Persona non grata

Jorge Edwards

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Alfaguara. Madrid (2006). 403 págs. 16 €.

En 1971 el escritor chileno Jorge Edwards fue enviado por el gobierno de Salvador Allende en misión diplomática a Cuba. Edwards era entonces un novelista relativamente bien situado en el panorama de la narrativa hispanoamericana. Había visitado Cuba en otra ocasión y tenía de la revolución castrista esa opinión idealizada que equivalía a disponer del carné de intelectual correctamente educado por la izquierda de la época. Sin embargo, su experiencia le permitió acercarse a la auténtica realidad de Cuba: la miseria del pueblo, la irresponsabilidad de sus dirigentes y el clima de miedo y represión que afecta, todavía hoy, a los mil pormenores de la vida cotidiana. Dos años más tarde, publicó “Persona non grata”, un testimonio autobiográfico que tuvo una extraordinaria repercusión en los medios intelectuales debido a la rotundidad de su crítica y a la vívida verdad que destilaba.

Con el paso del tiempo, “Persona non grata” se ha convertido, quizás, en el libro más importante de su autor. Edwards no brilla especialmente en sus novelas y, en cambio, resulta más interesante en sus biografías o en aquellos relatos suyos que mezclan el documento con la ficción. Además, su estilo, más dotado para la observación que para los vuelos imaginativos, es válido, aunque peca de cierta grisura.

Lo mejor del libro, desde el punto de vista lector, está en las recreaciones de las intrigas cortesanas, sólo entendidas a medias por el propio Edwards, o en el retrato carismático, a pesar de todo, de Fidel Castro. Cabe objetar que, pasados más de treinta años, las circunstancias que se cuentan, las referencias a tal o cual suceso o personaje, ya han dejado de ser familiares para muchos. La presente edición ofrece abundantes añadidos del autor para compensar, quizá, la falta de actualidad de los hechos. En cualquier caso, “Persona non grata” resulta imprescindible para cualquiera que desee conocer el entramado político del régimen castrista. Y su valor histórico es indudable.

Javier de Navascués

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