Ángeles asesinos

TÍTULO ORIGINALThe Killer Angels

GÉNERO

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Bibliópolis. Madrid (2006). 317 págs. 23,95 €. Traducción: Manuel de los Reyes.

Hay quienes califican “Ángeles asesinos” como una de las grandes novelas de guerra de la historia, si no la mejor. Sea o no verdad, se trata de una novela poderosísima y absorbente como pocas, y que además transmite la sensación de que así pudieron ser realmente las cosas. Michael Shaara (1929-1988), un norteamericano hijo de inmigrantes italianos, profesor de literatura, vio rechazado el manuscrito de esta obra por quince editoriales antes de obtener con ella el premio Pulitzer en 1975: en los tiempos de la guerra de Vietnam, el tema de la guerra civil norteamericana no era muy popular. El reconocimiento literario que merecía le llegaría después de su muerte, en 1993, pues la novela alcanzó y se sostuvo mucho tiempo en las listas de libros más vendidos con ocasión de la película “Gettysburg”.

En el relato se narran los tres días que duró esa batalla, la más sangrienta y decisiva de la Guerra de Secesión. Los hechos se cuentan por orden, en tercera persona pero enfocando cada capítulo desde la perspectiva de alguno de los protagonistas. Por el lado sudista, el personaje más completo es el segundo de Robert Lee, el general James Longstreet, un hombre lúcido y consciente del desastre al que conducirán las órdenes que recibe y que, después de manifestar lealmente su visión de las cosas, obedece a sabiendas de que morirán miles de hombres. Por el otro bando, la narración se centra en el coronel Joshua Lawrence Chamberlain, un joven profesor universitario al frente de un regimiento de voluntarios de Maine, que se distingue por su calidad humana e intelectual, y porque sus acciones fueron decisivas para el curso de la batalla.

En la indicación “Para el lector” que figura en el comienzo de su obra, el autor indica su motivo para escribirla: “Stephen Crane dijo en cierta ocasión que había escrito “La roja insignia del valor” porque leer la fría historia no era bastante; quería saber qué se sentía al estar allí, qué tiempo hacía, cómo eran los rostros de los hombres. A fin de vivirlo debía ponerlo por escrito. Este libro obedece a un motivo similar”. Y, a continuación, indica las pautas que ha seguido para elaborar su relato: ceñirse a las palabras de los hombres mismos, a sus cartas y otros documentos; no alterar ningún hecho de forma consciente; eliminar algún personaje menor para condensar la acción pero no manipular la acción a sabiendas; modificar el lenguaje un poco “para que la religiosidad y la ingenuidad de la época, que eran sinceras, no sonaran demasiado pintorescas al oído moderno”; señalar que la interpretación de cada personaje “es exclusivamente mía”. Al final, el lector percibe y agradece su esfuerzo de objetividad.

La prosa es precisa. Las descripciones son magníficas. Entre las muchas páginas brillantísimas me han parecido deslumbrantes (y espeluznantes) las de la arremetida final, colina arriba, del ejército confederado. El paso narrativo es excelente y la tensión del argumento descansa en la enorme habilidad del autor para mostrar el curso de los pensamientos de los actores del drama. Con naturalidad, a través de las conversaciones y de los monólogos interiores, se muestran las distintas razones para la guerra, las motivaciones personales de cada uno en la lucha, el dolor debido a que miembros de la misma familia o amigos de toda la vida estén luchando en bandos opuestos, la conciencia que unos pocos tienen de que está en juego el destino de la nación, el planteamiento casi místico de la profesión militar de algunos mandos… La edición española, que viene acompañada de unos breves prólogo y epílogo a cargo de un historiador, mejoraría con unos cuantos mapas: el único que aparece resulta insuficiente.

Luis Daniel González

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