Pasión por el ADN

Crítica. Barcelona (2002). 304 págs. 22,50 €. Traducción: Joandomènec Ros.

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Este libro es un compendio de artículos del afamado genetista James Watson. En 1953 -cuando contaba solo 25 años- hizo, junto con Francis Crick, un descubrimiento que cambiaría radicalmente el curso de la biología molecular: la estructura helicoidal del ADN. Nueve años más tarde, ambos recibieron el Premio Nobel. Este hallazgo abrió las puertas a la bioingeniería, los alimentos transgénicos, la clonación de seres vivos, el mapa del genoma humano y otros logros de la genética.

Pasión por el ADN es un libro desigual. Los numerosos artículos se agrupan en cinco bloques. El primero es biográfico. El segundo versa sobre la defensa que hace el autor de trabajar libremente con ADN recombinante. El tercero, que supera con creces en interés a los otros dos, trata sobre el êthos de la ciencia. Destacan especialmente los artículos “Hacia el hombre clónico: ¿es esto lo que queremos?” y “La diseminación de información no publicada”. El cuarto apartado, el más breve de todos, decae nuevamente al limitarse a reproducir declaraciones sobre la lucha contra el cáncer. El mejor bloque, con mucho, es el último. En él se abordan importantes reflexiones en torno a las cuestiones éticas fundamentales implicadas en el Proyecto Genoma Humano.

La postura de Watson sobre cuestiones bioéticas básicas es conocida, y no deja lugar a dudas. Watson afirma de forma bien explícita que la vida humana no tiene ningún tipo de dependencia divina: todas las capacidades que nos especifican como humanos son enteramente fruto de la evolución biológica. Los hombres somos sujetos de derechos humanos; pero estos proceden exclusivamente de contratos sociales entre las personas. En materia de eugenesia, Watson se muestra partidario de no dejar llegar a término embriones humanos aquejados de enfermedades genéticas graves: “La emoción predominante debe ser en gran parte de alivio por no vernos obligados a dar amor y apoyo a un niño que nunca podrá tener una existencia cuyo éxito eventual se puede anticipar y compartir”. El argumento de Watson es recurrente y se basa siempre en el sufrimiento que causaría a las familias el nacimiento de un hijo con “genes malos”.

El materialismo que conforma y condiciona la antropología de James Watson le impide ver al ser humano como algo que no sea el fruto de la evolución biológica guiada por la selección natural. No es de extrañar que con esta indigente visión antropológica, la persona humana, aunque sea en su estado fetal o embrionario, llegue a ser concebida como un material genéticamente manipulable.

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