Tierra leve

Pedro Sevilla

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Renacimiento. Sevilla (2002). 72 págs. 5 €.

Si por algo llaman la atención los naturales, fluidos y poco enfáticos versos de Pedro Sevilla, es por no intentar llamar la atención en vano. Y eso a pesar de su aparente esquematismo: tres partes -“Luz de ayer”, “Aire de familia”, “La voz de los muertos”- que hablan de una infancia rousseauniana o edénica, una actualidad normal y humana y una perspectiva común; pasado, presente y futuro, origen, condición y destino. Un dibujo resumido de la existencia, pero de una existencia que acepta su propia limitación.

¿Los temas? El primero, esa infancia paradisíaca concebida como atemporalidad de la que se cae al discurrir de la edad adulta; una infancia en la que aún no duele “la justicia del tiempo, / el dichoso dolor de la memoria”. El segundo, la presencia de un mundo que nos sobrevive y cuya perduración subraya nuestra contingencia: la casa es “símbolo de firmeza, / la cotidiana paz de los objetos / que serán no el futuro, / sino el pasado dulce de tus hijos, / la memoria que un día / les quedará de ellos / cuando ya no sean niños y recuerden”. El tercero es la intuición de un cierto destino: la idea de que el individuo no es absoluto sino que forma parte de una cadena o una red de existencias que se cruzan y se suceden: el tema genealógico subraya precisamente que parte de nuestra vida estaba ya escrita antes de nacer, en un moderado y tenue neoplatonismo que casa con esa visión edénica de la infancia. Por fin, un cuarto y último tema es el de las posibles empalizadas contra la dispersión y el olvido, contra la muerte en suma: el amor, la amistad y la poesía misma.

Sevilla confía en sus versos para eternizar las cosas amadas -“cómo no convertirlas en poema”- y para sorprenderse ante la belleza, como ese hombre al que “la música de un verso aún le suena muy dentro / y al mirarse los dedos, llenos de sol que muere, / ha sentido que Dios acaricia las manos”.

Gabriel Insausti