Señora de rojo sobre fondo gris

Destino.

Barcelona (1991).

152 págs.

1.500 ptas.

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En sus últimas obras, parece como si Miguel Delibes quisiera abrir su alma para mostrar al lector sus experiencias personales. En Mi vida al aire libre adoptó el estilo de unas memorias; ahora, en Señora de rojo sobre fondo gris, bajo la máscara de un levísimo argumento novelesco, Delibes rinde homenaje a su mujer, fallecida hace diecisiete años.

La acción se desarrolla en los últimos meses del franquismo. Un prestigioso pintor relata a una de sus hijas -que ha pasado un tiempo en la cárcel por motivos políticos- la enfermedad y muerte de su mujer, y numerosos detalles de su vida.

El relato está escrito en primera persona, como una voz que va hilvanando recuerdos hasta completar el retrato de una mujer de extraordinaria personalidad, que “con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. Con su acostumbrada fluidez narrativa, Delibes adentra al lector en este personaje central y en su entorno, formado por el propio narrador y su numerosa descendencia.

El autor desarrolla el relato de un modo entrañable, sin concesiones melodramáticas, apoyándose sobre todo en la eficacia de la concisión. Describe numerosos sucesos nimios, cotidianos, que desvelan en la mujer retratada un optimismo, una generosidad, que sorprenden y atraen. Como contraste se describen los temores del narrador y su crisis de creatividad, tras el equilibrio que ha supuesto para él la compañía y el apoyo incondicional y discreto de su mujer. Se da a conocer también algo de la vida de los hijos, en un clima de unidad y confianza mutua.

La intensidad de la narración crece en las páginas finales, que describen el doloroso proceso de la enfermedad y muerte de la protagonista del relato. Aquí, Delibes afina aún más la concisión expresiva, y deja al lector con la sensación de prematura ausencia. Se aprecia en estos pasajes una cierta tendencia de Delibes al pesimismo: “Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultan insoportablemente banales”. Pero en cualquier caso, queda también reflejado en la novela el gozo de haber conocido a una mujer admirable, como esposa y como madre.