Nigeria: cambio de gobierno, pero no de hábitos políticos

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Duración lectura: 4m. 24s.

Lagos. El general Ibrahim Babangida ha dejado la presidencia de Nigeria después de ocho años de gobierno de facto. Fue el sexto presidente militar del país en los 30 años de independencia, y se marchó después de retrasar tres veces la fecha de las elecciones presidenciales y anularlas cuando finalmente se celebraron.

La incertidumbre sobre si se realizarían las elecciones del 12 de junio duró hasta el momento en que los votantes llegaron a las urnas. Diversas personalidades y organizaciones habían presionado para que se suspendieran. Entre ellas, la Association for Better Nigeria (ABN), que instó a Babangida a no dejar el poder, por considerar que era la única persona capaz de gobernar este país, afectado por tantas tensiones políticas. Babangida miraba con complacencia estas iniciativas. Pero no pudo resistir las presiones contrarias, así que finalmente autorizó los comicios. A medida que se iban conociendo los resultados, quedaba más claro que el candidato del Partido Socialdemócrata, Moshood Abiola, un musulmán yorubá -del Sur-, ganaba por una clara ventaja, aun en Kano, la ciudad del Norte de donde procedía su oponente, también musulmán.

El 23 de junio, el gobierno militar suspendió la publicación de los resultados electorales. Ésta había sido la primera vez que los nigerianos votaban prescindiendo de consideraciones étnicas y religiosas, por lo que habían surgido nuevas esperanzas de unidad nacional, de modo que para muchos la anulación supuso una decepción muy grave. Babangida aseguró a la nación que se había detectado fraude aun antes de las elecciones; según rumores que circularon días después, influyentes sectores de las fuerzas armadas no estaban dispuestos a reconocer a Abiola como presidente. Varias personas murieron en las protestas callejeras que se desencadenaron en Lagos, la ex capital, en territorio yorubá. Poco después Abiola escapó del país para organizar una campaña de propaganda en los Estados Unidos y Europa.

Las presiones internas e internacionales vencieron una vez más al general Babangida. Hubo de mantener su promesa de retirarse el día 26 de agosto, y traspasó el poder a un gobierno interino, presidido por quien fuera la cabeza del Consejo Transitorio -que hasta entonces gobernaba con él-, Ernest Shonekan, de la misma ciudad que Abiola.

Shonekan no tiene ante sí una tarea fácil. Ha tomado el timón en un momento muy crítico para el país. Aunque ha subrayado que su objetivo prioritario es organizar un elecciones presidenciales en el plazo de seis meses, hay asuntos que no pueden esperar tanto. Las universidades están cerradas desde mayo, debido a una huelga de profesores en demanda de aumentos salariales; el caos reina en la enseñanza secundaria y primaria por idénticas razones; la sanidad está próxima a la catástrofe total, y en los hospitales faltan hasta los medicamentos más elementales. Una huelga de transportistas de nafta ha dejado al país casi paralizado, y Lagos parece una ciudad fantasma.

También peligra la seguridad pública. Desde la anulación de las elecciones hay rumores de guerra civil. Miles de nigerianos que viven fuera de sus Estados de origen han regresado a sus ciudades y pueblos, para evitar lo que sucedió durante la guerra civil de 1967-1970, cuando muchos quedaron atrapados en zonas distintas a las de su procedencia.

Shonekan parece entender la importancia de conseguir apoyo interno y externo. Una de sus primeras medidas ha sido liberar a un grupo de presos políticos, encarcelados por protestar contra la cancelación de las elecciones. También ha prometido retirar las fuerzas de paz nigerianas enviadas a Liberia, cuyo mantenimiento supone un gasto que el país no puede permitirse y que en su día provocó protestas contra el gobierno de Babangida.

A la vista de la situación actual, la cuestión de la legitimidad del Gobierno interino -no previsto por la Constitución- es un problema menor. El muy influyente sultán de Sokoto, Ibrahim Dasuki, ha manifestado su apoyo al nuevo gobierno. Los ibos del Este del país parecen no poner mayores objeciones, y en cualquier caso han preferido mantenerse al margen de la discusión en esta crisis. La misma actitud adoptaron otros grupos étnicos minoritarios.

Shonekan corre unos riesgos personales evidentes: su grado de independencia es relativo, ya que los militares están presentes en el actual gobierno a través del general Abacha, ministro de Defensa, heredado de la administración anterior. Shonekan ha sido amenazado con el ostracismo por parte de su propia tribu, los yorubá egba, por aceptar el cargo y presuntamente prestarse a crear una división entre los egba, ya que también Abiola es de la misma tribu.

En su primer discurso, Shonekan ha anunciado una campaña contra la corrupción en el sector público, sopa cotidiana de los nigerianos, y ha prometido dar ejemplo personal durante su mandato, lo que significaría un cambio saludable. También ha afirmado que aceptó el encargo de gobernar porque era la única manera de asegurar que los militares dejaran el poder. Hasta qué punto lo dejan, y por cuánto tiempo, son cuestiones siempre abiertas en Nigeria.

Eugene Agboifo Ohu

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