Nubes de kétchup

Alevosía.

Madrid (2013).

276 págs.

16,95 € (papel) / 9,99 € (ePub).

Traducción: María Díaz.

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Después del éxito de Mi hermana vive en la repisa de la chimenea, esta segunda novela de Annabel Pitcher ha sido recibida con elogios y premios. La protagonista y narradora es una chica de quince años que se siente culpable de una muerte. Por eso, con el nombre fingido de Zoe, decide contar las cosas que le pasaron en el último curso y desahogarse mediante unas cartas a un condenado a muerte de Texas, pues una monja que fue a su colegio les habló de la cuestión.

En definitiva, su relato se centra en sus relaciones amorosas con dos hermanos, uno de su curso y otro dos años mayor, ignorantes cada uno de la relación del otro con ella, junto con la vida un tanto bronca en su casa (sus padres discuten mucho, su padre se queda en paro y la madre no quiere volver tampoco a trabajar, la hermana pequeña es sorda y necesita cuidados, el abuelo está muriéndose y su madre no quiere que sus hijas le vayan a ver…).

La narradora tiene gancho y consigue momentos buenos, aunque no sea un recurso convincente el de las cartas al recluso. El núcleo argumental no deja de ser un culebrón romántico con una oportuna muerte al final que deshace los conflictos. Las descripciones de los escarceos amorosos de Zoe con los chicos son detalladas, como en muchos libros juveniles. Y también como otras novelas del momento, el relato va dirigido a que la protagonista reconozca sus culpas y logre perdonarse a sí misma. De hecho, empieza señalando que “no es que yo crea en Dios, pero me fui a confesar para liberarme de la sensación de culpa” (cosa que al fin no hace, porque piensa que el sacerdote no habría hecho nada malo en su vida y no la entendería, o bien porque a lo mejor era “uno de esos curas que se meten con los niños, en cuyo caso lo sabría todo sobre el pecado, pero como no tenía forma de estar segura no me arriesgué”).

En relación a este último comentario y a otros en una dirección parecida, que a mí me resultan molestos y que son innecesarios, dos cuestiones. Una, que aunque tienen lógica humana si pensamos en que la narradora no tiene por qué ser tan precisa sobre religión cristiana como sobre pájaros (materia en la que es una experta), no tienen lógica narrativa pues no aportan nada y dejan dudas acerca de si la ignorancia de Zoe no será la de su creadora. Otra, que aunque tales comentarios no mejoran ni empeoran el relato como tal, ¿habría sido premiada la novela si Zoe hubiera dicho, por ejemplo, algo así: “como creo en Dios me fui a confesar y el cura me atendió amablemente aunque no me atreví a decirle toda la verdad”?

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