Nombre de torero

Luis Sepúlveda

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Tusquets. Barcelona (1994). 223 págs. 1.800 ptas.

Después del éxito de Un viejo que leía novelas de amor (ver servicio 49/93), había despertado mucha expectación la nueva novela del chileno Luis Sepúlveda (n. 1949). Si en aquélla escribió un breve y sugerente relato sobre la ecología y la injusticia a través de la psicología de un enamorado de la selva, ahora el tono ha cambiado. En Nombre de torero se encuentra una trama al estilo de las novelas de intriga, con oscuros personajes que una vez tuvieron un ideal: servir al comunismo, a la revolución.

En 1941 dos vigilantes de la prisión de Spandau roban una preciada colección de monedas de oro. Muchos años después, cuando ya ha caído el muro de Berlín, Juan Belmonte -antiguo revolucionario profesional- y Frank Galinsky -del ahora mal visto ejército de la RDA- son contratados por dos poderosas personas que quieren, cada una por su cuenta, encontrar el valioso botín. Las investigaciones los conducen a la Tierra del Fuego y a un viaje interior en el que desenmascaran las falacias de las ideas por las que lucharon.

Los mimbres son buenos, pero no el cesto. Aunque Sepúlveda conserva a veces su vigoroso estilo, la mayoría de los diálogos son muy previsibles, en el más puro estilo de la tópica novela policiaca. Belmonte es un inconfundible tipo duro, por mucho que ame a Verónica o de vez en cuando reflexione de modo interesante. La obra no tiene profundidad suficiente para abarcar tanto. Y le sobra alguna gratuita escabrosidad, tampoco muy explícita, pero de mal gusto.

José Félix Tamayo

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