Violencia, religión… y petróleo en África

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Kampala. Durante su intervención en el sínodo, el padre dominico Emmanuel Ntakarusima, de Burundi, hizo notar que los cuatro países africanos donde más se ha consolidado el cristianismo son precisamente aquellos que han sufrido todo tipo de matanzas y crueldades en los últimos quince años: la R. D. del Congo (RDC), Congo-Brazzaville, Ruanda y Burundi.

Por ejemplo, Ruanda y RDC han dejado por el camino millones de muertos y muchos más desplazados. Las bajas han sido menores en las regiones dominadas por los musulmanes. La conclusión de Ntakarusima es que cuanto más cristiano es un país en África, mayor es el riesgo de que su población sufra una masacre.

Esta tesis puede ser manipulada. Algunos, llevados por su odio a la religión, podrían concluir que las convicciones religiosas generan violencia y enfrentamientos. Por eso, conviene matizarla teniendo en cuenta las motivaciones que están detrás de muchos conflictos africanos.

Los países más conflictivos

Los cuatro países mencionados son, junto a Uganda y Angola, quizá los más católicos del continente. Kenia se considera un país muy cristiano, aunque la proporción de católicos es menor allí. Tanzania también tiene vastas zonas cristianas, al igual que Etiopía, salvo en sus fronteras con Somalia y Kenia.

Sin embargo, no son estos países los más conflictivos. En la región de los Grandes Lagos, conocida como el “corazón de África”, se han dado las mayores matanzas de la historia reciente. Los motivos de la lucha no eran principalmente étnicos, sino el apetito internacional por hacerse con el control de los recursos mineros. Algo parecido ocurre en Somalia y Sudán, los dos países africanos donde la violencia ha sido -y sigue siendo- mayor.

Somalia lleva sumida en el caos desde hace casi veinte años, y fue inundada de armas por las dos superpotencias de la Guerra Fría, que se hacían la guerra a través de otros. El país tiene una tribu, una lengua y una religión: el islam. Más somalíes viven fuera del país que dentro. Nadie sabe muy bien qué hacer con Somalia; sólo los temerarios y los altruistas se atreven a ir allí. Pero a nadie se le oculta que Somalia es también un lugar estratégico: tiene abundante petróleo, aunque la guerra todavía no ha permitido explotarlo.

Sudán lleva en guerra casi desde su independencia, hace ya más de cincuenta años. Cuando estalló el enfrentamiento entre el norte y el sur, los medios de comunicación se apresuraron a presentarlo como un conflicto étnico y religioso entre el norte árabe-islamista y el sur cristiano-animista.

Durante ese tiempo, el sur fue prácticamente devastado. Hubo que esperar al acuerdo de paz firmado en 2005, para que comenzara la reconstrucción de las infraestructuras gracias a profesionales de Kenia y Uganda.

Pero la división étnica y religiosa es sólo una parte de la historia. En medio del país -entre el norte y el sur- hay grandes reservas de petróleo, cuyo mayor cliente es ahora China.

Al oeste nos encontramos con Darfur, donde todavía continúa la tragedia. En este país los musulmanes árabes están matando, violando y torturando a musulmanes africanos, por motivos que tienen que ver con la tierra y la raza. Para los sudaneses árabes, los negros son como esclavos. Cientos de miles han sido asesinados de forma brutal; sólo los más afortunados han conseguido escapar.

Cerca de Darfur se encuentran los fértiles Montes Nuba, que se han convertido en un improvisado campo de batalla. Allí vivían juntos musulmanes y católicos africanos. Pero éstos también han sido asesinados o expulsados de sus casas por las milicias árabes.

A más recursos naturales, más conflicto

A la vista de estos hechos, habría que reformular la tesis del padre Ntakarusima: cuantos más recursos naturales hay en un país (y África es una isla llena de tesoros), mayor riesgo existe de que se convierta en una zona de conflicto. Extranjeros sin escrúpulos están usando de hecho a los “señores de la guerra” para sacar provecho de esos tesoros.

Es cierto que el cristianismo ha estado presente en la mayor parte del África subsahariana, a lo largo de casi cien años. Se podría argumentar que todavía no ha calado a fondo. Pero también se puede pensar que África es mucho más consciente de sus diferencias étnicas por culpa del colonialismo y sus políticas del “divide y vencerás”.

África ha recibido el cristianismo con los brazos abiertos. RDC, Sudán y Uganda tienen ya santos canonizados, y muchos cristianos africanos tratan de tomarse en serio su fe. Por eso, también ellos pueden preguntarse por qué países occidentales que se dicen “cristianos” fueron a la guerra durante el pasado siglo, después de tantos siglos de civilización cristiana.

En el sínodo de África se está hablando mucho de reconciliación, paz y justicia. Se trata de temas muy queridos por los africanos, que tienen su propia cultura de la reconciliación. En Ruanda, los tribunales al aire libre (conocidos como “gacaca”), a pesar de sus limitaciones y de juzgar solo a los acusados hutus, han ayudado a poner paz entre los sospechosos, los supervivientes y los familiares de las víctimas del genocidio de 1994.

En el norte de Uganda, una brutal rebelión alimentada por el secuestro de niños soldados ha estado en marcha durante veinte años, y se ha movido ahora al sur de Sudán, a RDC y a la República Centroafricana. Los acholi tienen un rito de reconciliación donde el agresor y la víctima comparten unas hierbas amargas.

Recuerdo que una vez le pregunté a un acholi qué ocurriría en el caso de que Joseph Kony, el líder de los rebeldes, decidiera rendirse y volver a su pueblo. “Con esos ojos tristes, probablemente él mismo se daría cuenta de que no encaja”. Ninguna palabra de resentimiento al estilo occidental.

Los africanos aman la paz y quieren mejorar sus vidas a través de la educación, de los avances en el sistema sanitario y de la necesaria estabilidad para formar una familia. Pero, como dice un refrán swahili, “cuando dos elefantes pelean, malamente se puede arreglar el césped”. El africano medio está en medio de un fuego cruzado, pero no por propia elección.

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