Un millón de luces

Clara Sánchez

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Alfaguara. Madrid (2003). 299 págs. 19,50 €.

Novela de ambientación típicamente urbana, cuya acción transcurre en un edificio de oficinas situado en una zona de Madrid donde numerosos rascacielos de acero y cristal parecen estar iluminados por un millón de luces. La protagonista narra en primera persona una experiencia laboral que inicia como recepcionista, continúa como jefa de gabinete del vicepresidente de la compañía, y pasa luego por la secretaría del presidente para concluir con la quiebra de la empresa.

La obra ofrece una ingeniosa visión crítica del panorama surrealista que presenta la estructura interna de algunas empresas en el momento actual. El despliegue del argumento evoca la figura de un laberinto cerrado sobre un microcosmos disparatado aunque rentable, al menos durante un tiempo. Pero si la historia está bien planteada, las situaciones que conforman el nudo y el desenlace son poco creíbles en su mayoría. Los personajes son estereotipos genéricos antes que seres humanos individualizados.

La acumulación de acontecimientos que gravitan sobre la acción demuestra que la autora ha trabajado mucho para crear un fresco sociológico amplio y variado, visto desde una perspectiva a la vez económica y dramática. Sin embargo, a esta panorámica le falta credibilidad, no porque no refleje realidades plausibles, que sí lo hace, sino por el modo un tanto torpe y forzado de articularlas en forma narrativa. Una buena historia y una acertada ambientación quedan frustradas por falta de acierto técnico y de flexibilidad en el fluir de las situaciones. La protagonista-narradora tiene una presencia desmedida que oscurece a los demás personajes; habla demasiado y con un estilo demasiado monótono.

En definitiva, la obra, por exceso de testimonio y carencia de imaginación, sutileza e ingenio creativo, pierde fuerza y se queda en una lectura fácil, entretenida sin más, y con unos recursos estilísticos muy coloquiales que no pasan de mediocres.

Pilar de Cecilia