Señoras y señores. Impresiones desde los cincuenta

Vicente Verdú

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Espasa Calpe. Madrid (1998). 210 págs. 2.300 ptas.

Señoras y señores que frisáis los cincuenta, los que no os reconocéis en el espejo, los que habéis llegado tarde a la informática, los cada vez más reacios a salir de noche, los que sois ignorados por toda publicidad que no sea de seguros o planes de pensiones, por fin un libro sólo para vosotros (perdón, para ustedes). Con su propia experiencia de más de medio siglo de veteranía, el ensayista Vicente Verdú reflexiona sobre lo que supone ingresar en la categoría de señor, el mayor cambio en la biografía tras la olvidada crisis de la adolescencia. (Y digo señor porque, a pesar del título, las señoras aparecen aquí sólo como punto de contraste de los sentimientos y actitudes masculinos en esa etapa vital).

Empezando desde el exterior, Verdú se ocupa primero de los cambios que tienen que ver con el cuerpo: la nueva preocupación por la salud, la ropa, la cara… Aquí las palabras claves serían cuidar, arropar, tapar más que exhibir. Un paso más y llegamos al espíritu. Tras una etapa de lucha y ambiciones, hay una mayor conciencia de los límites: se aprende a esperar, a dejar hacer al tiempo, crece una espontánea inclinación a no pelear y se descubre el valor del silencio. Aceptar sería aquí el verbo emblemático.

Las relaciones con los demás -amigos, mujeres, posibles cortejos- forman el tercer bloque del libro. Es curioso que Verdú dedique más atención a la casi obligada retirada del mercado de la seducción que a la del mercado laboral, aunque en la cincuentena la prejubilación amenaza a muchos. Como también sorprende que se ocupe más de las relaciones con mujeres en general que del trato con la propia mujer en particular.

La cuarta y última parte sería la del individuo “conformado”, hecho a su suerte: se descubre el límite potencial de la vida y la extrema dificultad para rectificar su argumento. Y tras el empeño de combatir por el éxito, llega el deseo de reordenar la existencia, con un cambio de aspiraciones hacia lo más simple y quieto.

Con ternura, buen humor y agradable prosa, el libro de Verdú abre “rendijas de clarividencia” e invita a saber aceptar las propias limitaciones. Lo que queda menos clara es la distinta reacción frente a esta experiencia de los límites, según establecía Romano Guardini en Las etapas de la vida: el realismo cínico -creernos dispensados de cualquier enmienda- o la reacción de aceptar la experiencia, convencido a la vez de que se sigue obligado a aspirar a lo recto y elevado.

Quizá todo depende de la idea que se tenga de la muerte. Verdú dedica un resignado capítulo a este “castigo absoluto y total”. Pero no es lo mismo considerarse a los cincuenta como quien va en una imparable cinta transportadora hacia el derrumbadero, que verse como el ciclista de una carrera contra reloj, más cansado, sudoroso y descompuesto que los que acaban de tomar la salida, pero más cercano a la meta. Tampoco es que uno pretenda batir el récord, pero confía en que allí le aguardan descanso y manos amigas.

Desde la altura de los cincuenta, ahora que unos hemos dejado de fumar y otras de luchar contra la celulitis, una vez comprobado que esta vida puede prescindir de nosotros, lo maduro es preguntarse dónde quiere pasar uno la próxima eternidad y qué gimnasia hay que hacer para prepararse.

Ignacio Aréchaga

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