Pakistán: el Corán y la espada

Libros de la Catarata. Madrid (2006). 252 págs. 18 €. Traducción: Alicia García Ruiz.

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El reciente asesinato de la que fuera dos veces primera ministra de Pakistán, Benazir Bhutto, y las posteriores elecciones legislativas que dieron el triunfo parcial a su partido, el PPP, han vuelto a poner a la única potencia islámica nuclear en un primerísimo plano de la actualidad.

Pakistán se encuentra, ciertamente, en la encrucijada de un particular “choque de civilizaciones” en el que se enfrentan las dos grandes tendencias del islam -la sunnita y la chiita-, el conflicto siempre latente de Cachemira y, sobre todo, las múltiples amenazas derivadas de las diferencias étnicas, los apoyos tribales a los “talibanes” afganos en contraste con las buenas relaciones del poder militar con Estados Unidos e, incluso, las aspiraciones territoriales de sus vecinos pastunes.

Entender esta compleja realidad es lo que se ha propuesto Plamen Tochev, un estudioso griego que dirige el Departamento de Asia del Instituto Internacional de Relaciones Económica de Atenas y que ha elaborado este interesante estudio que combina la historia con el análisis político y económico.

Cuatro golpes de estado, un conflicto permanente con la vecina India a propósito de Cachemira, una secesión traumática de una parte de su territorio, convertido en la república de Bangladesh en 1971, tres Constituciones, enmendadas casi veinte veces para consolidar el poder militar, una vida política fragmentada y en crisis permanente, un sentimiento nacional difuminado y dos breves períodos de democracia vigilada, resumen una azarosa historia de sesenta años sin que todavía se perciba un horizonte de estabilidad, sino todo lo contrario. A esta inquietante historia hay que añadir el hecho de ser una potencia nuclear sin haber firmado el Tratado de No Proliferación y de prohibición de pruebas atómicas y que, además, a pesar de su extrema pobreza, es la única del mundo islámico.

Después de exponer todos estos contrastes, con lujo de detalles, Plamen Tonchev se pregunta si la historia de Pakistán pudo haber sido otra en la medida que su gran inspirador, Mohamed Ali Jinnah, había pensado para “su” país un sistema democrático en el marco de un islam moderado. Posiblemente hubiera sido otra si Jinnah no hubiese muerto un año después de asumir la presidencia y el país quedara en manos de una incipiente clase política que solo ha destacado por su mediocridad… y su corrupción. Frente a ella solo ha habido un poder estable y creíble: el militar, que, para legitimarse a cada golpe de Estado, no ha dudado en favorecer una constante “islamización” de la sociedad mediante el respaldo a los pequeños partidos religiosos más o menos radicales.

Se dio así la circunstancia, ampliamente desarrollada por el autor, de que un país que en sus primeros “años de inocencia” (1947-1958) sometió todos los poderes al islam, poco a poco fue el islam el que se sometió a la voluntad de los militares, que no dudaron en utilizarlo como un instrumento de poder. A tal extremo fue así que en los años setenta, bajo el mandato del general Zia Ul-Haq, se introdujo la “sharia” como base de las leyes y las costumbres y se instituyó la llamada “Nazim-i-Salaat”, una especie de policía encargada de la observancia de las buenas costumbres islámicas. La curiosa paradoja es que los partidos religiosos nunca llegaron a tener el respaldo de los electores.

Pasados los años vino la tragedia del 11-S, que cambió por completo las coordenadas de las relaciones internacionales. Con el general Musharraf ya en el poder, que se había presentado ante el país como un Ataturk, tras el golpe de Estado de 1998, y ante los temores de una peligrosa “talibanización”, Pakistán abrazó la estrategia de la “lucha global contra el terror” y fortaleció sus lazos con los Estados Unidos. La conclusión a la que llega Plamen Tochev es que el destino de Pakistán -abstracción hecha de los resultados de las últimas elecciones, que conducirán a formar un gobierno de coalición de toda la oposición al poder militar… bajo la tutela de Musharraf o de otro militar que lo sustituya en la presidencia de la República- está estrechamente ligado a su convulso vecino Afganistán, lo cual no deja de suscitar nuevas e inquietantes cuestiones.