Oscar Wilde: La verdad sin máscaras

TÍTULO ORIGINALThe Unmasking of Oscar Wilde

GÉNERO

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Ciudadela. Madrid (2006). 396 págs. 19,50 €. Traducción: Ana Pérez Galván.

Siguiendo el hilo de la vida de Oscar Wilde, intentando aclarar de qué hay constancia y de qué no en todas las cosas que se han dicho de su biografiado, analizando con cuidado sus obras, se ve que Joseph Pearce desea subrayar sobre todo dos cosas. Primera, que “una de las paradojas de su vida y su obra es el que haya que captar al verdadero Wilde por lo que dijo en su obra mucho más que por lo que dijo, o por lo que se supone que dijo, en su vida”. Segunda, la huella que dejó en Wilde su rechazo a convertirse al catolicismo siendo joven, el sorprendente número de personas de su entorno que, a lo largo de su vida, acaban entrando en la Iglesia católica o volviendo a ella, y su conversión final.

Wilde, un hombre intoxicado muy joven por el éxito y por la idolatría de sus admiradores, adoptó el espíritu de contradicción como una pose y llegó un momento en que se vio atrapado dentro de su propia máscara. Sin embargo, aunque eso le condujo a un comportamiento muchas veces innoble y abyecto, las conclusiones morales de sus cuentos y de sus obras de teatro no sólo contradicen no pocas de sus afirmaciones, sino que, también, a veces revelan con asombrosa lucidez la tragedia de vidas como la suya. Lo primero queda de manifiesto en los análisis que Pearce hace de sus cuentos, verdaderas parábolas cristianas en las que habla de amor y sacrificio.

Y lo segundo en obras como “El retrato de Dorian Gray” y, en particular, de “Salomé”. En esta obra se habla de cómo la redención es posible, incluso para una mujer como Salomé, por medio de la santidad de la víctima; y se señala cómo, al matar Herodes al objeto de su lujuria de la misma forma que Salomé mató al objeto de la suya, queda de manifiesto cómo la lujuria termina devorándolo todo. La conclusión es que “el mal se autodestruye, imponiéndose sus propias restricciones y relegándose al estatus de locura. Acusar a Wilde de satanismo por su cruda representación del mal es como acusar a Dante de lo mismo por sus descripciones del infierno”.

En cuanto a la otra línea de fuerza de su biografía, es útil saber que Pearce es autor de un libro titulado “Literary Converts”, acerca de los numerosos autores ingleses conversos al catolicismo en el siglo XX. Después de señalar las deudas de Wilde con los decadentistas franceses, Pearce apunta la conversión final de Baudelaire, su fundador, y habla de J.K. Huysmans y de su obra, “A contrapelo”, una de las influencias más poderosas y venenosas sobre Wilde. “El mismo Wilde admitió que en ese libro estaba inspirada la referencia a un libro que había destrozado a Dorian Gray”. Huysmans, un hombre que no había conocido a católicos practicantes, que no había tenido jamás ocasión de entablar conversación con un sacerdote, y que no había pisado una iglesia en muchos años, se hizo católico unos años después de publicar “A contrapelo”, y publicó luego un libro en el que narra el itinerario de su conversión. Pearce también cuenta cómo varios amigos y discípulos de Wilde se convirtieron, algunos tan destacados como el ilustrador Aubrey Beardsley. Y, por supuesto, Pearce dedica unas cuantas páginas a los últimos días del autor, que terminaron con la recepción del Bautismo condicional para su ingreso en la Iglesia católica, ya en el lecho de muerte.

Cuando al personaje de “El abanico de lady Windermere”, lord Darlington, autor de la definición del cínico como “un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada”, se le dice que todo el mundo es bueno, responde: “No, todos estamos en la cloaca, pero algunos de nosotros miramos a las estrellas”. La propuesta de Pearce es mirar con Wilde a las estrellas y no mirarle, ni mucho menos quedarse con él, en la cloaca.

Luis Daniel González

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