Pensamientos

Península. Barcelona (2009). 476 págs. 23,90 €. Traducción: Manuel Serrat Crespo.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

De Joseph Joubert (1754-1824), ensayista francés, se ha dado cuenta en Aceprensa en dos ocasiones: la edición de Pensamientos, según la selección que hizo Chateaubriand; y de una colección de pensamientos sobre arte y literatura.

Joubert es un autor sin libro. No publicó nunca nada, pero dejó dicho que al morir él se cuidase cada uno de los pensamientos que había ido destilando como ”gotas de luz”. Rémy Tessonneau publicó en 1989, con el nombre de Pensées, jugements et notations una antología crítica, muy extensa -más de 450 páginas- en la que se puede apreciar con más amplitud el universo de Joubert. Es la que ahora se publica en castellano con el título de Pensamientos.

En esta antología se mezclan dos filones: uno el de la correspondencia, en la que Joubert se muestra más personal, más frágil y, con frecuencia, más ambiguo; el otro es el del pensamiento elaborado, en lo que Joubert pone toda su maestría, no sin alguna exageración estilística de vez en cuando.

Ideológicamente, Joubert fue primero partidario de la Revolución; luego, indignado por sus excesos, se separó de esa experiencia; finalmente, fue consejero de Napoleón. Pero junto a esa vida pública, Joubert vivió otra, la de sus pensamientos, tarea a la que dedicó lo mejor de su tiempo. Pasó, desde una juventud atea a un cristianismo pragmático, ya que la religión “es aún más necesaria en esta vida que en la otra”. O bien: “No sé si la religión es necesaria para la salvación, pero sé que lo es para la felicidad”. O esto, de impronta agustiniana: “Para ser feliz sólo se necesita el alma y Dios”.

Joubert decía de sí mismo que no era bueno en los largos razonamientos y, en general, en lo extenso. Es estrictamente cierto. Lo mejor de Joubert son las sentencias de un máximo de tres o cuatro líneas, en las que vuelca su poder de síntesis.

Sólo unos pocos ejemplos, que animarán al lector: “El siglo de las luces, de las luces…, deseemos el siglo de las virtudes”. Seguramente el ver a tanta gente que no sabe qué hacer porque no sabe hacer nada, le inspira esto: “Afortunado aquel que sólo es apto para una cosa: haciéndola, realiza su destino”. Conoce bien la profundidad de Pascal, que se nota en pensamientos como este: “En todos los sentidos de la palabra, el corazón es el principio de la vida. He aquí por qué la devoción ayuda a vivir”. O bien: “Los hermosos sentimientos embellecen. Ved, en el rostro humano, la expresión y la admirable disposición que ofrecen el pudor, el respeto, la piedad, la compasión, el sentimiento de la inocencia”.

No siempre es verdad que el conocer nos hace mejores: “Del exceso tenemos el espíritu enfermo, del exceso de conocimientos inútiles”. Porque hay “un saber que tapona el espíritu”.

Hay muchas lecturas posibles de estos pensamientos de Joubert, pero en cualquier caso el lector encontrará un buen arsenal de reflexiones y de intuiciones, que han sobrevivido a los tiempos. Muchas de ellas hoy no serían políticamente correctas: “Está permitido (o, más bien, es inevitable) a todo el mundo tener su opinión. Pero no le está permitido a todo el mundo fiarse de la opinión que se tiene”. O bien: “Esta moral que se parece a un agua que no tiene manantial. Hacedle beber aguas vivas”.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares