Los palacios distantes

Abilio Estévez

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Tusquets. Barcelona (2002). 280 págs. 14,42 €.

Es diciembre en La Habana, un diciembre de calor sofocante. Victorio acaba de ser desalojado de lo que fue un caserón fastuoso, convertido por el tiempo y los derrumbes en una amalgama de cuartuchos: ahora la mansión desvencijada improvisa un cobijo para el lado menos turístico de Cuba. La palabra derrumbes se repetirá machacona a lo largo de la historia de Victorio. Están los derrumbes de La Habana, herencia de una revolución que no cumplió lo que prometía: “Los derrumbes de Roma informan del paso del hombre por la historia, los de La Habana informan del paso de la historia sobre el hombre”.

Aún peores son los derrumbes de la vida de Victorio y de cuantos se cruzan en su camino, enfermos de una soledad mucho más antigua que las promesas incumplidas del comunismo. Salma, cliché muy visto de prostituta de corazón de oro, se convertirá en confidente de Victorio a cambio de su relato descarnado. Don Fuco es quizá el personaje más positivo, un payaso ya anciano, trasunto de aquellos violinistas judíos de los tejados de Chagall que transformaban el desequilibrio en belleza.

Al hilo de las imágenes de la ciudad, vívidas e impresionistas, surgen otras antiguas, descoloridas, ocultas en un pasado sórdido que lastra el presente. Las pinceladas para un cuadro de La Habana son la mejor parte del libro, que se desinfla en la acumulación de confidencias crudas y encuentros forzados para vincular el pasado con el presente y terminar de algún modo la historia, aunque sea cerrando por derribo.

La búsqueda del protagonista, que da título al libro, se remonta al recuerdo de un amigo de la infancia y de sus palabras: todos tenemos un palacio que nos espera. Victorio cree encontrar el suyo en el viejo teatro, pero este palacio no resulta más convincente que el constructo artificial con el que se conformaría un hombre cansado de huir.

El palacio de Victorio es el espejismo que encuentra quien no ha sabido dar de sí, la cumbre de una ascensión que podríamos denominar egoísta. El autor del libro yerra al forzar la compasión sentimental hacia el protagonista porque su infelicidad es una vieja conocida, típica en el (anti)héroe literario moderno, lleno de urgencias por ser amado antes de amar en medio de su naufragio individualista.

Esther de Prado Francia

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