, un área en la que confluyen los límites geográficos y los intereses de varios países. Lo hizo en el contexto de unos ejercicios militares que no gustaron ni a sus vecinos –protestas de Vietnam– ni a los que “pasaban por allí” –también de EE.UU.–. Pekín mostraba músculo militar para marcar territorio en unas aguas por las que transita buena parte del comercio mundial.

Los alardes bélicos no son, sin embargo, la tónica dominante en la proyección exterior del gigante asiático, que prefiere modos más amigables de hacer sentir su influencia. A los chinos les va más el soft power, el poder blando, como medio para alcanzar sus objetivos por vías que aseguren –o así lo parezca– un win-win; un “todos ganamos”, para el que es mejor mostrar un rostro amable del país.

Lo resumió bien el anterior presidente, Hu Jintao, en el 17º congreso del Partido Comunista (PCCh), en 2007, al señalar la necesidad de “realzar la cultura como parte del poder blando de nuestro país”. Diez años después, en otro congreso, el presidente Xi Jinping remachó la idea: “Mejoraremos nuestra capacidad para contar nuestras historias, presentaremos una perspectiva multidimensional y reforzaremos el poder blando de China”.

Puesto el gobierno comunista a enamorar a otras sociedades con las bondades de su sistema, mejor enviarles pandas en préstamo a aquellos países con los que se quiere tener una relación fructífera. Pero hay multitud de herramientas, como la red de Institutos Confucio, el primero de los cuales se inauguró en Seúl en 2004. Hoy son unos 500 en todo el mundo, y a ellos acuden los interesados en aprender idioma mandarín, caligrafía, cocina y demás manifestaciones culturales chinas.

En 2018, China recibió a casi 500.000 estudiantes internacionales, el doble que diez años atrás

Por supuesto, los asistentes se llevan, como propina, una generosa ración de ideología oficial, con sus mutismos selectivos. “La directora de un Instituto –cuenta Rachelle Peterson en The Hill– me dijo que si un estudiante le preguntara sobre la plaza de Tiananmen, ella ‘le mostraría una foto y le haría notar la belleza de la arquitectura’”.

De igual modo, China ha trabajado para configurarse como destino de estudios de grado y posgrado. En 2018, el país acogió a casi 500.000 estudiantes internacionales, el doble que diez años atrás, y si bien el número de los procedentes de países occidentales ha ido en descenso paulatino, los africanos están tomando rumbo noreste con cada vez mayor frecuencia. A ello contribuye el hecho de que el gobierno les otorga becas a muchos alumnos procedentes de países en desarrollo.

Con gestos así no es de extrañar que, en algunas zonas del globo, algunos solo vean sonrisas cuando miran hacia Pekín.

En África, formación e inversiones

Una de las regiones donde el país asiático ha gozado de buena imagen en los últimos años es África. Según el Afrobarómetro 2016, a la pregunta de si China “es una influencia positiva en tu país”, el 63% de los consultados respondió afirmativamente.

Entre los factores que lo justificaban, citaron las inversiones chinas en infraestructura y la implantación de sus empresas en el territorio (hay unas 10.000 de ellas en todo el continente). De los puntos negativos, el más mencionado fue “la pobre calidad de sus productos”, aunque, como se ve, esto no fue lo que más pesó en la percepción de los interrogados.

Como precisan los autores de uno de los capítulos del volumen China’s Global Influence: Perspectives and Recommendations, la influencia china en África ha cobrado auge desde finales de los años 90, cuando Pekín decidió aprovechar la poca competencia que tendrían sus inversiones en la región. De entonces acá, la estrategia del país asiático allí ha ido variando: de asumir el control total en sus inversiones (particularmente en el sector petrolero) ha pasado a fomentar la alianza con otros actores, al tiempo que el modelo extractivo de materia primas ha cedido paso a otro más industrial: en 2017, el 31% de la inversión china ya recaía en la manufactura; el 25%, en los servicios; el 22%, en el comercio, y un 15% en las infraestructuras.

China ha asumido la preparación de las élites políticas de varios países africanos

Que haya un clima favorable a los negocios precisa, en todo caso, una buena disposición de los políticos locales, y China no ha descuidado ese aspecto: no solo destinó 127 millones de euros a edificarle “gratuitamente” una sede monumental a la Unión Africana en Etiopía, sino que se encarga de preparar ideológicamente a los líderes de estos países.

Paul Nantulya, investigador del African Center for Strategic Studies, señala que en 2016 Pekín incrementó sus becas de estudios para líderes políticos africanos –lo mismo parlamentarios que alcaldes, y tanto de partidos oficialistas como de la oposición– de 200 a 1.000. “Organizada por la Escuela Central del PCCh, la formación incluye teoría y práctica de cómo construir un partido, técnicas de propaganda, preparación y desarrollo de cuadros, y gestión de las interacciones entre el partido, el gobierno y el ejército. Se incluyen tutorías en instituciones chinas, y los participantes realizan visitas de campo para ganar conocimiento de primera mano sobre cómo los cuadros del partido solucionan problemas locales”.

Conocido esto, es asombroso cómo ha arraigado la percepción de que China, a diferencia de las potencias occidentales, “no interfiere” en los asuntos internos de aquellos países a los que presta su colaboración.

“¿Quién quiere desarrollarse?”

África es, sin embargo, solo una de las regiones donde Pekín está haciendo sentir su “benigna” influencia por medio de su megaproyecto de inversiones para el desarrollo, llamado Belt and Road Initiative (BRI) –también conocido como la Nueva Ruta de la Seda–, para el que ha comprometido ocho millones de millones de dólares.

Bajo el paraguas del BRI, que hasta mediados de 2019 había posibilitado acuerdos de cooperación con 136 países y 30 organizaciones regionales, están saliendo adelante proyectos de construcción de líneas férreas entre China, Laos y Tailandia, y lo mismo entre Hungría y Serbia, además de obras como los puertos de El Pireo, en Grecia, y Khalifa, en Abu Dhabi, y la instalación de oleoductos y gasoductos desde Rusia y países de Asia central hasta China. Solo en los primeros siete meses de 2020, la inversión china en los países del BRI sumó 10.270 millones de dólares, un 29% más que en igual período de 2019.

Para algunos analistas, el BRI no es más que un mecanismo de Pekín para atar con deudas a un grupo de países ya endeudados, que verían comprometida de alguna manera su independencia económica al no poder asumir el pago.

Las inversiones externas le aseguran a China salir indemne en varios foros internacionales de los intentos de condena por su irrespeto a los derechos humanos

Uno de los ejemplos sería Grecia, disciplinada por Bruselas con el fardo de la austeridad a finales de la primera década del siglo. Pekín asumió el papel de héroe al rescate, al comprar bonos de la deuda griega, a cambio de lo cual ha ido obteniendo facilidades “en especie”. Por ejemplo, con una inversión 500 millones de euros en la modernización del puerto de El Pireo, el conglomerado chino Cosco ha pasado a controlar el 67% del accionariado de esa rada marítima, convertida en puerta de entrada de las mercaderías chinas en Europa. Cosco correrá a cargo de las instalaciones durante 35 años, y pagará a Atenas 100 millones de euros anuales por ese concepto.

Pero las inversiones y “regalos” no tienen solo repercusión en lo económico. En junio de 2017, cuando la Unión Europea se disponía a aprobar una declaración de condena al país asiático por su mejorable prontuario en materia de derechos humanos, Grecia se opuso y vetó la decisión. El entonces responsable del área de relaciones exteriores del Parlamento griego, Costas Douzinas, negó que Pekín hubiera pedido al país heleno vetar nada. “Si estás deprimido, y viene uno y te da una bofetada, y viene otro y te da una mano, cuando puedas ayudar a alguien, ¿a quién ayudarás: al que te abofeteó o al que te ayudó?”, se preguntó.

Pasa en la UE, pero también en otras instancias internacionales, como la Asamblea General de la ONU o el Consejo de Derechos Humanos (CDH). Como muestra, la aún fresca decisión de la mayoría de los miembros del CDH de apoyar la aplicación de la Ley de Seguridad Nacional china en Hong Kong. A 27 países que reprobaron las violaciones de los derechos humanos cometidas por Pekín en el territorio autónomo, se opusieron 53 que aseguraron que se trataba de un asunto interno. Y punto. Países como Venezuela, Bielorrusia, Cuba y, desde luego, varios miembros africanos y asiáticos, bloquearon cualquier posibilidad de condena.

La disonancia china

La indiferencia de muchas democracias frágiles, de regímenes despóticos e incluso de no pocas democracias avanzadas ante los desmanes del régimen chino contra sus propios ciudadanos, no se replica entre la gente de a pie de muchos países. Por más “bien” que haga China de puertas afuera, la brutalidad en su trato a la disidencia política interna y a las minorías étnicas y religiosas –como los uigures y los cristianos– puede incidir negativamente en la imagen que muchos tienen de ella.

En el ranking del Instituto Elcano, que mide la presencia global de cada país según varios parámetros –los productos que este comercializa, sus triunfos deportivos, su industria turística, etc.–, el primer lugar lo ocupa EE.UU., y el segundo, a mucha distancia, China. Pero Pekín no acaba de despertar olas de simpatía congruentes con ese puesto. Un sondeo del Pew Research Center, de 2018, señalaba que en Europa, Australia y las Américas, no llegan al 50% quienes la ven con buenos ojos. Apenas lo hace el 17% de los japoneses y el 38% de los surcoreanos. Solo en Rusia, el sudeste asiático y África pasan de la mitad sus admiradores.

En opinión de Eleanor Albert, analista del Council on Foreign Relations, el soft power de China no podrá desplegar todo su potencial mientras persista la disonancia entre la imagen que aspira a proyectar al exterior y sus acciones internas, como la censura a los medios nacionales y extranjeros, sus ataques a las ONG no afines y la represión política. Para apoyar su tesis, cita al Dr. David Shambaugh, una autoridad en los estudios sobre ese país, quien apunta: “Mientras el sistema político (chino) deniegue, más que impulse, el libre desarrollo humano, sus esfuerzos de propaganda tendrán que dar la batalla cuesta arriba”.

De lo que se sigue que incluso una billetera generosa topa con límites.

 

Y ahora, adalid de la ciberseguridad…

El 8 de septiembre de 2020, el Ministerio de Exteriores de China dio a conocer una nueva iniciativa del país asiático en el campo tecnológico. Mediante su Global Initiative on Data Security, Pekín convoca a los miembros de la comunidad internacional a gestionar la seguridad de datos de una manera “abarcadora y objetiva”, y a mantener una cadena de suministro de datos estable, abierta y segura.

La nota difundida por la cancillería subraya que “es importante desarrollar un grupo de normas internacionales sobre seguridad de datos que reflejen la voluntad y el respeto a los intereses de todos los países”. No obstante, según refiere The Wall Street Journal, la nueva movida parece destinada a contrarrestar los esfuerzos de EE.UU. para convencer a otros países de impedir el acceso de la tecnología china a sus redes internas.

 

 

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