Me voy con vosotros para siempre

Libros del Asteroide. Barcelona (2008). 235 páginas. 17,95 . Traducción: Eduardo Jordá.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Jess vive en el paraíso. Aún no lo sabe, pero décadas después, ya desde una perspectiva aquilatada por la nostalgia, recordará aquel tiempo de su infancia en que la vida transcurría lenta y preciosa en la granja de su abuela en Dakota del Norte.

Fred Chappell (Carolina del Norte, 1936), prestigioso poeta en Estados Unidos, ha escrito un trío de novelas de temática muy similar que culmina con Me voy con vosotros para siempre. Narradas en primera persona, el autor no disimula el sustrato autobiográfico que late bajo la peripecia de Jess.

Componen el núcleo de su experiencia los largos días en el campo adornados con las mil aventuras con su padre y el joven bracero Johnson; la mirada tierna y protectora de su madre, profesora en la escuela del pueblo; la sólida figura de la abuela, “que sólo gastó una broma en su vida”. Pero los mayores logros de la narración llegan con la fascinante tropa de secundarios. En primer lugar, el reguero de tíos, a cual más estrafalario. Y, fuera de la familia (pero nunca demasiado lejos), otro puñado de personajes difuminados, puntos breves de la línea que conforma el paisaje sureño, seres que parecen brotar de la tierra, de puro auténticos y sustanciosos.

Fred Chappell se adhiere así a la veta de la tradición literaria norteamericana seducida por el encanto de la vida rural. Resulta inevitable escuchar el eco de Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, en la difícil sencillez de la narración, en su fluidez, en la sabiduría natural de los personajes o en la simpática ingenuidad de los episodios picarescos. Un suelo firme desde el que el tono literario emprende puntualmente otros vuelos más parecidos a las mitologías sureñas de un Faulkner, en los que la fantasía se desborda hasta alcanzar escenas de un delirante surrealismo, como el de la barba del tío Gurton, capaz de inundar toda la granja de una extraña blancura o el exorcismo de un telegrama funesto.

Sin embargo, el núcleo de este libro escapa del arquetipo geográfico. De alguna manera, Jess podría vivir en un pueblo castellano, imaginado por el Miguel Delibes de El camino. Al fin y al cabo, el territorio dorado que habita es el que Rilke definió como la verdadera patria del hombre: la infancia. Una niñez siempre en peligro por la amenaza del tiempo: la estructura en capítulos con entidad propia, de relatos perfectamente acabados, puede crear una fugaz ilusión de eternidad (el paraíso), pero la sutil conexión nos va mostrando el inevitable movimiento hacia la madurez.

Lo hace sin grandes disquisiciones, con el poder imbatible de las historias y las imágenes. Muchas de ellas de una comicidad entrañable; otras desgarradoras, como el descubrimiento de la muerte con la desaparición de un ser querido; algunas realmente imaginativas, con un gusto inequívocamente sureño por la fantasía gótica.

Abren y cierran el movimiento de este péndulo de nostalgia, hipnótico para el lector, sendos capítulos especialmente significativos y simbólicos, como remarca la edición en letra cursiva. En el primero aparece el Edén en peligro por la llegada de una modernidad agresiva y despiadada; el último cierra con el mejor final: el regreso siempre dispuesto en la linde del recuerdo y la literatura.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares