No digas a Dios lo que tiene que hacer

TÍTULO ORIGINALNe dites pas à Dieu ce quil doit faire

GÉNERO

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Anagrama. Barcelona (2005). 476 págs. 19,50 €. Traducción: Óscar Luis Molina.

A un siglo de la publicación de la teoría de la relatividad especial, a medio siglo de la muerte de Albert Einstein, la biografía de François de Closets presenta algunas novedades que la distinguen de lo mucho que hay publicado sobre el personaje.

Casi por primera vez, y gracias a documentos sólo conocidos hace muy poco, se rebaja el mito. Einstein ya no es ese genio, casi “hippy”, pacifista, bueno… Ahora se le presenta como “un personaje complejo”. Closets añade: “Más humano y por eso más atractivo”. Depende. No es atractivo que él y su primera mujer, Mileva, se deshicieran, no se sabe cómo, de la primera hija, Lieserl, de la que nunca más se supo. Tampoco lo es que Einstein se desentendiera de otro de sus hijos, Eduard, esquizofrénico, del que no quiso saber nada más, después del divorcio que impuso a Mileva.

No se puede poner en el haber el apoyo de Einstein, decisivo, ante el inventado peligro de una bomba atómica alemana (que se reveló luego como imaginaria), para la fabricación de la que mató, en Japón, a centenares de miles de personas. Tampoco es atractivo que, ante el avance de la física, que descubre la proteica naturaleza de la materia (corpuscular y ondulatoria a la vez), Einstein se niegue a reconocerlo, basándose en sus personales “intuiciones”.

Disminuido el mito, queda en pie el genio. Uno de los grandes científicos de todos los tiempos, de los pocos que podrían ir en un equipo con Copérnico y Newton. Por tanto, defensor, antes que nada, de la teoría, frente a la experiencia. “Los conceptos científicos son creaciones libres del espíritu humano -dice-; no están, como se podría creer, determinados únicamente por el mundo exterior”. Es la teoría la que ilumina la práctica, y no al revés.

La relatividad ha sido entendida vulgarmente como equivalente a relativismo, cosa que indignaba a Einstein, por eso no le acababa de convencer el término, que no es suyo, sino de Max Planck. Einstein no se cansó de repetir que la relatividad se refiere a diferentes visiones de la misma realidad. Como le decía Chaplin a Einstein, cuando avanzaban del brazo, entre aplausos, por Hollywood, “a mí me aplauden porque me comprenden y a ti te aclaman porque nadie te entiende”. Einstein es tan poco relativista que su oposición a la mecánica cuántica se debe a que no aceptaba una realidad tan “cambiante”.

En cuanto al título de esta biografía, es la respuesta de Niels Bohr a la afirmación de Einstein de que “Dios no juega a los dados”, queriendo decir que no tenía sentido una materia “ambigua” (a la vez corpuscular y ondulatoria). Bohr le contesta: “No digas a Dios lo que tiene que hacer”. Lo que lleva al tema, nada claro en las biografías habituales, de la religiosidad de Einstein. Él no dejó duda alguna sobre el hecho de que no era creyente de ninguna religión revelada. Del judaísmo no conservó ni las formas. Su “Dios” o “el Viejo”, al que se refiere con frecuencia, parece una metáfora de la racionalidad o inteligibilidad del cosmos, con el que, si acaso, se identificaría en una posición panteísta. Algo parecido a lo que había hecho, en el XVII, otro judío ilustre, Spinoza.

Biografía distinta, esclarecedora. Con algunos peros. Primero, un cierto chovinismo que exagera la importancia de Henri Poincaré. Después, algunos errores históricos debidos quizá al síndrome “todo, menos de derecha”: atribuir a la derecha alemana de la época la ejecución de los líderes comunistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, en 1919, cuando fue con un gobierno socialdemócrata: a cada uno, sus muertos.

Finalmente, en la conclusión, más “literaria” que otra cosa, algunas frases poco felices, nacidas de la retórica de lo “imperfecto” o “inconcluso”, uno de los tópicos “modernos” más duraderos. Del estilo de “Estuvo lejos de ser ejemplar en todo y nos ha ahorrado la desesperante perfección de los santos”. Como si fuera “desesperante perfección” ocuparse más de los hijos y no abandonarlos.

Rafael Gómez Pérez

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