Un episodio en la vida del pintor viajero

César Aira

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Mondadori. Barcelona (2005). 112 págs. 16,50 €.

El prolífico escritor argentino César Aira narra en esta breve obra algunas peripecias que le ocurrieron al pintor alemán del XIX Johan Moritz Rugendas, quien, para encontrar motivos de inspiración, realizó un extenso viaje a América desde 1831 a 1847. Ya había pisado territorio ultramarino años antes, y de esa primera experiencia el resultado fue un bello librito ilustrado, “Viaje pintoresco por Brasil”, que le dio cierta fama en su país.

El segundo y definitivo viaje americano tuvo algunas etapas argentinas, que son las que describe Aira con detenimiento, porque en unas jornadas de Mendoza a Buenos Aires ocurrió un accidente, durante una tormenta, que cambió radicalmente y para siempre el destino del artista.

Aira pone el énfasis en varios aspectos: las características físicas de los paisajes chileno y argentino en la zona norte, dignos de ser captados e interpretados figurativamente por Rugendas; el interés del pintor por la civilización indígena y sus luchas con los descendientes de españoles; el color de los cielos, las llanuras y montañas de la zona, y las difíciles condiciones de vida de sus habitantes. Y todo ello para mostrar únicamente la sensibilidad del alemán hacia el medio ambiente pampero, y su necesidad de encontrar elementos naturales de suma originalidad que sean dignos de ser representados en el lienzo.

En este sentido, la obra de Aira viene a llamar la atención sobre un tema que se puso de moda en la Europa de fines del XVIII y durante el Romanticismo: la pervivencia de civilizaciones “naturales”, no expuestas a los peligros de la modernidad europea, el racionalismo o el exceso de desarrollo material.

Humboldt, probablemente el europeo de la época que mejor conocía América, aconsejaba a Rugendas que no perdiera el tiempo viajando hacia el sur, porque el paisaje que realmente le interesaba era el tropical, con su inmensa variedad de especies de plantas, y el contraste de esa flora con los picos nevados. Nada de eso había en los semidesiertos pampeanos, pero la complicidad de Rugendas con ellos era palmaria. Y esa suma atracción por los lugares recónditos del sur Aira nos la hace sentir en una narración que nunca decae y siempre nos sorprende, por su calidad literaria, su sensibilidad para comprender y transmitir los matices visuales y su habilidad para describir una personalidad artística fuera de lo común.

Ángel Esteban

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