Montaigne

El Acantilado. Barcelona (2008). 111 págs. 14 €. Traducción: J. Fontcuberta.

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Stefan Zweig se sintió atraído por la figura de Montaigne, entre otras cosas, porque su situación personal e intelectual -el desaliento de ver derrumbarse la sociedad burguesa de Centroeuropa- le obligó a buscar refugio en la literatura humanista. Como Zweig, Montaigne vivió en una época de confrontaciones, en su caso religiosas. Uno y otro quisieron conservar su independencia y su libertad frente a las amenazas partidistas. Montaigne lo consiguió encerrándose a escribir sus ensayos; Zweig se desesperó y terminó suicidándose antes de concluir estas páginas que pueden leerse, por este motivo, como un testamento espiritual.

A sus treinta y ocho años, Michel de Montaigne, después flirtear con la política y gestionar la herencia paterna, decide entregarse a la “dulce tranquilidad de sus ocios”, principalmente a la lectura de los moralistas e historiadores clásicos. Para Zweig, detrás de la decisión de Montaigne se esconde la tarea de buscarse a sí mismo, de conocerse. Lo que había comenzado como una labor espontánea de anotaciones y comentarios de lectura va tomando cuerpo y se convierte en un ejercicio introspectivo en el que también se cuela, con frecuencia, cierta impostura.

Los Ensayos -de los que El Acantilado acaba de publicar una cuidada edición- constituyen un ejemplo del pensamiento escéptico y relativista que inaugura la Edad Moderna, aunque en Montaigne no alcanza una fundamentación filosófica. Se trata de intuiciones novedosas, ironías brillantes y cierto descreimiento contumaz, que sólo más tarde se generaliza en el período ilustrado. Montaigne personaliza ese estilo vital caprichoso y hedonista, a veces frívolo, con que se dibujó en sus escritos. Huyó siempre de las obligaciones, de todo lo que fuera impuesto, aunque al final de su vida medió en el enfrentamiento entre Enrique de Navarra y Enrique III de Francia.

El libro de Zweig no es un estudio académico de Montaigne sino un repaso emocionado de su vida. Destacan las anécdotas de su infancia -por ejemplo, que aprendió antes el latín que el francés-, las vicisitudes de sus viajes por Europa -de los que dejó constancia en un diario de viajes- y su nombramiento como alcalde de Burdeos por aclamación popular.