Nacionalismos. El laberinto de la identidad

Xavier Rubert de Ventós

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Espasa Calpe. Madrid (1994). 241 págs. 1.500 ptas.

El panorama político español y el internacional ponen de manifiesto una gran confusión acerca de los conceptos de nación, Estado, nacionalismo, patriotismo. Piénsese en la polémica entre parte de la prensa de Madrid y de Barcelona en torno a la lengua catalana, y lo que ella representa. A veces se tiene la impresión de que ahondar en la cultura propia supone automáticamente una actitud nacionalista, cuando lo cierto es que un ciudadano es tanto mejor cuanto conoce con más profundidad su patrimonio cultural.

Para quien desee reflexionar sobre lo anterior, el libro de Rubert de Ventós le resultará útil. Este filósofo, de vez en cuando, más en los primeros capítulos, formula con frases lúcidas las contradicciones de los que, quizá inconscientemente, desde una posición unitarista, y desde su nacionalismo acaso inconfesado, tienden a desconocer lo peculiar de los otros.

Rubert de Ventós, sin embargo, no acierta siempre con el tono de su libro. El índice es desafortunado. La mezcla de estilos no logra la amenidad pretendida. En un capítulo, cuando escribe sobre la sistemática de los nacionalismos, emplea una farragosa nomenclatura pseudo-matemática.

Pero quizá, desde el punto de vista teórico, lo más grave sea que no delimite claramente las diferencias entre nación y Estado, un punto de capital importancia y sobre el que recientemente acaba de publicarse una obra (vid. Hagen Schulze, Staat und Nation in der europäischen Geschichte [Estado y nación en la historia europea], Beck, Munich, 1994). En ningún momento Rubert de Ventós deja claro que una cosa es nación, o sea, una comunidad con la misma raza y lengua, con el mismo desarrollo político y cultural; y otra el Estado, que es justamente un país considerado desde el punto de vista de una organización política: un conjunto de seres humanos que viven dentro de unos límites bajo un poder superior. En España (Estado) vive la nación catalana, pero no hay -en este momento de desarrollo histórico- un Estado catalán. Rubert de Ventós tampoco recalca que el nacionalismo es deplorable cuando se entiende como el pavoneo del propio país, cuando unos sujetos creen que su nación es la mejor y las demás despreciables. Ése es el sentido habitual de nacionalismo.

Menos importante, en el conjunto del libro, son algunas generalizaciones rayanas en lo falso. Dice, por ejemplo: “Durante la Edad Media, la filosofía había huido de la realidad y construido un mundo ideal a parte” (pág. 83). Y más adelante: “Incapaces de dejar fluir la información, ensordecidos por su propio estrépito, la Alemania nazi pierde una guerra ganada, y en la Unión Soviética se volatiza el imperio más férreamente consolidado” (pág. 89). Pero la filosofía medieval es sobre todo realista y la Alemania nazi, como exponen los historiadores más solventes, nunca tuvo ganada la guerra.

También da la impresión de que la obra del catedrático de Estética de la Escuela de Arquitectura de Barcelona ganaría si se redujera a un número de páginas considerablemente menor, y que girara en torno a esta frase: “Al ‘conflicto’ que surge del contacto y solape entre estos nacionalismos (quizá habría que decir naciones) se suma la ‘confusión’ resultante de llamarlos a todos nacionalismos sin distinguir su diferencia específica; sin ir más allá, en todo caso, de llamar ‘buenos’ a los nacionalismos dominantes o consolidados y ‘malos’ a los que aspiran a su reconocimiento” (pág. 148).

José Grau

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