Seguirán muriendo de hambre

TÍTULO ORIGINALCeux qui vont mourir de faim

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Ediciones Mensajero. Bilbao (1998). 245 págs. 1.700 ptas. Traducción: Juan A. Irazabal.

En el siglo XIX el malthusianismo original expresaba el terror confuso de que las muchedumbres de pobres acabaran sepultando a los ricos. Hoy en día las consideraciones neomalthusianas traducen esa misma inquietud renovada con el actual fervor ecologista, que señala a los pueblos del Sur como responsables de los más graves atentados contra la naturaleza. Por otro lado, el problema del hambre se interpreta muchas veces como el resultado de movimientos de población ante cambios climáticos y catástrofes naturales. No son pocos quienes señalan la culpabilidad de los poderes políticos locales que utilizan el hambre como arma para conseguir sus fines.

Si a todo esto sumamos la permanencia de crisis alimentarias que tienen lugar en diversos puntos del planeta (Sudán, Irak, Liberia, Corea del Norte…), no es de extrañar que en muchos países del Norte cunda la sensación de impotencia o la resignación ante el problema del hambre.

Sylvie Brunel, geógrafa francesa y directora científica de la ONG Acción contra el Hambre, propone en este libro una nueva visión que va más allá de las interpretaciones tradicionales y, sobre todo, apela a la responsabilidad de las naciones ricas y de cada persona. Elemento clave de toda su argumentación es la esperanza en que el ser humano es capaz de reaccionar y superarse a sí mismo, como se ha visto a lo largo de la historia, frente a las presiones demográficas y a las penurias alimentarias.

Sostiene la autora que existen recursos suficientes en la tierra disponibles para alimentar a todos los seres humanos. Así pues, garantizar la seguridad alimentaria, incluso a las poblaciones más pobres, es algo posible, no una utopía. Para ello maneja numerosos razonamientos de tipo económico, medioambiental, poblacional y político, y aporta datos que hacen referencia a los diversos continentes.

En relación con el problema demográfico, Brunel critica el afán en controlar la población en el Sur como paso previo para alcanzar el desarrollo. En su opinión, la alternativa es la alfabetización y educación de la mujer. De esta forma será la propia dinámica del desarrollo la que, gracias al aumento en la calidad de vida de las poblaciones, rompa la continua incertidumbre que caracteriza las condiciones de existencia de los pueblos pobres, reduciéndose así las dimensiones de las familias.

Sylvie Brunel se rebela en definitiva contra la resignación y el nuevo egoísmo que lleva a los países ricos a restringir su ayuda a los más pobres.

Mario López Peña