La difusión del SIDA en África y el respeto a la mujer

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Combatir el SIDA en África exige no sólo contar con más recursos sanitarios, sino cambiar en muchos hombres la tendencia a la promiscuidad sexual que pone en riesgo a sus mujeres. John Carlin refleja esta realidad dentro de un reportaje publicado en El País (Madrid, 30 enero 2000).

El articulista recuerda que en el África subsahariana murieron de SIDA el año pasado 2,2 millones de personas (el 85% de los muertos por esta causa en todo el mundo). En Sudáfrica la tasa de infección se ha multiplicado por cuatro durante los últimos cinco años y, según cálculos de las Naciones Unidas, una de cada ocho personas de 15 a 49 años tiene el virus. Las proyecciones actuales, basadas en las tasas de infección, estiman que en los próximos quince años pueden morir de SIDA 10 millones de personas solo en Sudáfrica y 20 millones en el resto del continente.

Cuando se habla de los motivos por los que el SIDA en África escapa a todo control se suele hacer hincapié sobre todo en la pobreza y en las deficiencias de los sistemas sanitarios, que no disponen de recursos para tratar a los enfermos. Sin negar esto, Carlin recoge algunos testimonios que obligan a plantearse el papel que tiene el comportamiento sexual en la difusión de la epidemia.

“Los epidemiólogos políticamente correctos explican la difusión del SIDA en el sur y en el centro de África por causas como la emigración, la guerra civil, los desplazamientos, la pobreza, que son, sin duda alguna, parte de los motivos”, explica uno de los expertos citados. “Pero existen dos factores de contrapeso. Primero, en África occidental el SIDA está solo extendido en bolsas (en Senegal, por ejemplo, la infección se ha contenido a menos del 2% de la población, gracias a una actividad sexual más controlada). Segundo, Botsuana, donde la tasa de infección es tan alta como en otros lugares, posee la renta per cápita más elevada de África. Lo cual lleva a un problema muy incómodo, que es una cosa tan asombrosamente obvia como el comportamiento sexual”.

Carlin piensa que hay que atreverse a plantear este tema que a veces se evita por temor a ser acusado de falta de sensibilidad hacia la cultura africana. Refiriéndose a investigaciones realizadas en Sudáfrica, advierte que “el estereotipo del hombre latino y su dominación sexual se queda corto al lado de su equivalente africano. Un estudio social detallado del Instituto de Comunicación para la Salud y el Desarrollo, por ejemplo, ha descubierto que en la mayoría de los casos la mujer no puede eludir la actividad sexual. Si una chica le dice a su novio que no quiere mantener relaciones, el hombre la obliga, y afirma que no se trata de violación ‘porque es mía’. Tres estudios independientes han revelado que, para el 30% de las jóvenes sudafricanas, la primera experiencia sexual fue forzada”.

Un dato impresionante es que entre las chicas sudafricanas de 15 a 19 años el 21% están infectadas, tasa seis veces superior a la que se da entre los chicos de la misma edad. ¿Por qué tienen más riesgo de infectarse las chicas? “Porque, en un clima de promiscuidad desenfrenada, en el que las mujeres, en el mejor de los casos, son una mercancía, y en el peor no pueden rechazar una proposición sexual, los hombres mayores se ven naturalmente atraídos hacia la carne joven y o bien abusan por las buenas de chicas adolescentes o, en muchos casos, compran sus favores sexuales con pequeños regalos”.

El pastor anglicano Barry Hughes-Gibbs, que dirige un centro de atención a niños enfermos de SIDA en un hospital cercano a Pretoria, cuenta: “La gente nos trae a sus hijos desde cientos de kilómetros de distancia, sea porque sus clínicas locales no pueden hacer frente al problema o porque tanto las madres como los hijos han sido expulsados de sus comunidades… Dos tercios de mis pacientes adultos son mujeres. Casi todas han sufrido abusos. Casi ninguna puede convencer a su hombre de que se ponga un condón. Muchas de nuestras pacientes han sido violadas”.

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