Viena

Lumen. Barcelona (2008). 439 págs. 25,60 . Traducción: Lluís Miralles de Imperial.

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La literatura ha intentado a menudo retratar el misterioso e irresistible poder que la familia ejerce sobre el individuo. Y a menudo se ha encontrado, fascinada, con que su potencial narrador abría además nuevos cauces para analizar vastos procesos sociales.

La austriaca Eva Menasse (Viena, 1970) sigue esa tradición de la saga familiar que atraviesa la Historia (con mayúscula) con reveladoras historias (minúsculas sólo para la gramática), al estilo de la monumental Los Buddenbrook. Pero al contrario que Thomas Mann, Menasse adjudica a su protagonista coral, una familia judía vienesa de clase media, un tono muy alejado de la solemnidad de la herencia literaria decimonónica: pese a cubrir un período muy doloroso de la Historia de su país -arranca en los años previos a la ocupación nazi y llega hasta la actualidad-, sus historias están cargadas de una ironía suave, que siempre termina apuntando hacia la ternura.

Ayuda en esa tarea la excentricidad de algunos de los personajes, pero el motor principal en este sentido es la voz en primera persona de la narradora, uno de los miembros más jóvenes de la familia. Su habilidad para tejer la peripecia del conjunto nos recuerda a esos vistazos desordenados a los álbumes familiares, que nos dejan una anécdota por aquí, una pequeña catástrofe por allá, o también un recuerdo que todos creían olvidado…

En la Viena de la posguerra, la generación que vivió la persecución nazi sólo quiere olvidar y vivir, mientras que las siguientes buscan en la desgracia pasada la identidad que sienten desaparecer entre los dedos. Aparecen también los absurdos prejuicios que desbordan ideologías y credos, forjados siempre en el inagotable potencial humano para la estupidez individual: cuando los matrimonios mixtos introducen sangre no judía en la familia, arrugan la nariz los “mejores” elementos de ambos sectores.

Y discurren los cambios sociales, que crean las inevitables rencillas e incomprensiones, el germen de la fragmentación contra la argamasa familiar. Pero, en cualquier caso, siempre quedarán esas veladas en las que todos -primos, tíos, sobrinos…- terminan a coro la historia estrella del padre, convertido en futbolista del equipo nacional gracias a un humilde obrero que convenció al abuelo de que un niño judío no podía trabajar en una fábrica.

La narradora recuerda las chanzas por su “manía familiar” de convocar esas reuniones sin las que “haría mucho tiempo que nos habríamos convertido en una de esas familias que solo se encuentran en los entierros, pues incluso para las bodas y los aniversarios redondos vivíamos demasiado lejos los unos de los otros”. Una buena definición, en el fondo, de la literatura.

Viena inocula la nostalgia de un tiempo y un lugar en los que no vivimos. Y tras su lectura, que hay que afrontar con un ritmo moroso que nos permita detenernos en cada anécdota y saborear su valor de vivencia única, nos damos cuenta de que echamos de menos a personas que nunca conocimos.

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