Mirar el mar

Mirar el mar

EDITORIAL

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2026)

Nº PÁGINAS92 págs.

PRECIO PAPEL14 €

GÉNERO

El arte del microrrelato, como el de la fotografía o el de la caza, consiste en buena medida en saber situarse: elegir la ubicación exacta desde donde, en un movimiento certero, disparar al corazón mismo de la historia, que pasa a toda velocidad. A veces, el escritor no sabe si ha acertado hasta tiempo después. Al lector le pasa algo parecido: un buen microrrelato puede revelarse solo tiempo después de que la luz del fogonazo se haya apagado.

Pablo Echart, profesor de narrativa –escrita y audiovisual– en la Universidad de Navarra, demuestra en Mirar el mar que domina este arte. Aunque en todo microrrelato el final es clave, los suyos no son, por lo general, de esos que juegan a esconder “el truco” hasta la última frase; microrrelatos de prestidigitador (que los hay buenos y malos). Más bien, sus historias, y sobre todo su mirada, emparentan con las de grandes escritores de cuentos como Chejov, Cheever o Carver: laconismo, precisión, cotidianidad, ironía sin acidez, comprensión hacia el género humano, a pesar de los pesares.

Entre los 56 relatos que componen el libro hay variedad de subgéneros: desde estampas líricas sin apenas desarrollo narrativo, como la que abre el volumen, a pequeñas tragedias condensadas, como la que lo cierra. También hay variedad en el tono: unos cuentos invitan a reflexionar, otros, a contemplar con languidez; algunos se sienten como una punzada en el estómago, otros provocan la carcajada, como “Hanfitrión”.

Aparte de esa predilección por el detalle pequeño y esa mirada compasiva ya mencionadas, el hilo que cose el libro es la sensación de fugacidad del tiempo, pero no desde la amargura, sino como un acicate para no malgastar la vida en las charcas del egoísmo. De hecho, en muchos de los cuentos las relaciones personales son como las claraboyas por donde entra la luz a los conflictos: niños que irrumpen como un vendaval de alegría en las problematizadas vidas de sus padres; hombres que redescubren todo lo que aman a sus mujeres en el momento menos pensado; amistades forjadas en el silencio que solo revelan su rostro en el instante de la despedida. También hay, eso sí, notas más lúgubres (desencanto, resignación), que dan realismo y matices al cuadro general.

Mirar el mar deja un poso vitalista, pero de un vitalismo protector. Después de terminarlo, dan ganas de salir a contemplar el mundo con más modestia, con más humildad, y también de cuidar más y mejor a quienes entrelazan sus vidas con las nuestras.

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