Para comprender el teatro actual

Understanding Today's Theatre

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Fondo de Cultura Económica. México (1971). 252 págs. Ed. or.: Prentice-Hall, Englewood, N.J. (1959). Traducción: Margo Glanz.

Pocas cosas hay tan enmarañadas para el amante del arte como el teatro. Éste sabe que la calidad de un cuadro no depende de la admiración pública que concite, pero dará por sentado que un espectáculo teatral se justifica sólo por la cantidad de personas que acuden a verlo. Probablemente, confundirá literatura dramática con representación escénica, pensando que son homogéneas e intercambiables; tendrá, quizá, una idea borrosa de cuáles son los instrumentos creativos del actor y a duras penas encontrará respuesta cuando se pregunte por qué le gusta determinado intérprete. A lo mejor, ni siquiera le resulte de interés valorar la contribución del director y del resto del equipo artístico. Y creerá, tal vez, que la misión del crítico debe consistir en lanzar dicterios descalificadores o empalagosos elogios al impulso de su gusto personal: ¡como ha visto tanto teatro…!

No hay que perder el optimismo sobre el poder del libro de Wright para desliar la madeja. Este norteamericano, profesor de teatro, escribió a mitad de siglo un libro sencillo en el que, lejos de las presiones de la moda y con el sentido común en la mano, estudia los diversos aspectos que integran la unidad de un espectáculo teatral.

El afán de Wright, que extiende sus comentarios al cine y a la televisión, es que el espectador navegue a través de esa unidad espectacular conociendo la función de cada parte -incluida la del espectador-, y que disfrute con el hecho artístico desde la solidez del que sabe otorgar el peso estético preciso a cada elemento.

Después de introducir el libro con algunos principios básicos sobre el arte escénico espigados desde Aristóteles hasta Goethe, el autor aborda la técnica del dramaturgo y los límites históricos de los estilos teatrales. Mayor interés, por ser una materia más desconocida, tienen los siguientes capítulos. Familiarizarse con los rudimentos de la técnica del actor es imprescindible para poder llegar a formular juicios maduros sobre una representación, aún más, cuando la opinión pública suele encumbrar a los actores menos dotados, pero que explotan un don instintivo de cercanía al público.

La ignorancia sobre la dirección escénica está más generalizada de lo que se cree. Todavía queda mucho trecho para que socialmente se vea al director de teatro como un creador, que apoyado en su equipo, es capaz de llevar a cabo una síntesis estética con autonomía propia, inseparable de la obra dramática, pero distinta de ella. La carencia de dirección en un espectáculo reporta tal desvanecimiento de intenciones que le imposibilita para transmitir alguna emoción, intectual o estética.

Las páginas que dedica Wright a la crítica de teatro son escasas y quizá las que menos tengan que ver con la realidad española. El crítico es el único del entramado teatral que, sin una preparación específica, ocupa un espacio decisivo entre el arte escénico y su recepción. No parece muy razonable, pero como es así, más vale intentar comprenderlo.

Apreciar el valor real de una obra teatral requiere práctica como espectador, pero también una mínima formación como la que este libro ofrece. “En el teatro, como en la vida -dice Wright-, la educación estriba en aprender las reglas. La experiencia nos enseña las excepciones”.

Juan Manuel Joya

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