Un encargo difícil

Pedro Zarraluki

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Destino. Barcelona (2005). 254 págs. 19 €.

Notable escritor de cuentos y autor también de varias novelas premiadas (Herralde, Ciudad de Barcelona), Pedro Zarraluki ha conseguido el Nadal de este año con una ficción ambientada en la posguerra española. La “novela de perdedores” es una moda ya asentada en la reciente narrativa española y pocos son los escritores que no sucumben a la tentación de engrosar la nómina de sus fieles.

Escoge Zarraluki un ambiente cerrado -la isla de Cabrera- y unos personajes zarandeados por la vida y el drama de la guerra. Allí son desterradas en 1940 Leonor (a cuyo marido acaban de fusilar por republicano) y su hija Camila. Allí es confinado también Markus Vogel, un espía alemán de dudosa fidelidad. El resto de los habitantes de la isla lo componen un asustado destacamento militar, temeroso de un ataque de los ingleses, algunos pescadores solitarios y la familia que atiende la cantina.

Un nuevo visitante traerá la intriga y la incertidumbre a ese puñado de seres sitiados por el mar: Benito Buroy, un antiguo anarquista que hace ahora trabajos sucios para la policía a cambio de salvar el pellejo.

La historia atrapa enseguida por su agilidad y por el atractivo del desarrollo de las relaciones entre seres tan distintos. Curiosamente, no son las dos mujeres protagonistas las mejor dibujadas, sino algunos personajes secundarios: Felisa, la cocinera, que sostiene todo un mundo a sus espaldas; el Lluent, un viejo lobo de mar doméstico; el retrasado Andrés, que sólo pronuncia una palabra clave en toda la historia… Zarraluki domina bien los diálogos, administra con destreza los saltos en el tiempo, saca partido de los silencios y las insinuaciones. Algunos toques detectivescos completan el cuadro y mantienen el interés hasta el final.

El escritor barcelonés ha hecho un esfuerzo por superar los dos mayores peligros de este tipo de dramas: el aire de tragedia y el maniqueísmo. El primero lo soslaya con acierto administrando simpatía en medio del dolor. El segundo, en cambio, lastra la novela con sus dosis de bendición y de condena: si resulta respetable defender la causa republicana, no lo es tanto pintar con trazo grueso sólo las bellaquerías de los vencedores, ridiculizar a los curas o caer en ocasiones en fáciles sarcasmos.

Pedro de Miguel

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