Un mes en el campo

TÍTULO ORIGINALA Month in the Country

GÉNERO

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Pre-Textos. Valencia (2004). 133 págs. 15 €. Traducción: José Manuel Benítez Ariza.

“En el curso de cualquier actividad prolongada tiende uno a olvidar las intenciones originales”. Así comienza el prefacio de “Un mes en el campo” de James Lloyd Carr, y casi podría decirse que es un resumen de lo que sucedió al autor: quería escribir un idilio rural en la línea de “Bajo el árbol del bosque” de Thomas Hardy, pero la historia de Tom Birkin va más allá de un idilio de verano.

Es una narración que plantea cuestiones como el sufrimiento y la muerte, la responsabilidad del hombre ante el mal y la trascendencia. Tom Birkin, el protagonista, ex combatiente de la Primera Guerra Mundial, es restaurador de pinturas murales medievales. El motivo de su llegada a un diminuto pueblo del norte de Inglaterra es llevar a cabo el encargo que ha dejado en su testamento una acaudalada señora: descubrir si bajo la capa de cal que cubría el techo de la iglesia se escondía una pintura mural de la Edad Media.

Tom Birkin se va dejando llevar por el ritmo que marca el tiempo en la pequeña comunidad rural, por la belleza sanadora del paisaje y del aislamiento, por el efecto simbólicamente restaurador de su trabajo, por la acogida cálida de la gente con la que se encuentra. Carr mantiene el interés a través de los personajes, de lo que se va desvelando sobre ellos y de los sutiles lazos que se crean en ese breve tiempo.

El autor presenta los distintos conflictos con delicadeza, sin caer en situaciones fáciles. El protagonista consigue enfrentarse al horror que vivió en la guerra, a la muerte, al efecto devastador del sufrimiento, y se plantea de forma sutil las grandes cuestiones que atañen al hombre, a través de la necesaria relación que establece con el mundo medieval que se va desvelando mediante su trabajo y con el entorno presente.

En un momento dado, parece que su espíritu rehecho gracias a la paz que encuentra y a la ilusión por la vida recobrada va a conseguir vencer finalmente su nihilismo.

Carr impone el fatalismo con un final abrupto, que consigue de lleno su intención de contar una historia en la que “el narrador contemplase con dolor lo sucedido cuarenta o cincuenta años antes, pero que, al evocar un tiempo irremisiblemente perdido, le diese todavía un vuelco al corazón”.

Pilar Aizpún Bobadilla

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