Un mundo sin copyright

Gedisa. Barcelona (2006). 383 págs. 29,50 €. Traducción: Julieta Barba y Silvia Jawerbaum.

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Aunque la propuesta de suprimir los derechos de autor o copyright es quizá lo más llamativo de este ensayo, en conjunto es más bien un manifiesto en favor de la diversidad cultural y en contra de la globalización económica.

La obra está estructurada en dos partes. La primera presenta un análisis bastante sugerente de cómo unas pocas grandes corporaciones occidentales se están haciendo con el control de gran parte de la producción artística y cultural del mundo gracias al dominio de los canales de distribución y comunicación. Como el móvil de estas corporaciones es exclusivamente mercantilista, la cultura está cada vez menos configurada por los que tienen “algo que decir” y más por los que tienen “algo que vender”.

La “cultura corporativa” va ganando terreno, promoviendo una homogeneización a escala planetaria que empobrece la cultura y limita la democracia. Así, la globalización económica, lejos de promover la competencia en los ámbitos culturales, está formando oligopolios que la limitan. Smiers no salva prácticamente nada del arte, cine y cultura promovidos por las corporaciones occidentales, especialmente las estadounidenses, que son para él como la representación del mal. Aunque el poder omnímodo que atribuye a estas organizaciones es probablemente exagerado, hay que reconocer que muchas de sus observaciones son atinadas y muestran hasta qué punto estamos sometidos a una presión mediática que promueve una cultura superficial y consumista.

En la segunda parte el autor propone una serie de medidas para arrebatar el monopolio a las grandes corporaciones y promover la diversidad cultural. El argumento central gira en torno a la idea de que la cultura y el arte son de dominio público, por lo que es necesario acabar con su apropiación privada. Para ello propone dos grandes cambios: establecer regulaciones nacionales e internacionales que impidan la creación de grandes grupos mediáticos y que obliguen a los actuales a deshacerse; y suprimir los derechos de autor -el copyright-, ya que cualquier producción cultural se apoya en conocimientos anteriores, por lo que en realidad su originalidad es limitada y su propiedad, por tanto, más de la sociedad que del autor. Además, el copyright es la piedra angular sobre la que se apoyan las grandes compañías para monopolizar la cultura e impedir su difusión y progreso. Según Smiers, si se suprimen los derechos de autor, el poder de las corporaciones disminuirá en favor de los creadores, que podrán darse a conocer con más facilidad.

Esta idea es sugerente, pero no aporta pruebas sobre el porqué y el cómo sucederá esto. Además, si se suprime el copyright, ¿de qué vivirán los autores? Smiers propone un sistema que haga compatible la propiedad pública con las ganancias de los artistas, esbozado a partir de tres situaciones. En muchos casos, dice, las ventajas de ser el primero bastarán para que el autor obtenga ganancias suficientes sin necesidad de derechos de autor. En los casos en que los gastos hayan sido grandes, se concederá al autor un “usufructo transitorio” que le permita explotar en exclusiva su obra durante un año. La tercera situación se daría cuando los ingresos que pueda generar un artista no sean suficientes para su sustento; en ese caso, habrá que subvencionar su producción.

Al margen de que la cuestión de la originalidad de la obra de arte es mucho más compleja de lo que Smiers supone, la función del copyright es permitir al autor o inversor amortizar sus gastos, y no -como sostiene Smiers- privatizar la producción artística. De hecho, el copyright no impide la difusión de la cultura, que por su misma naturaleza tiende a difundirse; su razón de ser es que el autor o el inversor tengan la exclusiva de su difusión durante un tiempo. Quizá ese tiempo sea demasiado largo y quizá esto dé lugar a abusos, pero con el sistema de Smiers, cualquiera tendría derecho a copiar y comercializar la obra a la vez que el autor sin incurrir en ningún delito, por lo que el gran perjudicado sería el artista. Pero Smiers ningunea este problema, ya que ingenuamente supone que la comunidad castigará el plagio arrinconando al que lo hace. La idea de Smiers está lejos de ser convincente. Además, su propuesta final de crear un movimiento mundial para defender la diversidad cultural, una ONG con el nombre de “Todas las Artes del Mundo” formada por cientos de ONG o “redes” cuyos aliados naturales sean los movimientos ecologistas y los sindicatos, alcanza un tono más propio de un visionario que de un científico social.

Sin duda el poder de las grandes multinacionales del entretenimiento y la cultura es preocupante; sin duda el sistema de copyright tiene problemas, agravados por la revolución de internet; sin duda la diversidad cultural está amenazada. Un mundo sin copyright está lleno de observaciones agudas y valiosas que hacen reflexionar sobre estas cuestiones. Pero su propuesta final debería adoptar tonos más realistas, más concretos y más técnicos para convencernos de que es mejor cambiar el sistema actual por el que se propone.

José María Ortiz-Villajos

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