Real Sitio

José Luis Sampedro

Destino.
Barcelona (1993).
588 págs.
3.400 ptas.

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Catedrático jubilado de Estructura Económica, antiguo senador por designación real y académico, el autor centra en el Real Sitio de Aranjuez esta su séptima novela. Tomando dicha localidad madrileña como punto de referencia geográfico, desarrolla la obra dos tramas argumentales paralelas, que suceden respectivamente en 1807-1808 y en 1930-1931. El famoso motín popular contra Godoy, valido del rey Carlos IV, y la proclamación de la Segunda República, hechos claves de la moderna historia española, enmarcan las circunstancias difíciles e inestables en las que viven los personajes, pertenecientes a una y otra época.

Sampedro no es un autor que se esfuerce por coincidir con los temas y modos de hacer novela más en boga. Su mayor preocupación consiste, por el contrario, en coincidir, no con los demás, sino consigo mismo, al transformar en literatura sus propias inquietudes y preocupaciones filosóficas. Sus vivencias de Aranjuez, donde residió tres años siendo adolescente, precisamente en tiempos de la Segunda República, han estado presentes, sin duda, en el origen de esta recreación, algo mitificada, de aquellos lugares cargados de historia.

La rememoración del pasado, el más lejano y el más próximo, tiene un tono melancólico y sentimental que se manifiesta en múltiples matices expresivos marcados por un delicado lirismo. Tanto el Aranjuez palaciego y monumental como el de carácter popular, populachero incluso, quedan reflejados en unos términos capaces de transmitir sensaciones llenas de viveza.

En realidad, es tanto lo que Aranjuez sugiere a Sampedro que la obra está formada por dos novelas, romántica una, social la otra, simultáneas y concéntricas, que pueden leerse por separado aunque formen un conjunto armónico y bien ensamblado. La mezcla de ambos planos de ficción está conseguida gracias a un fantástico personaje, un tránsfuga del tiempo, que es a medias el fantasma del palacio y el testigo de que lo esencial nunca cambia.

Un mismo estilo, de lenguaje ágil y ritmo elegante y diálogos bien medidos, equilibra el interés y evita que se produzcan discordancias entre uno y otro ciclo argumental.

Quizá a tono con la rememoración, impregna estas páginas un idealismo progresista, que hoy resulta ingenuo. La fe en el progreso y en el advenimiento de una sociedad sin clases, la defensa del amor libre como base de la liberación de la mujer y el rechazo de las prácticas religiosas son tesis que el autor defiende en largas disquisiciones apologéticas. Inasequible al desaliento, prefiere ignorar el derrumbe total de estas ancianas ideologías regeneracionistas, tal como se ha producido en todo el mundo, y repite tópicos que ya convencen poco, por bien escritos que estén.