Responsabilidades africanas en las tragedias de Lampedusa

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Duración lectura: 4m. 2s.

En las tragedias de la inmigración, como la última ocurrida frente a la isla de Lampedusa, se habla mucho de las responsabilidades de Europa, por su resistencia a acoger a los inmigrantes clandestinos. Pero no menos decisivas son las responsabilidades de africanos, que provocan estos éxodos con el desgobierno o se enriquecen con el tráfico de personas. Han sido los obispos africanos los que acaban de recordarlo.

Un simposio de obispos africanos, representantes de las Conferencias Episcopales del continente y Madagascar, enviaba hace unos días un comunicado a la agencia Fides, en que asumían la parte de responsabilidad de África en acontecimientos tan dolorosos: sin la falta de libertad y las difíciles condiciones de vida en tantos países no se entenderían las consecuencias dramáticas de la emigración ilegal.

El fundamentalismo islamista agrava las dificultades
Los obispos destacan las penosas condiciones de Somalia y Eritrea, países de origen de la mayor parte de las personas que perecieron en los naufragios en las costas de Lampedusa. Mucha responsabilidad, que suele silenciarse, corresponde a las milicias islámicas: en concreto, en el caso de Somalia, a los militantes de Al Shabaab que vienen aterrorizando a la población civil desde 1994. Esa larga guerra civil causa graves problemas sociales y económicos, y se emplea también como nueva excusa para perseguir a los cristianos. (No se puede olvidar que, como explica Massimo Introvigne, hay ya más cristianos practicantes en África que en Europa, algo escandaloso para los islamistas).

De modo semejante, la situación política de Eritrea lleva a muchos ciudadanos a huir de su país. Los obispos denuncian la carencia de libertades básicas: de información, religiosa, de reunión; es la causa de que tantas personas emigren, buscando nuevos horizontes para sus vidas. Y no se puede olvidar que, con Mali y Somalia, Eritrea figura entre los diez países africanos que persiguen más a los cristianos. Como escribe AnnaBono en La Nuova Bussola quotidiana, un factor adicional de riesgo proviene del compromiso de religiosos y fieles contra la corrupción, el mal gobierno o los abusos de los derechos humanos.

En general, el creciente número de jóvenes que arriesgan sus vidas camino de Europa desde África, refleja el profundo malestar de un continente que está lejos de asegurar a sus habitantes trabajo, educación y sanidad. En esa dura situación, después de más de 50 años de independencia, influyen muy negativamente milicias armadas, que amenazan la seguridad de la población y sus bienes.

Al pedir a las instituciones africanas que actúen y coordinen las políticas para el control de los flujos migratorios y, sobre todo, mejoren las condiciones de vida de sus Estados, los obispos no dejan de dirigirse también a las antiguas potencias coloniales: exigen a Europa que revise su legislación sobre inmigración y trate a los emigrantes “con mayor compasión”.

Como declaraba a Fides Mons. Giorgio Bertin, Obispo de Yibuti y Administrador Apostólico de Mogadiscio: “Yo decidí venir a estos países como misionero, y he comprendido que la verdadera respuesta a estas tragedias no se encuentra en el Mar Mediterráneo o en el Golfo de Adén, sino en solucionar los problemas económicos, políticos y culturales de los países de la emigración”.

La dura presencia de refugiados de Siria
De modo semejante, se publican cada día nuevos datos del drama humanitario derivado del conflicto de Siria: probablemente es la génesis del mayor número de desplazados y del peor desastre desde el genocidio de Ruanda en 1994. Según la agencia de la ONU, ACNUR, hay más de dos millones de refugiados en los países vecinos y son más de cuatro millones los desplazados internos.

Por eso, en los recientes naufragios en las costas europeas del Mediterráneo, aparecen también muchas víctimas sirias: no son emigrantes, en el sentido clásico del término, sino refugiados en busca de asilo. En un porcentaje alto se trata de menores, porque las familias no pueden costear el precio que exigen las mafias –de 2000 a 5000 dólares, según los puntos de partida–: deciden entonces enviar a sus hijos, con la ilusión de que tengan unas oportunidades de las que carecen los padres. Se calcula que, en el primer semestre de 2013, llegaron a las costas italianas más de 7.500 sirios.

En cualquier caso, urge el control de las organizaciones de traficantes de personas, “que atraen a los potenciales migrantes y refugiados, convenciéndolos con falsas perspectivas”, y les embarcan en medios de transporte extremadamente peligrosos. Esas mafias “son una auténtica plaga y son responsables de tantas muertes”, concluye el Obispo de Yibuti. Muchas se aprovechan del actual desgobierno de Libia.