Malas. Rivalidad y complicidad entre mujeres

Carmen Alborch

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Aguilar. Madrid (2002). 343 págs. 15 €.

Carmen Alborch tiene una simpática imagen pública y un impresionante curriculum vitae: ha sido decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia, directora general de Cultura de la Generalitat Valenciana, directora del IVAM y ministra de Cultura entre 1993 y 1996. Por eso cabría esperar que aprovechara mejor su talento escribiendo libros de más enjundia que Malas o su anterior best seller Solas (ver servicio 113/00: “Solo en casa”).

No es que el tema “original”, por así decirlo, de ambos libros no dé para algo: quizás no para mucho en el ámbito del ensayo, posiblemente más en la novela. La debilidad es que Alborch deriva hacia unos derroteros que me parecen sin fundamento.

En Solas Alborch trataba el tema de la mujer que no está casada, ni comparte con “compañero estable” vivienda y demás, y que es feliz. Me parece que esto, que muchas personas ya experimentan sin mentalidad de pioneras de nada, es algo que debe decirse, incluso a riesgo de parecer que quieres convencerte fundamentalmente a ti misma, no solo a otros u otras. Pero a lo mejor porque el tema no daba para escribir un libro tan largo, la autora tuvo que ampliar la cuestión hacia lo que creo que es una conclusión tramposa, por repetida que sea hoy: la soledad es una “opción” (especialmente para las mujeres, que estamos estupendamente solas). Y ahí sí que no: la soledad no es una “opción” -ni para mujeres ni para hombres- si hay “buena compañía”, lo suficientemente buena para cada cual. Porque, en ese caso, ellas y ellos “eligen” estar “acompañados”. Y reconocer eso no significa que volvamos otra vez a que todo el mundo tiene que casarse o vivir en compañía o nos hundiremos en la miseria: es ser sinceros.

En Malas, Alborch nos sirve una tesis y una propuesta: la rivalidad entre mujeres debe derivar en una “sororidad” (o sea, hermandad femenina). En realidad, el libro es tan poco sistemático que más que una línea argumental ofrece una serie de impresiones y citas sobre el asunto. Alborch tiene unas indudables buenas intenciones, sabe utilizar el estilo de autoayuda y citar unas cuantas lecturas de divulgación feminista. Con esto logra un producto a la medida de ese feminismo entendido como tendencia de consumo y vida light, compatible con el rimmel de ojos, la solidaridad, la dieta baja en calorías y una talla 48 de autoestima (resumido: “y si somos las mejores, bueno ¿y qué?”).

Los revolucionarios cantaron la fraternidad universal, los místicos el amor incluso al enemigo, pero todo palidece al lado de la “sororidad” que es, además, una nueva ética, una antropología, muchas cosas. O sea: hay algo que nos hermana a todas las mujeres por encima de ideología, edad, raza, religión, situación social, etc., y es que somos mujeres, ¡lo más! Ya bastante tenemos con lo que tenemos como para criticarnos las unas a las otras. Es más: los propios hombres -el patriarcado, el machismo y demás- alimentan esa rivalidad… ¿o imitamos su rivalidad? La verdad es que al final no me ha quedado muy claro en qué consiste la rivalidad femenina (¿por un hombre?, ¿un trabajo?, ¿entre madres e hijas?…), pero no hay que criticar algo que hace otra mujer. Así que termino y pido perdón.

Aurora Pimentel