Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán

Tusquets. Barcelona (2009). 379 págs. 24 €. Traducción: Raúl Gabás.

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Safranski no es un filósofo en sentido estricto, pero lleva años dedicándose con éxito a la tarea de divulgar la historia de la filosofía alemana por medio de biografías de los grandes pensadores (Heidegger, Nietzsche, Schopenhauer, entre otros). En Romanticismo rastrea la evolución de esta corriente cultural hasta llegar al movimiento estudiantil de finales de los sesenta. De ahí, precisamente, el interés del libro: Safranski consigue que el autor detecte los rasgos de una ideología artísticamente fructífera, pero de consecuencias políticas nefastas también en el mundo de hoy.

El romanticismo es un producto del genio especulativo alemán, que nació tras los pasos del programa ilustrado, bien como consecuencia de su agotamiento, bien a partir de su radicalización. En cualquier caso, la generación de Herder, Schlegel y de todo el idealismo alemán trata de reivindicar un nuevo espacio a ese espíritu que había quedado desterrado de la mentalidad cientificista. Un síntoma de ello es, por ejemplo, la influencia de la inspiración poética en las reflexiones filosóficas.

Totalidad, espíritu, razón, poesía son algunas categorías con las que los románticos tratan de solventar la crisis cultural y política del Antiguo Régimen, con la finalidad de alumbrar una nueva época. La idea, a fin de cuentas, es liberar a la razón de sus propios límites; para ello, fundieron en un mismo molde la reflexión filosófica y la experiencia estética y muchos quisieron hacer de su vida una obra de arte.

Pero el problema de disolver el rigor del saber filosófico en los juegos malabares de la razón desatada -o de la “sinrazón”, esto es, de lo que ni siquiera acepta los límites de la lógica- es el riesgo de la excentricidad y la locura. Es lo que le pasó a Hörderlin, encerrado en su torre, pero también a otros de los grandes genios del espíritu alemán.

Hay que reconocer, sin embargo, que los románticos atinaron en su crítica al racionalismo. Fueron ellos quienes volvieron a defender que también donde habita el misterio, la belleza o lo inconmensurable hay rastros de la verdad, aunque sólo pueda recurrirse a imágenes para expresarla. Lo que olvidaron fue que el contacto directo con su luz puede cegar por completo.

Safranski diferencia claramente entre el romanticismo, como movimiento cultural de una determinada época, y la actitud romántica. Es esta la actitud loable del genio, místico o sabio que se encarga de recordar a sus contemporáneos las verdades olvidadas por una civilización centrada en el bienestar material. Pero también la cercanía con lo irracional, la galvanización de los impulsos y las pasiones, la reactivación de los sentimientos son peligrosas cuando se introducen en la política. En este sentido, Safranski recuerda el hilo que conecta a los primeros románticos -con su reivindicación del pueblo, de la cultura y de la nación- con Wagner, Nietzsche, Heidegger y el nazismo. Porque si bien como estilo exuberante y tumultuoso, dionisiaco, puede ayudar a la revitalización artística, lo cierto es que ese extremismo romántico, su hybris, llevado a la política, provoca efectos devastadores.

Para Safranski el hombre de hoy tiene que tener especial cuidado en no confundir el ámbito de la cultura y el ámbito de la política: en sus propias palabras, surge el peligro cuando “en lo político buscamos una aventura, y en la cultura la misma utilidad social que en la política. Pero no es deseable ni una política aventurera, ni una cultura políticamente correcta”. Razón no le falta, precisamente.