Una vida conmocionada

Anthropos. Barcelona (2007). 216 págs. 21 €. Traducción: Manuel Sánchez Romero.

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La publicación, a principios de la década de los ochenta, de los diarios de una joven muchacha de origen judío que había elegido acudir voluntariamente a los campos de exterminio del III Reich, para compartir la suerte de su pueblo, provocó una fuerte conmoción en la sociedad holandesa. Pero, ¿quién era la autora de estos diarios rescatados del olvido?

Sin la experiencia de los campos de exterminio, Etti Hillesum (1914-1943) hubiera seguido siendo una chica algo alocada, enamoradiza, amante de la literatura y de la música clásica, una muchacha más de su época, y no uno de los grandes testigos de la locura del nazismo. Lo extraordinario de su testimonio es que en estas páginas descubrimos el rostro de alguien que decide sacrificar su seguridad para que el amor reine allí donde la oscuridad es más profunda.

Hasta ahora, conocíamos en España la obra de Etti Hillesum por la recopilación de cartas El corazón pensante de los barracones que publicó la editorial Anthropos en 2001. Una vida conmocionada nos permite profundizar en el itinerario espiritual de esta autora. Sin ser cristiana -posiblemente tampoco judía creyente o, al menos, judía en sentido ortodoxo-, estos diarios nos muestran el despertar de la conciencia religiosa de una mujer que se definió a sí misma como una “buscadora de Dios” y que, precisamente, encontró a Dios entre los prisioneros del campo de concentración de Westerbork, en Holanda.

Etti Hillesum murió en Auschwitz, en 1943. Estos diarios muestran su camino de indagación espiritual que, desde un cierto agnosticismo inicial, desemboca en una experiencia de profunda espiritualidad. Con su ejemplo, Hillesum quiso dejar testimonio del amor de Dios entre los hombres: “Será preciso -escribe en Westerbork- que alguien sobreviva para atestiguar que Dios estaba vivo en un tiempo como el nuestro”. El mensaje resulta evidente: se trata de servir al amor allí donde Dios nos ha puesto. En la última anotación de este diario podemos leer: “He partido mi cuerpo como el pan y lo he repartido entre los hombres, pues estaban hambrientos y venían de grandes privaciones… Uno quisiera ser bálsamo derramado sobre tantas heridas”.

Su esperanza en el hombre y en Dios, erigida en medio de las ciénagas de la historia, sigue interpelando al lector de hoy: “A veces -escribió poco antes de morir- se desata en mí una gratitud ardiente, cuando, como ahora, aparece en mí, con una grandeza arrolladora, aquella amistad, aquel hombre o todo este último año. Te estoy tan agradecida, Dios mío, por haberme regalado una vida así”. Y ese regalo, esa gratitud, es la que comparte Etti Hillesum con nosotros.

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