Uganda y Kenia: Agricultura que no llega a la subsistencia

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Duración lectura: 4m. 53s.

Nairobi. Winston Churchill llamaba a Uganda la “perla de África” por su exuberante vegetación, sus colinas suavemente onduladas, su flora y su fauna, por sus brillantes colores bajo el sol ecuatorial, la majestad del Nilo, su siempre cálido clima y su fértil suelo. Incluso el caluroso norte de Uganda, donde muchos ugandeses nunca se han aventurado por los 22 años de guerrilla que terminaron por el acuerdo de 2006, produce buenas cosechas debido a sus lluvias regulares. Solo en el reseco nordeste, tierra de los Karamojong, marginados durante la época colonial, hay hambrunas en ocasiones.

Pero este año, la mayor parte del este así como otras zonas del país han sufrido el hambre. Hace dieciocho meses, esta zona, generalmente pantanosa, sufrió las inundaciones de El Niño, seguidas por escasas precipitaciones durante la estación de lluvias. Ahí la gente vive de una agricultura de subsistencia y, cuando la lluvia es favorable -como suele ocurrir- vende mandioca, maíz, piña, bananas y otras frutas tropicales en los mercados locales o en la capital, Kampala. Cuando falla la lluvia, para lo cual no están preparados, no hay red de seguridad y viene el hambre.

A mediados de agosto, el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, visitó la zona para ver cómo Uganda puede evolucionar hacia “una agricultura comercial y una mayor seguridad alimentaria”. Aunque el territorio de Uganda es más pequeño que el de Kenia y Tanzania -los tres países de África del este-, representa el 47% de la tierra cultivable de la región. Sin embargo, la falta de inversiones y de financiación, prácticas tradicionales y extensas áreas dedicadas a plantaciones han impedido pasar de una agricultura de subsistencia a un tipo de explotación superior. Zoellick repitió lo que otros muchos han dicho antes, que Uganda tiene el potencial para alimentar a toda la región.

[Como país sin salida al mar, Uganda depende también de las infraestructuras de transporte de sus vecinos para exportar sus productos. Durante su visita Zoellick dijo que el Banco Mundial iba a considerar la financiación para rehabilitar la actual línea de ferrocarril entre Kampala y el puerto keniano de Mombasa, así como una extensión hacia el sur de Sudán y Tanzania para lograr una mayor integración regional por el comercio.]

Sequía en Kenia

La FAO estima que un tercio de los subsaharianos están “subalimentados” -aunque no es claro si es en términos absolutos o conforme a estándares occidentales-; en comparación, en el Norte de África habría un 6% y en Asia, un 15%; el 60% de los subalimentados estarían en África del Este. La vecina Kenia sufre el hambre desde hace varios meses, debido a la escasez de lluvias de los últimos cinco años y a la violencia postelectoral del pasado año cuando fueron incendiadas cosechas y almacenes de alimentos del Rift Valley, granero del país.

Estos dos factores, más una lenta reacción por parte del gobierno, explican la situación actual. Una creciente población, el acaparamiento de tierra por parte de los ricos e influyentes, la sequía y el señuelo de la vida urbana, explican que cada día cientos de inmigrantes lleguen a Nairobi, la capital de Kenia. Dejan incluso sin cultivar tierras fértiles para unirse a las largas colas de solicitantes de trabajo eventual en fábricas y en la construcción, o como vigilantes o vendedores de la calle. Cada persona que deja de trabajar en el campo para ganarse la vida en la ciudad es una persona menos que aporta comida a la mesa, y una más que compra comida en el puesto del mercado o en el supermercado, alimentos que gran parte son importados.

A causa de la escasez de lluvias y de la violencia que desorganizó la producción a principios de 2008, los precios de los alimentos básicos se han duplicado, y siguen subiendo, mientras que los salarios son los mismos o apenas han subido. El problema no es tanto que no haya comida; el problema es que resulta demasiado cara para que la gente pueda comprarla, debido a estos factores y al coste de llevarla a los puestos de venta.

Inversión extranjera

A eso se ha añadido un nuevo factor. Debido al aumento de precio de los alimentos de los dos últimos años, algunos países de Oriente Medio y de Asia están buscando terrenos y mano de obra barata en África. Este mes, según informa Reuters, un grupo de inversores saudíes anunció un plan para plantar 700.000 hectáreas a lo largo de siete años y producir siete millones de toneladas de arroz en la región, sobre todo en Uganda.

Frente al riesgo de que este tipo de inversiones suponga el desplazamiento de agricultores pobres que han cultivado sus tierras por generaciones, el Banco Mundial ha dicho que dará directrices para que estos abusos no ocurran. Pero “no hay nada que temer”. La apropiación de tierras viene produciéndose desde hace décadas, antes y sobre todo después de la independencia, y miles de cultivadores han sido reducidos a ocupantes ilegales que sobreviven como pueden.

Pero los pequeños agricultores de Kenia y Uganda tienen otra buena razón para ser precavidos. Las grandes plantaciones no desarrollan las comunidades locales; demasiado a menudo los beneficios van fueran del país, y no vuelven a la economía local.

Es encomiable que Zoellick haya venido a ver qué pasa sobre el terreno, pero las organizaciones internacionales como la que él preside necesitan presionar a los líderes africanos para que promuevan políticas agrarias que permitan a la gente cultivar la tierra y recoger los beneficios, sin temor a la violencia.