Mi vida

Marcel Reich-Ranicki

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona (2000). 534 págs. 3.200 ptas. Traducción: José Luis Gil Aristu.

Marcel Reich-Ranicki nació en la ciudad polaca de Wloclawek en 1920, en el seno de una familia judía. A los pocos años, después de que su padre se arruinase en los negocios, se trasladaron a vivir a Berlín. Por expreso deseo de su madre no estudió en escuelas judías, sino que se educó junto con el resto de los jóvenes alemanes. En Berlín tuvo lugar el nacimiento de su vocación literaria, fraguada a través de las lecturas escolares (“nunca he leído tanto como en mis tiempos de instituto”) y en su temprana afición al teatro y a la música.

La llegada al poder del partido nacionalsocialista trastocaría, sin embargo, sus futuros planes personales, pues poco a poco “los judíos fueron excluidos sistemáticamente del pueblo alemán”. En 1938 fue deportado a Varsovia. Allí comenzó a vivir los sucesos dramáticos que derivaron en el holocausto judío, y del que Reich-Ranicki se salvó de milagro junto con su mujer Tosia (a quien conoció en el gueto). Como traductor en el Consejo Judío, institución encargada de gestionar y organizar la difícil vida en el gueto de Varsovia, Reich-Ranicki asistió a los arbitrarios traslados a los campos de concentración de Treblinka, donde murieron sus padres y un hermano, y al acelerado proceso de degeneración nazi, que llevó a que “cualquier alemán uniformado y armado podía hacer en Varsovia lo que quisiera con un judío”.

Junto con su mujer Tosia, consiguió evadirse y sobrevivir en una situación límite. Tras la guerra, comienza a colaborar con el ejército polaco y durante dos años estuvo en Londres desempeñando misiones de espionaje. Su forzado regreso a Polonia a los 29 años supuso el fin de su carrera política, ya que le acusaron de tibieza ideológica. Reich-Ranicki fue encarcelado y posteriormente expulsado del partido comunista.

Es entonces cuando se inicia su dedicación profesional a la literatura, que ejerce de manera autodidacta colaborando en editoriales y en periódicos con reseñas sobre la literatura alemana contemporánea. Pero las autoridades polacas vigilaban su trabajo y durante un año y medio le prohíben publicar en la prensa.

En 1959 consigue abandonar Polonia para instalarse en Alemania Federal, y después de años difíciles y de mucho trabajo se convierte en uno de los críticos literarios más prestigiosos, primero en Die Welt, posteriormente y durante catorce años en Die Zeit, y, por último, desde 1973, en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, donde desempeñó durante quince años el puesto de director de la sección literaria a la vez que publicó numerosos libros de crítica literaria y sobre la literatura alemana. Desde 1987 es el director del programa televisivo El cuarteto literario.

A lo largo del libro son continuas las referencias a la cultura, la literatura y a los escritores (quienes, a veces por sus drásticas opiniones o por su manifiesta imparcialidad, le consideran un “verdugo literario”). También son muy valiosas sus opiniones sobre las cicatrices históricas de la Alemania nazi, los principales escritores de la literatura alemana contemporánea y el papel que debe ejercer la crítica literaria en la sociedad.

Aunque Reich-Ranicki procede de una familia judía, el judaísmo nunca le ha llegado a interesar ni como problema ni como religión. Se define como ateo, y eso se nota en el modo de afrontar existencialmente algunos sucesos dramáticos, a la hora de relatar algunas experiencias sexuales y hasta en su cosmovisión de la literatura.

Mi vida es un sentido homenaje a la grandeza de la literatura, “mi sentimiento vital”. Y también es una apasionante reflexión sobre las virtudes y defectos del pueblo alemán: “Si tuviera que resumir con dos nombres lo que entiendo por alemanidad en nuestro siglo, respondería sin dudar: desde mi punto de vista, Alemania es Adolf Hitler y Thomas Mann. Esos dos nombres siguen simbolizando las dos caras, las dos posibilidades de lo alemán. Y tendría consecuencias devastadoras que Alemania quisiera olvidar o arrinconar una de ambas posibilidades”.

Adolfo Torrecilla

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares