Una teoría de la fiesta

Rialp. Madrid (2006).
115 págs.
7 €.
Traducción: Juan José Gil Cremades.

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Cuando tanto se han multiplicado los medios para disfrutar del ocio y resultan tan accesibles el entretenimiento y el espectáculo, se diría que hoy hacer fiesta no presenta dificultad para nosotros. Pero conviene escuchar la advertencia de Nietzsche, recogida por Pieper: “No es muestra de habilidad organizar una fiesta, sino el dar con aquellos que puedan ‘alegrarse’ en ella”. El aviso se completa con una observación del propio Pieper, en otro libro (El amor): “Una persona no desea sin más ponerse en ese especial estado físico de la alegría, sino que siempre desea tener una ‘razón’ para alegrarse”.

La razón de la alegría y de la fiesta no se puede simplemente fabricar, como delatan las postizas solemnidades decretadas por los regímenes totalitarios, o la vaciedad de diversiones programadas para el fin de semana “porque sí”, porque “hay que” pasarlo bien. La fiesta ha de estar anclada en un don, y en definitiva en el primero de todos. Nadie celebraría el cumpleaños –ni otra cosa alguna– si no juzgase una dicha vivir. Lo que no equivale a cerrar los ojos al sufrimiento y al mal, pero implica la convicción de que el mundo y la vida son buenos, en su constitución fundamental. La fiesta conecta con el sentido de la vida, remite a la bondad originaria, reclama mirar el mundo con aprobación general, pide considerarse criatura y objeto de una benevolencia inamovible. De ahí que una de las expresiones necesarias de la fiesta sea el culto al Creador.

El filósofo Josef Pieper (1904-1997) se distinguía por un sumo “respeto” a las realidades que estudiaba: estaba convencido de que eran más grandes que sus propias reflexiones. Fiel a su estilo, en este ensayo de 1963, que Rialp reedita, nunca da a los lectores la impresión de dictarnos las conclusiones que antes ha averiguado. Nos invita a acompañarle a pensar, y mientras avanza con nosotros, deja que vayan compareciendo los temas. Y como el caminante que al cabo de la jornada echa la vista atrás y se admira de cuánto espacio ha recorrido, solo al cerrar esta teoría de la fiesta nos percatamos de la naturalidad con que Pieper nos ha llevado a las cuestiones.

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