Memorias de ultratumba

TÍTULO ORIGINALMémoires d’outre-tombe

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Alianza. Madrid (2003). 522 págs. Traducción: J. Zamacois.

Casi al final de su vida, Roland Barthes, uno de los personajes más en boga del estructuralismo de los sesenta del siglo pasado, escribió que leyendo de nuevo este libro de Chateaubriand, viendo en él tanta calidad perdurable, se acordó de los vanguardismos. Y se preguntaba: “¿Y si nos hubiéramos equivocado desde el principio?”

Bienvenidos sean los vanguardismos, porque nadie sobra, pero difícilmente uno de esos autores de vanguardia quedará como quedan para siempre las Memorias de ultratumba, de René de Chateaubriand (1768-1848). Se llaman así porque las escribió para que se publicaran después de su muerte. Todo en ellas son valores: una prosa jugosa y amena, llena de contrastes, que discurre como un río de sensaciones; evocación de su niñez e infancia en Bretaña, a finales del XVIII, con unos ecos románticos inigualables; versión en primera persona de la Revolución francesa, con imágenes de tal precisión que dan escalofrío; viaje a los Estados Unidos, entrevista con Washington y opinión, en 1820, sobre el complejo futuro del país (y llegaría en efecto la guerra de Secesión); viaje a Jerusalén; entrevista con Napoleón, con quien se enemista, a pesar de admirarle, cuando el corso manda asesinar al último de los Condé, el duque d’Enghien; descripción de cómo oye desde Gante los ruidos de la batalla de Waterloo, siendo ministro del restaurado Borbón, Luis XVIII…

El libro está lleno de reflexiones brillantes. Una muestra: “En la vida, pesada en su balanza más ligera y despojada de todas sus mentiras, sólo hay dos cosas verdaderas: la religión con inteligencia; el amor con la juventud; es decir, lo porvenir y lo presente; lo demás no vale la pena”.

Era muy difícil encontrar una edición castellana de Memorias de ultratumba. Ésta es una selección muy amplia, pero que hace desear la edición completa. Porque, sin tópico alguno, éste es uno de esos libros que hay que tener.

Rafael Gómez Pérez

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