Por qué soy cristiano. Teoría de la doble verdad

José Antonio Marina

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Anagrama. Barcelona (2005). 157 págs. 14 €.

José Antonio Marina es un ensayista muy conocido en España. Escoge lecturas con acierto y tiene talento para sintetizar y exponer rápidamente. El ritmo que se ha impuesto -un libro o más por año sobre todo el saber humano- a veces le hace pecar de ligereza. Pero ha logrado un producto ágil, apto para el nivel cultural de nuestro país. Sólo Fernando Savater le puede igualar por la izquierda. Pero mientras Savater, como casi toda la izquierda española, desprecia la temática religiosa, ignora su profundidad, y piensa que es suficiente con haber estudiado en un colegio de religiosos, José Antonio Marina se la toma en serio y lee. Es una diferencia que se agradece.

Como los últimos libros de Marina, éste es una especie de viaje personal. Va saltando por los temas diciendo lo que piensa, después de una somera investigación. Como es una persona inteligente, dice cosas inteligentes. Como selecciona sus lecturas, hay bastantes puntos en los que está informado. Como picotea por los temas, hay amenidad a la vez que incoherencia. El procedimiento es bueno para entretener al lector y malo para un tema tan extenso y tan profundo. En todas las páginas, quedan cabos sueltos. En todos los capítulos, hay temas maltratados.

En 2001, Marina abordó ya la cuestión religiosa, con rapidez y desigual acierto, en su “Dictamen sobre Dios” (cfr. Aceprensa 25/02). Hacía observaciones interesantes sobre la imagen científica del mundo y la exigencia de totalidad que puede entroncar con un pensamiento religioso (panteísta, si rechaza la creación). Quería alejar de la religión el peligro del fundamentalismo y la violencia. Para eso, acuñaba una distinción entre “verdad pública” (ciencia) y “verdad privada” (religión), y exigía el sometimiento de todas las religiones a su proyecto ético, todavía sin definir pero considerado, sorprendentemente, “verdad pública”. Esto se ha convertido en su programa intelectual. Daba la impresión de ser una persona que ha perdido la fe recibida de niño y que deriva, sin mucha convicción, hacia un panteísmo elegante de corte oriental (que sólo existe en libros occidentales).

Cuatro años después, este libro se presenta como un apéndice de su anterior viaje. De paso intenta definir su posición cristiana. No sólo hay razones, sino también sentimientos encontrados, de los que hay huellas por todo el libro. Por un lado, le molesta el “dogmatismo” y la “infalibilidad”, muchas veces mencionados. De otro, hay constantes muestras de simpatía y afinidad hacia los representantes del pensamiento cristiano, desde Ireneo a Newman o Evdokimov, pasando por san Agustín, santo Tomás de Aquino o Blondel. También de la mística o de la caridad. Es decir, este libro mantiene las mismas posiciones intelectuales que el anterior, pero se acerca afectivamente a los cristianos y a su testimonio de vida.

Caridad sin credo

El libro parte de las fuentes históricas sobre la figura de Cristo, y problematiza los relatos evangélicos como fuente. Dedica tres capítulos a la forma de la experiencia religiosa. Vuelve a defender su distinción entre verdades públicas y privadas. Y asume otra, más infundada aunque más vieja, entre la religión vertical (institución, teología, verdad o dogma) y la horizontal (carisma, praxis, caridad). Si estudiara mejor los místicos cristianos, vería que la separación entre doctrina y experiencia es imposible. A santa Teresa o a san Juan de la Cruz (o a Ruusbroeck, o a santa Teresita) no se les puede separar del credo. Pero Marina opta por una caridad sin credo a lo largo de todo el libro. Al tratar, rápidamente, de la resurrección de Cristo, se apunta a la posición de Bultmann: Cristo sólo resucitó “en la conciencia” de sus discípulos. No está claro qué tiene que ver con el más allá y por qué razón hay que prestarle atención.

El libro concluye abruptamente volviendo a una idea de la “divinidad”, así en impersonal, y defendiendo que la creatividad humana (la ciencia, la ética, la caridad) es una especie de reflejo o manifestación: “La bondad -la acción amorosa, la “agapé”, la búsqueda de la justicia- es la manifestación y realización de la divinidad”. El Reino de Dios es la difusión de la filantropía. Es el protestantismo liberal de Adolf von Harnack mezclado con el pancosmismo panreligioso orientalizante de Panikkar y contando con la insegura ayuda de Torres Queiruga para las cuestiones cristológicas.

Después de haber puesto en duda su existencia y su mensaje, se ve que Marina aprecia a Cristo. Y se define cristiano. Pero no sabe quién es Jesús y tampoco sabe de dónde ha salido el Cristo que aprecia. No puede confesar a Dios como Padre, ni intentar participar de su amor a los hombres, ni vivirlo en comunión eclesial. Además, se equivoca sobre el sentido de la praxis cristiana. El evangelio no invita al esfuerzo filantrópico. Invita a la conversión en Cristo, a pasar del hombre viejo al hombre nuevo, del dominio de la carne a la vida en el Espíritu. Este anuncio causó la conversión de san Agustín y es el significado salvador del Misterio Pascual, tal como lo expresa san Pablo. Y la comunidad cristiana lo celebra, desde el primer día, cada domingo, en su liturgia. El cristianismo de Marina, sin Cristo, sin Dios Padre, sin credo, sin conversión, sin misterio pascual, sin liturgia, sin domingo, sin comunión eclesial, sin padrenuestro, es un cristianismo cultural residual: una nostalgia combatida por otros sentimientos.

Se puede ser cristiano sin saber bien lo que se cree. Pero, si no se confiesa que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo del Dios vivo, propiamente no se es cristiano. Pilato creía que Jesús era una buena persona y que predicaba un reino que no es de este mundo, pero no era cristiano. Marina no cree más que Pilato. Ha hecho un esfuerzo por informarse de algunos puntos, pero, además de la fe, confianza en el testimonio de la Iglesia, le falta una visión de conjunto de la teología de san Pablo (Prat, Spicq, Festugière), entender el sentido de la liturgia cristiana y su papel en la primitiva cristiandad (Casel, Guardini, Daniélou), intuir el misterio de la Iglesia (De Lubac), y el espíritu de la Ortodoxia (Meyendorff, Lossky), que confunde en varios momentos (págs. 90 y 101). También hay lagunas grandes sobre la exégesis y la historia de la salvación, sin lo que no se puede entender la figura de Cristo. Además, debería leer “Abba”, de Joachim Jeremias, mal citado en la pág. 29. Y la “Gramática del asentimiento”, de J.H. Newman, sobre la fe. Y “Ortodoxia”, de Chesterton. Y “Cautivado por la alegría”, de C.S. Lewis. Y… Realmente, es difícil ser culto en temas cristianos. Marina lo intenta, aunque este libro quede tan lejos de hacer justicia a los temas que trata. Quizá depende demasiado del progresismo teológico español, en lugar de los clásicos de la teología del siglo XX.

Juan Luis Lorda

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